Zú.
mayo 20, 2012
Cuando uno aterriza en la noche de mayo sevillana después de la semana londinense más lluviosa del año, nota primero la torta de calor y después el olor. No huele a nada concreto, sino a una densidad del aire que parece de plantas y de gente, y que huele mucho a primavera. Más tarde, al entrar en la terminal, ya no hay moquetas sino suelos de baldosas brillantes y feas, y la gente habla más alto.
Hay que saber, cuando se imprime un plano de Google, que faltarán en él la mitad de los nombres de las calles y a veces hasta las propias vías. Por eso dimos vueltas y vueltas con el coche, de un lado a otro del río hasta que encontramos el hotel, y por eso cuando pisamos las aceras con los pies ya la hora de cenar se había pasado. Uno tiende a pensar que en esa parte del mundo habrá sitios abiertos a las once y media de la noche para quien quiera pagar un refrigerio tardío, pero no hubo manera de encontrarlo. Sólo después caímos en que es al revés: es en Londres donde siempre se encuentra algo. Aquí, a la hora de cerrar, se cierra.
Al día siguiente, un domingo, la ciudad parecía muerta. Yo había esperado revuelo, pero salvo algunas personas aquí y allá no observamos mucha actividad. Nos sentamos en una terraza sobre el Guadalquivir, pedimos cervezas y tapas que parecían raciones para cuatro, y nos creimos Dios. El sol pegaba a lo bestia, y la ciudad al borde del río estaba quieta y luminosa, preciosísima. Comimos puntillitas y ensalada de pimientos con ventresca mientras nos quemábamos la piel y estirábamos las piernas pensando en la semana de vacaciones que teníamos por delante. Qué quietud había, en esa terraza desde la que podían verse otras tantas, y en las que los camareros cruzaban la calle con bandejas repletas de cervezas y raciones para llegar hasta la orilla mientras el calor no hacía más que subir con cada minuto.
Sevilla junto a su río.
Mise en abîme: miren al fondo.
Agraciado cartel.
Por la tarde caminamos por una ciudad que parecía haberse echado la siesta en masa hasta que doblamos una esquina y dimos con la Alameda de Hércules, llena de terrazas con adultos al sol y de niños en el centro jugueteando. Compramos periódicos y nos unimos a la pereza general leyendo en voz alta, porque de otro modo no se podía, este artículo inefable sobre el 15-M. Qué cosa espeluznante. ¿Hablaba en serio el periodista, o era todo una gigantesca broma? Hablaba en serio. Es particularmente interesante, para quien quiera perder el tiempo leyéndolo, la hermosa iniciativa de los blasones. También lo de las listas negras elaboradas por la Policía, que sin duda no tiene nada mejor que hacer. ¡Cuánta Ilustración se adivina, en este movimiento!
Mejor sigo con el relato del viaje. Hubo más cañas y más terrazas, y más tapas, y el lunes por la mañana nos fuimos a desayunar a la churrería de un barrio popular. Había señores solos sentados en la barra y grupos de mujeres ociosas alrededor de las mesas, imagino que hablando de sus cosas de señora. Los camareros eran de la vieja escuela: tipos curtidos y pachorreros que se movían de un lado a otro sin prisa pero sin olvidarse de nada, aún cuando tú pensabas que sí se habían olvidado. Después hicimos una última incursión al centro para hacer acopio de material de lectura para la playa, e iniciamos el camino a Cádiz.
La carretera que une las dos ciudades siempre me ha entusiasmado, con esa mediana llena de plantas que la divide y le hace parecer una carretera de una sola dirección en lugar de una autovía. Estaba entonces amarilla por la retama, y rosa y blanca por las adelfas, y a la derecha empezaban a aparecer los primeros alcornoques, y casi no había coches y era comodísimo conducir, y dificilísimo no sobrepasar el ridículo límite de velocidad (100km/h) estipulado.
Por si a secas fuera poco.
Estampa social.
Fue un gran error desviarse al Puerto de Santa María para comer. Sevilla estaba adormecida, pero esto muerto. El sol abrasaba, no había nadie por la calle, ni un mísero bar abierto, y una chica a la que preguntamos nos explicó que era día feriao. El centro estaba como si hubieran desahuciado a la población entera, pero en el propio puerto encontramos una freiduría regular que no estaba aún cerrada. Preguntamos si nos darían de comer, y un tipo con muy malas pulgas contestó crípticamente: “Si es algo ligerito”, y prácticamente tiró los cubiertos a la mesa como si por habernos quedado le hubiéramos hecho la mayor putada de su vida. Era un bar cutrón, con una terraza amueblada con esas sillas de plástico que tienen la inscripción de alguna marca de refresco en el respaldo. Yo tuve que hacer una inevitable incursión al baño y tuve buen cuidado de advertirle a Diego que no lo pisara si podía evitarlo.
El camarero contrariado no sonrió en ninguna de nuestras interacciones, a pesar de mis denodados esfuerzos por arrancarle una muestra de humanidad. Tampoco hay que detenerse demasiado en la descripción de la comida, porque la ensaladilla rusa estaba infumable y la fritura aún peor, así que deglutimos sin degustar y salimos rápidamente de ese lugar inhóspito. Diez minutos después, dejando Cádiz a nuestra espalda, me metí en la vía de servicio que va a la playa, porque el mar hay que verlo bien antes de continuar el viaje. Estaba como un plato, de un azul casi verde, y pisamos la playa y miramos Cádiz y la catedral recortados al fondo antes de seguir.
Vejer, encaramado en su colina, brillaba blanco bajo el sol y subimos a dar un paseo vespertino y a buscar un supermercado en el que avituallarnos para los siguientes días. Habíamos alquilado un apartamentito junto a la playa y el plan era desayunar en casa, hacer bocatas para el mediodía, y ya por la noche disfrutar de la gastronomía local. Es uno de los pueblos más bonitos de la provincia, y estaba extraordinario a esa hora tranquila del día. Población cuidadísima, de casas encaladas con patios interiores llenos de plantas, que se dejan abiertos a la calle para que puedan verse desde fuera. Todo estaba cerrado de nuevo, y no dimos crédito cuando nos dijeron de nuevo que era feriao, porque nos habían asegurado en El Puerto que sólo era festivo allí. ¿Pero qué demonios pasa en este sitio? ¡Que nosotros venimos de la gran metrópolis y no entendemos ya esto! Fueron inevitables las bromas, por supuesto, que ya se quedarían con nosotros hasta el final del viaje: “¡Este país en crisis en el que no se trabaja!”
Una calle de Vejer.
Rejismos y cal.
Uno de tantos.
Uno de los mejores descubrimientos del viaje lo hicimos en el centro de Vejer: la pastelería La Exquisita, un local feote que vende unos dulces finísimos, como de otra época. Compramos una bandejita con dos palmeras, un borrachito, un rulo de crema, un éclair de chocolate, un bizcocho de yema. Varias cosas que tenían un precio que parecía de broma. Las palmeras son de las mejores que yo he probado en mi vida. Durante unos segundos no supimos muy bien si estábamos aún allí o nos habíamos trasladado milagrosamente al centro de París. No se detenían las semejanzas con la capital francesa en la delicadeza de los dulces, sino que además la dependienta hacía gala también de esa antipatía tan característica de los habitantes de la capital francesa. Remedo de nuestro refinado camarero del Puerto, aunque sin su apariencia animalesca, nuestra tendera no sonrió en esa ocasión ni en la siguiente, un par de días después, cuando entusiasmados volvimos a por más dulces y ante mis halagos no movió ni una ceja.
Encontramos, por fin, un supermercado abierto en Barbate. De ahí a Tarifa, nuestro destino final, la carretera es una de las más hermosas que yo conozco. Discurre entre campos verdísimos en los que hay cientos de molinos de viento desperdigados, y aunque hay mucha polémica respecto al impacto medioambiental que estos bichos ocasionan a mí la imagen me parece bellísima, de una unión tranquila entre naturaleza y tecnología que me es muy emocionante.
Matrimonio.
Yo quiero una escalera así.
Toma ya.
Llegamos a nuestro alojamiento, una habitación sencillísima con una mini-cocina que abría a un patio de adoquines irregulares con dos palmeras plantadas en el centro. Dejamos las viandas colocadas y nos fuimos a cenar a Tarifa. Detrás de la iglesia sigue estando, aunque remodelado para mal, uno de los restaurantes en los que mi paladar se hizo mayor a fuerza de ortiguillas fritas y hojaldres perfumados. Yo había estado en varias ocasiones con mis padres, siendo muy pequeña, y después a lo largo de mi vida adulta con un par de novios y algún amigo, y me reconfortó y me devolvió a otros tiempos el que la comida supiera exactamente igual que antaño. Su cocina es sencilla pero muy rica, de base española con influjos norafricanos, y tomamos una ensalada y un calamar relleno que nos supieron a gloria.
El martes hizo sol. La bahía de Bolonia, para mi tranquilidad, no había cambiado. En realidad nada parecía haberlo hecho en exceso, salvo por la construcción en la entrada a Tarifa de unas edificaciones de playa espantosas y unas naves comerciales horrendas, con un par de supermercados y las típicas tiendas para surfistas. El centro del pueblo sigue igual, con las casas cochambrosas y las plazas desordenadas, los azulejos de las fachadas desconchados, y dan aún ganas de vivir ahí.
En Bolonia, al salir del coche, nos dimos cuenta de que el Levante era muy potente en la orilla, mucho más de lo que parecía desde dentro del coche. Pero fuimos cabezotas y nos tumbamos al sol con nuestros libros, aunque el viento hacía difícil el mero gesto de pasar las páginas y echaba el pelo sobre la cara. La luz era espectacular y África se veía al fondo con las montañas azules, y no se creía uno que además hubiera vacas caminando por la arena, que se acercaban a la orilla y formaban una de las estampas de playa más poderosas que yo haya visto nunca.
La bahía desde arriba.
La arena, las vacas y el continente vecino.
Mírame y no me toques.
No paraba el viento, pero mal leímos y logramos comer algo sin masticar demasiada arena, y después dimos un paseo hasta la gran duna del fondo y la subimos, y miramos el paisaje abrumador desde arriba.
Al bajar el viento estaba ya algo más tranquilo. Parecía que íbamos a poder disfrutar de una de las tardes plácidas que soñábamos en Londres, pero había un perro abandonado y medio loco que se nos acercó y ya no nos dejó en paz un solo segundo. Mantuvimos un rifi-rafe constante con él durante mucho rato, nos cambiamos de sitio pero aún se abalanzaba sobre nosotros, se comió nuestro queso haciendo un agujero en la bolsa que llevábamos con las viandas, y al final acabamos por irnos.
Nos había echado de la playa un perro, pero condujimos a Medina-Sidonia y yo aluciné durante el trayecto con el campo y la luz, y en el pueblo nos sentamos en la plaza en un café, aunque en España no se puede pedir el noble brebaje porque está repugnante en todas partes. En las Sobrinas de las Trejas, pastelería vetusta, compramos unas empanadillas de yema que eran de una finura sublime. Luego, por la noche, cenamos pescado en Tarifa.
Trapos secándose al sol.
Un patio colorido.
Cuesta en Medina.
El miércoles quisimos repetir playa y buscamos una resguardada a la que se llega por un camino tortuoso cerrado a los vehículos. Hacía mucho calor y sudamos con la mochila a la espalda, y al llegar por fin abajo no había quien estuviera ahí, porque el Levante era tan fuerte que era sentarse en la arena y picarte la piel, y estar rebozado en unos segundos. Tratamos de caminar, pero también era engorroso y daba la sensación de que no avanzabas demasiado. Yo me metí en el agua porque no concibo ir al mar y no nadar, y al salir de ella helada parecía una croqueta sin freír. Aguantamos poco más y nos fuimos a ver Zahara, que es horroroso, y después Barbate. Sin duda uno de los lugares más feos de España, pero con un hito gastronómico que había que probar: El Campero.
La especialidad de este restaurante es el atún de almadraba, y el pescado en general. Hacen una cocina sencilla, en la que lo importante es la calidad de la materia prima y la preparación es casi sólo el paso necesario para poder llevar el producto a la mesa. El local es muy español, feo y limpísimo, y los camareros son estupendos porque son de esos tíos que llevan décadas en el negocio y que con autoridad te eligen la comida sin que a ti se te pase por la cabeza contradecirlos una sola vez.
El nuestro nos diseñó una cena que empezaba con tartar y sashimi de atún, y seguía con una ventresca a la plancha para terminar con un bocinegro a la vizcaína. Decía Arcadi Espada hace como un año, en una de las entradas de su blog, que este era el mejor sashimi del mundo. A mí me pareció estéticamente maravilloso, con ese atún veteado que parece más un trozo de jamón ibérico. El sabor era perfecto, grasiento y delicado, pero por desgracia lo sirven demasiado frío y se pierden matices. El tartar estaba impresionante y con la ventresca, casi cruda, se podía llorar de emoción y no parar. Cuando llegamos al bocinegro estábamos ya bastante ahítos, pero tan exquisito era el pez que no se podía no terminarlo. Nos fuimos de allí alucinados y, manirrotos y felices, con una reserva para dos noches después.
No son casuales los clichés/ Dos preciosos patios en Medina.
En el coche, conduciendo de vuelta a casa por esas carreteras que por la noche son oscuras como boca de lobo, el viento era tan terrible que el coche daba vaivenes aunque se agarrara el volante con fuerza, y metidos en la cama no podíamos creernos el huracán que había montado ahí fuera. El ventarrón nos había hecho bajar del coche cerrando las puertas con dificultad, y en la noche parecía que iba a arrancar los árboles del patio y llevarnos volando con la cama puesta.
Por la mañana nada había cambiado. Era tal el viento que no había un solo windsurfista que se hubiera atrevido a echarse al mar. En la costa era imposible estar, así que decidimos irnos hacia el interior y cogimos la carretera que va de Algeciras a Jimena de la Frontera. Era otra vez una carretera preciosísima, con dehesas de alcornoques a ambos lados y grandes extensiones de flores y olivos al sol. Cuando llegamos a Jimena nos encontramos con un pueblo esmerado y pulcro, en el que parecía que los vecinos competían por tener los geranios más lustrosos en los alféizares.
Jimena es empinada.
Estampa doméstica.
Colgado de un barranco duerme mi pueblo blanco.
Nos habían recomendado mis progenitores un lugar para comer setas que, ¡oh, milagro!, estaba abierto. Nos recibió un chico alto y flaco con cara de tebeo que recomendó unas croquetas de hongos, unas yemas crudas cortadas muy finas y simplemente aliñadas, y un solomillo con boletus. El tipo era rarísimo y resultaba imposible saber si su natural era ese o estaba actuando, porque se quedaba colgado en medio de una frase y miraba al vacío, o giraba la vista hacia la tele y musitaba un “Joé”, y luego seguía tomando nota. El local era pequeño y acogedor, medio bar medio casa de comidas, y la cocinera era la madre del camarero, una señora gorda que entraba y salía de la cocina y gritaba más que hablaba, y también correteaban por ahí las nietas reclamando la atención de su padre.
De postre tomamos un flan y un arroz con leche, buenísimos los dos. A nuestro lado había una mesa de americanos liderada por un setentón orondo que a todas luces visitaba el restaurante cada año y hablaba de la pitanza a sus amigos con orgullo. Nosotros nos entreteníamos haciendo cábalas respecto a nuestra propia cuenta; desconocíamos los precios porque no se nos había entregado una carta, y las florituras del extraño camarero y las setas nos hicieron calcular un importe total de al menos cien euros.
Al acabar los postres se nos acercó nuestro tipo y se nos sentó a la mesa. Sacó un boli del bolsillo superior de la camisa y empezó a dibujar sobre el mantel un cuadernillo con espiral, y unas volutas enmarcando el imaginario menú, y comenzó a hablar. “Un euro y medio por el pan, para justificarme”. Yo pensé: “Para justificarte por la hostia que nos vas a meter”, y no pude creérmelo cuando empezó a hacer el desglose de los precios y acabó con una cuenta de treinta y nueve euros. Claramente Londres contamina, pero a mí eso me pareció un regalo y aún me cuesta entender cómo sacan dinero suficiente para vivir.
Qué reja.
Patio curvo.
Menudo mirador.
El patrón acercó su cara a la nuestra y nos preguntó que de dónde éramos y que dónde nos alojábamos. Tras oír nuestras respuestas nos dijo que le íbamos a hacer un favor. De la parte trasera del local trajo una botella de vino, nos hizo una descripción de un café de Tarifa y de la chica que lo regenta (“Una sevillana muy competente”), y nos pidió que por favor le lleváramos el regalo, y que si no la encontrábamos nos lo bebiéramos. Yo estaba muy confundida y Diego pensaba que era un bluf, la historia enrevesada de un tipo raro que quería darnos un obsequio.
Con la botella nos fuimos a pasear por Jimena, que tiene un castillo semi derruído en lo alto con una vista del entorno maravillosa, y un cementerio al que subir un ataúd tiene que ser una hazaña. Después dormitamos en un banco a la sombra y leímos a Jabois desternillados, y decidimos seguir hasta Gaucín.
Esa carretera de sierra es una auténtica maravilla. Yo me canso poco de conducir y hubiera querido que nos hubiéramos levantado antes por la mañana para haber seguido hasta la augusta Ronda, que se nos quedó en esta ocasión en el tintero. Gaucín, ubicado en un lugar inmejorable, es prometedor desde fuera pero desde dentro parece casi un pueblo de Castilla: uno de esos lugares cuyos habitantes parecen haber tomado en algún momento la decisión de hacerlos feos. Diego fue el primero en percatarse de la diferencia entre este lugar y el anterior, y se decidió de común acuerdo que si Jimena era producto de la alegría de vivir, Gaucín lo era del resentimiento. Tiene partes salvables, sin duda, como la pequeña placita en lo alto desde la que se ve toda la sierra y al fondo el mar con el peñón de Gibraltar y África, pero uno pensaría que en un enclave semejante se trataría de emular por lo menos a las poblaciones vecinas evitando construir esas casas con ventanas de aluminio marrón y salamandras pseudo-hippies adornando la fachada, pero así es.
El viaje de vuelta, con el sol cayendo, fue espectacular para la conductora. No podía estar más bonita la provincia, en esta época del año tan florida y después de las benignas lluvias de última hora. A mí esto de ir en un coche por paisajes de este calibre, con tiempo para gastar por delante y un amor al lado me parece uno de los planes más perfectos de la creación.
El viernes no sabíamos bien qué hacer después de una noche tan huracanada como la anterior, y con un día en el que tampoco podía uno acercarse al mar. Aprovechamos para quedarnos en Tarifa, pueblo maravilloso para quien sepa disfrutar de la belleza de los lugares decadentes (a mí, con las debidas salvedades, me recuerda a Portugal). Paseamos y buscamos a Eva para hacerle entrega de la botella, y descubrimos que no era una invención sino una tía real, de voz de cazalla y ademanes firmes, que nos sirvió en la terraza de su bar un salmorejo riquísimo, unos garbanzos con espinacas y un arroz con higadillos de pollo para chuparse los dedos.
Una calle de Tarifa, y la iglesia mayor al fondo.
Un Portugal andaluz.
A tope.
En nuestra última noche rural, antes de irnos a Cádiz ciudad, volvimos al Campero. Al entrar nuestro camarero nos reconoció, nos ofreció la misma mesa, y nos preparó una cena similar. También, como esperaba, nos trajo una tapa de mojama gratis después de dejarle yo caer que no creía haber probado nunca una realmente buena. Ésta era suave y aceitada, nada que ver con esas cosas duras y saladísimas que sirven en la mayoría de los sitios. Entendí, por primera vez, que la mojama puede ser una cosa muy delicada.
Nuestro hombre estaba encantado con nosotros y nos empezó a anunciar lo que iba a ofrecernos el próximo día, y se le nubló la expresión cuando le dijimos que era el último, pero nos hizo prometer que volveríamos el año que viene. Yo, si viviera en la provincia, cenaría en El Campero una vez a la semana y entraría en él con la seguridad aplastante del cliente habitual que ya sabe que le van a ofrecer lo mejor que haya llegado en el día. Así, como un señorito andaluz sin pruritos de clase. A todo trapo.
Deseo de arena.
Los efectos de la crisis.
Vamos a ver en qué gilipolleces nos gastamos el dinero.
La mejor parte del viaje fue Cádiz. Estuvo muy bien poder aparcar el coche y durante casi tres días ir andando de un lado a otro de la ciudad deslumbrante. Pasear por ella con una cámara de fotos es casi esclavo, porque no se puede parar. Por lo general mis álbumes son como catálogos de paisajes y casas -un verdadero coñazo para quien no le emocione lo uno ni lo otro-, y aquí hice más que en todo el resto del viaje porque no podía dejar de extasiarme con las fachadas y los patios, los detalles de las rejas, y los azulejos de los portales y de los suelos. Cádiz es una ciudad única en su salvaje contraste entre la parte vieja y la nueva: una maravillosa y la otra para salir corriendo. Es una diferencia que existe en todas las ciudades del mundo que yo he visitado, pero que en España parece más salvaje y en Cádiz está llevada al extremo. Pero es en todo caso una ciudad excepcional, con la mejor playa urbana que yo conozco, y las alamedas de magnolios centenarios mirando al mar, y ese aire habanero tan adictivo.
Disfrutamos de ella muchísimo porque nos dedicamos a descansar como debe hacerlo uno en vacaciones, en lugar de viajar de aquí para allá como durante los días de playa malogrados. Nos levantábamos tarde, nos sentábamos con los periódicos y los libros en las terrazas de las plazas, paseábamos, comíamos algo, nos acercábamos al mar, echábamos la siesta y andábamos de nuevo antes de buscar un sitio para cenar. Todo un lujo que se pasó demasiado rápido pero que en todo caso fue un cierre vacacional inmejorable, y una muestra clara de lo que debemos hacer la próxima vez que visitemos esas tierras.
La playa de El Palmar, con Conil al fondo.
Preciosa.
Más.
y más.
La Casa Mayol, una maravilla modernista en pleno centro de la ciudad.
El interior de la majestuosa catedral.
Quietud urbana.
El lunes, último día de asueto, volvimos a Sevilla para coger el avión. Era un día en el que el viento se había parado y en Cádiz hacía treinta y dos grados. En Sevilla, cuarenta. Era la temperatura que marcaba el termómetro cuando sacábamos las maletas del coche en el aeropuerto y yo pensaba que iba a darnos un vahído.
Cuando llegamos a Londres, estábamos a ocho grados.
Dos de cincuenta.
mayo 1, 2012
http://www.theworlds50best.com/
Me pregunta mi hermana que de los dos ganadores de este año con cuál me quedo. He tenido la tremenda suerte de haber ido a ambos, una vez a cada uno (al Celler con ella). Soy incapaz de elegir.
¿Cómo escoger a sólo uno de estos dos bestias? Cada una de las experiencias fue placentera, divertida, soprendente, potente y delicada. En fin, todo lo que se le puede pedir a un restaurante.
Quien no se haya pasado aún al bando que mola ahora, el que arquea la ceja al leer estas cosas, que vaya. Son maravillosos.
Tal cual.
abril 23, 2012
Camba, sobre 1910 y sin pelos en la lengua:
Hay que ver cuando una inglesa se pone a ser fea. […] Es fea de un modo rotundo, fundamental y definitivo. Parece como si a lo largo de su vida hubiera ido cultivando el horror de su cara y de su cuerpo con un cuidado especialísimo, procurando no omitir ninguno de los detalles que deben constituir una fealdad perfecta.
Cómo resistirse a referenciar esto.
¿Somos adultos?
abril 9, 2012
Las empresas, cada vez más, se parecen a los patios de juego. O quizás siempre fue un poco así, pero no se había generalizado un modelo que apostara tanto por la idea de convivencia entre empleados. El arquetipo de empresa americano, ése en el que se organizan actividades con el fin de crear lazos de afecto entre los asalariados, hace que cada vez más unos adultos con varias décadas de vida a sus espaldas tengan que comportarse como adolescentes en un campamento de verano, donde o se integraba uno o se arriesgaba a estar fuera del círculo cool durante un mes. En este caso, sin embargo, las consecuencias son más graves porque una infantilización llevada a este campo puede suponer la degradación de un trabajador válido en favor de un mago de las habilidades sociales. No somos niños, pero lo parecemos.
El aislamiento, me temo, no acontece solamente en las compañías que organizan noches de fiestas, yincanas llenas de pruebas absurdas, o fines de semana de convivencia. Sucede también si uno pasa de acudir al pub después del trabajo, o simplemente no tiene el hábito de quedarse charlando junto a la mesa o la máquina de los cafés una vez terminada la jornada laboral.
Yo a veces me pregunto si no será esto una ramificación de esa especie de adolescencia prolongada que supone que a los treinta y tantos no tenga en general la gente una familia propia a la que acudir. No hay planes o rutinas fijos, lo que se haga con el tiempo libre está siempre abierto a cualquier propuesta, y la vida social está habitualmente muy ligada a la de los compañeros de faena. Si yo cierro los ojos y me imagino a mi abuelo, un tipo que a mi edad parecía mi padre, un señor de bigote y barriga que tenía ya cinco hijos para los que proveer con treinta y pocos, no puedo concebir a nadie chistándole a la hora de irse a casa en lugar de bajar al bar. ¿Será, entonces, también una cuestión de imagen? ¿Habrá que dejarse crecer el bigote?
Quizás por prejuicio, yo achaco el menosprecio que provoca la falta de integración en estas actividades sociales a una concepción infantil de las personas y del trabajo. Me espeluzna el que en la valoración de un empleado entre en juego su predisposición social pasadas las horas de faena, en lugar de que se haga una estimación exclusivamente basada en el comportamiento durante las horas estipuladas por contrato y los resultados objetivos del trabajador.
Lo demás, las evaluaciones que se alejan de estos parámetros, me parecen cotilleo de marujas, o comportamiento más propio de nenes que de adultos. Una evaluación sensata del trabajo debería comenzar por asumir que, por lo general, las personas acuden todos los días al mismo lugar a desempeñar una tarea lo mejor posible y a ganar un dinero, no necesariamente a hacer amigos. Naturalmente que un trato cordial y una buena relación con los compañeros son esenciales -como lo son en cualquier ámbito social-, pero no debería ser exigible nada que se adentrara mínimamente en lo que cada cual decida hacer con su tiempo libre, en la esfera privada.
Una mejor estimación de lo que entraña el alargar las jornadas laborales más allá de las horas contractuales sería también muy deseable. Si yo fuera directiva de una empresa, desconfiaría mucho de la eficiencia y la inteligencia de aquellos empleados que, tras ocho horas de trabajo, no han logrado terminar lo que estaban haciendo. La gran mayoría de los trabajos no son, por desgracia, laboratorios de investigación en los que la dedicación entregada de unos cuantos vaya a cambiar el curso de la humanidad, sino lugares en los que ocho horas diarias de entrega real deberían ser, bien empleadas, más que suficiente.
No son niñeros.
marzo 30, 2012
En mi trabajo se ha organizado hoy un corrillo de mujeres indignadas ante la confidencia de una de ellas, que se queja de que sus suegros son malas personas porque no se ofrecen a quedarse con los nietos en vacaciones. En seguida hay un murmullo de solidaridad; las demás féminas se congracian con la sufrida madre y deploran la falta de entrega de los abuelos, que son denostados por su falta de generosidad.
Siempre es difícil saber hasta qué punto la gente confraterniza por mero pensamiento estratégico (eso sí es reprobable, pero casi nadie se queja), o de verdad apoyan estas ideas peregrinas. En fin, yo les digo que me parece normal que no haya ofrecimiento, que los abuelos ya han criado a sus hijos y que no hay por qué pretender que desempeñen ese papel de nuevo, y se me mira como si la desalmada fuera yo. Como si el egoísmo consistiera en defender el derecho a la tranquilidad de la gente, y no en pretender que los hijos de uno los críe otro.
Paul.
marzo 22, 2012
Frente al lugar en el que trabajo se aposta casi a diario un vagabundo barbado que fuma, bebe, e insulta a los transeúntes que pasan, y que con el tiempo se ha hecho también nuestro amigo. Sin ningún pudor, cada día abre la puerta y pasa hasta la oficina, se sienta en una silla y habla. Habla de política la mayor parte de las veces, de una sociedad que le es horrenda, de la gente que pasa por la calle. Despotrica arrebatado, y tiene un discurso brillante, articuladísimo. Su inglés es limpio, de sílabas masticadas; un poco posh, como a mí me gusta. Cuando está sobrio, en sus mejores días, parece un intelectual imbuído de inspiración, y un loco cuando se ha pasado con el alcohol y masculla sus diatribas agitando el puño indignado.
Paul, que así se llama, te mira con unos ojos azules brillantes y te explica sin remilgos que es imposible reinsertarse en la sociedad después de vivir veinticinco años al pairo. Sus aseveraciones no son pensamientos inmediatos, sino fruto casi siempre de una larga reflexión. Hay conversaciones con él que son apasionantes, casi esclarecedoras, pero otras veces se sienta en una butaca, entra en un bucle obsesivo, y repite gritando la única idea que parece inquietarle ese día. Habla de sexo, de inmigración, y declama sus ideas políticas, profundamente conservadoras y sorprendentemente informadas, mientras da lecciones de historia y te hace preguntarte qué demonios le pasó a un tío como éste para haber acabado así.
Nunca lo explica, pero sí habla de su familia. “They have objectionable views, to say the least”. Lo dice irritado, resignado, y con una sombra de diversión, porque encuentra placer en meterse con ellos. Cuando habla de su parentela, Paul parece un trasunto a la británica de un Panero enfurecido. Le pregunto por qué no se vuelve a Devon, donde viven sus parientes, y contesta categórico que sólo le gustan las ciudades multiculturales. Pero lo afirma mientras se gira para increpar a una árabe que pasa por la calle. Le grita, simulando tener una pistola entre las manos, apretando el gatillo, que se vuelva a su país y deje en paz a la Gran Bretaña.
Cuando recupera la calma me mira fijamente y me explica que cuando se acerca a un niño, la gente se cree que es un pedófilo. Dice: “No tienen ni puta idea. Lo que sucede es que la mayoría de la gente no entiende a los niños. Y además les dan igual. Hacen que les importan, pero es mentira”. Suelta cosas como éstas, terminantes y sustanciales, todo el rato. Pero las brama con la mirada perdida y parece que importaran poco, y en seguida pasa a otra cosa como si nada.
A veces, las menos, es complicado disociar la realidad de la ficción. Quién sabe si su familia vive en Devon, quién si de verdad el ojo morado que trae hoy se lo hizo en una gresca con un poli o se lo asestó un extranjero harto de su descaro. Lo que sí es fácil decidir, porque es del todo inverosímil, es que no es el agente secreto que a veces dice ser. “¿Cómo sabes que los iranís van a plantar una bomba?”. Me mira de pronto con desdén, suspira como abrumado ante la tarea de tener que explicarle a alguien muy tonto algo realmente complicado: “I work for the embassy, darling. I know what I’m talking about”.
Johann y Glenn.
marzo 14, 2012
En menos de tres minutos está concentrada toda la belleza del mundo.
Inalterables.
marzo 3, 2012
Regalarse.
febrero 28, 2012
Razonando, que es gerundio.
febrero 16, 2012
Uno de los últimos y más interesantes hallazgos de la psicología cognitiva es que no razonamos para tratar de dilucidar la verdad, sino para ganar en una discusión. Las pruebas utilizadas en el estudio (“Why do humans reason? Arguments for an argumentative theory”, para quien quiera buscarlo) apuntan a que los razonamientos que habitualmente seguimos no sólo no persiguen la racionalidad, sino que más bien van en contra de ella. No es que se nos dé mal discurrir, sino que sistemáticamente luchamos por encontrar argumentos que justifiquen nuestras creencias, en lugar de tratar de refutarlas.
El estudio está fenomenal, desde luego, pero no creo que nadie que sea lo suficientemente sensato como para saber reconocer errores y en consecuencia cambiar de opinión (pese a la absurda fama de la que goza el no hacerlo en nombre de una malentendida coherencia, ¿frente a quién hay que justificarse?), no haya observado ya este comportamiento en multitud de ocasiones.
Uno, en realidad, debería para crecer intelectualmente leer los periódicos de la ideología contraria a la suya. O al menos leer las cosas con el nombre del autor tapado, para evitar juicios apresurados. Pero la mayoría nos afanamos en la lectura de artículos y libros de gente que piensa exactamente como nosotros, asintiendo felizmente mientras lo hacemos, en lugar de tratar de comprender las posiciones contrarias. Por lo general reforzamos, no contrastamos. Es normal, desde luego, porque la vida es ya muy corta como para que además resulte sencillo el permitirse el lujo de ahondar en todo lo ahondable. El tiempo es limitado, y el disfrute preceptivo, pero como ejercicio me parece muy necesario.
A mí, en fin, las personas que no se salen de los preceptos que defienden una determinada ideología me dan mucha pereza. Y mucha grima moral. Pero también me fascina observar el mecanismo que empuja, de un modo u otro, a no dar el brazo a torcer. Todos lo hacemos: a veces no hemos escuchado, o visto, u oído cosas que quizás hasta nos apetecían por lo que pudiera resquebrajarse nuestra imagen. O hemos vislumbrado, dándole vueltas a una discusión ya de noche, que nuestro interlocutor tenía razón, pero no se lo hemos comunicado.
A veces, cuando en las personas se observa una cabezonería especialmente llamativa, se entiende que ésta no deriva más que de una necesidad: para el que se ha pasado la existencia defendiendo unas posiciones determinadas, que permean todas las esferas de su vida (más cuanto más tajantes), tiene que ser terriblemente complicado renunciar a ellas, pues el hacerlo supondría el derrumbe ideológico de toda una biografía. Darte cuenta de que tus compañeros de partido, a los que tenías en tanta estima, son unos hijos de puta o unos simplones a lo más, o que el amigo al que dejaste de hablar era infinitamente más clarividente que tú, o que fuiste injusto con tus hijos, o que tu novia tenía razón… Rehacerse no es fácil, y necesita de mucho más coraje que no hacerlo.
La impermeabilidad a los argumentos ajenos es muy fea y empobrecedora. Yo creo que hay que hablar. Y que haciéndolo tranquilamente, incluso el asesino podría decirle a su víctima, después de un largo diálogo en el que ambos aclararan posiciones, que de haber sabido todo eso que le cuenta ahora, jamás lo hubiera matado.













































