Ciencia= Cultura.
enero 21, 2012
La superstición, esa tendencia tan querida, surge con más fuerza cuando se decide ignorar de pleno la ciencia en favor de creencias asumidas sin más, que no se verifican ni se cotejan, y que lo contaminan todo creando discursos sin ningún fundamento. Yo me fijo mucho en estas historias que se narran de manera concluyente mientras la gente asiente y yo me quedo anodadada.
Últimamente he oído aseverar algo extraordinario: que a las mujeres, nuestro cuerpo nos comunica el sexo del bebé que gestamos sin necesidad de recurrir a una ecografía. El modo en que lo hace, eso no me lo han sabido explicar; alguien me ha señalado, con evidente sorna, que quizás sea a través de las heces. Tratar de recabar información de la persona que hace el fantástico pronunciamiento suele ser un ejercicio inútil, porque siempre se apela al misterio: “Oh, simplemente lo sabes”. El 50% de probabilidad, parece, no cuenta en estos casos. OK.
Como este hay mil cuentos: relativos a la educación, el poder, los géneros, la política, la salud, el arte. No es trivial: estas leyendas forman parte del entramado de nuestra vida diaria, y ayudan a definirla. A definirla muy mal.
Arcadi Espada advertía hace poco en una entrada magnífica del peligro que entraña el identificar la cultura con las humanidades. Afortunadamente, gente como John Allen Paulos o mi adorado Steven Pinker, entre otros, ponen feliz empeño en señalar los desatinos y aberraciones que se cometen en nombre de certidumbres erróneas establecidas. Pinker, en concreto, escribe sin tapujos sobre la corrupción ideológica de muchos círculos académicos que ignoran activamente descubrimientos científicos que harían trizas sus teorías, en favor de la defensa exclusiva de sus propios intereses. Sociólogos, antropólogos, psicólogos y otros, entregados a la defensa de causas peregrinas que él refuta con la claridad e ironía habituales. Hay que leerlo, a Pinker. Uno tiene la sensación de haber aprendido cosas muy valiosas cuando ha terminado. Estaría bien que se leyera en los colegios, for a change.
…
Siguiendo el mismo rastro, Richard Dawkins decía el año pasado que creía que el método de doble ciego era el hallazgo científico que más ayudaría a mejorar el conocimiento general de las personas, desterrando la brujería y fomentando un pensamiento crítico que prescinda de la subjetividad, los prejuicios y las anécdotas en favor de la evidencia científica.
Copio aquí sus conclusiones en su versión original, y termino con él.
1. We would learn not to generalise from anecdotes.
2. We would learn how to assess the likelihood that an apparently important effect might have happened by chance alone.
3. We would learn how extremely difficult it is to eliminate subjective bias, and that subjective bias does not imply dishonesty or venality of any kind. This lesson goes deeper. It has the salutary effect of undermining respect for authority, and respect for personal opinion.
4. We would learn not to be seduced by homeopaths and other quacks and charlatans, who would consequently be put out of business.
5. We would learn critical and sceptical habits of thought more generally, which not only would improve our cognitive toolkit but might save the world.
Ahí queda eso.
Es Navidad.
diciembre 22, 2011
Sólo hace poco me he dado cuenta de lo mucho que me gusta la Navidad, y de cuánto me ha gustado siempre. Después de una fase en la que renegaba de ella, me parece ahora que los que dicen detestarla pierden una ocasión preciosa para, durante este parón del ritmo habitual, pararse a pensar en qué es lo importante.
Están los que aluden al origen religioso de la festividad, como si eso tuviera ya alguna importancia. Cada cual la vive a su manera, y la versión pagana lleva tanto tiempo instalada que las resonancias son ya otras, o son las que uno quiera darle. A mí me parece un lujo social que exista este tiempo, esta breve suspensión de responsabilidades, estos días que se centran en celebrar el que las familias y los amigos se junten.
Porque eso es lo que se hace, juntarse. Se planifican comidas y cenas, se reservan billetes de avión cuando los familiares viven lejos, y se decide, en ocasiones, ver a gente a la que no se ve desde hace tiempo. Una ocasión perfecta para el reencuentro.
Hastía el bombardeo comercial, sí , pero es que no va de eso tampoco. Las calles iluminadas -el primer signo de que la Navidad se acerca con sus inefables villancicos y sus anuncios de perfumes y alcohol- son en realidad, cuando se hace bien, una cosa insólita y preciosa, porque en ninguna otra época se piensa en engalanar las ciudades de esa manera: festiva pero mesurada, sin que parezca un carnaval multicolor. Yo sólo me quejo de que se haga cada vez antes, matando la ilusión de las festividades desde principios de noviembre, y adormeciéndola cuando toca.
Aún a riesgo de resultar cursi, diré que me parece un buen momento para la enmienda. No me refiero a los propósitos y resoluciones típicas que suelen marcar el comienzo de un nuevo año y que apuntan por lo general al abandono de vicios y la adopción de buenos hábitos, sino a la reflexión real que se centre en separar lo trivial de lo esencial y que concluya quizás en la omisión de las rencillas, el abandono de viejos rencores, y el centrarse en lo que la vida tiene de bueno. Que es mucho.
Feliz Navidad.
Hitch has died.
diciembre 16, 2011
Paris.
noviembre 16, 2011
In the bitter cold
I carried you
in one hand,
in the damp form
of a crumpled
piece of paper
left to me
on your kitchen table-
coffee capsules scattered,
and dirty mugs holding
the remains
of a hurried breakfast
and a silent talk.
I carried you,
clutched invisibly
in my fist,
walking fast
past other
pedestrians
because Paris,
in December,
somehow feels
more concrete,
more absolute,
in your kitchen
than by this frozen river,
this clean beauty
of the still buildings
against the thick fog.
In this rain,
I wanted
to walk you off,
through this morning,
so I could go back
to the capsules,
to the gestures,
as if I had never
been there
before.
Maravillas lusas.
noviembre 4, 2011
Amalia se atreve con la copla:
San Francisco.
octubre 21, 2011
Llegué al aeropuerto de San Francisco de madrugada, con las últimas imágenes de Louisiana metidas aún en la cabeza y un leve desfase horario que aún así se notaba en el cansancio después de un viaje tan largo como el de cruzar Europa. Me recogieron mi amigo Greg y su novia, Amy. Con Greg había recorrido Camboya hacía ya dos años y medio, pero tenía la impresión de haberlo visto sólo el día anterior, gracias a esa sensación milagrosa de aparente cercanía que dan las nuevas formas de comunicación.
Fue una semana inmejorable. Mis anfitriones trabajaban durante todo el día y yo tenía las jornadas enteras para recorrer San Francisco sola, que es como mejor se conoce y se disfruta de una ciudad por primera vez.
Amanecía en la casa sin compañía. Me gustan las mañanas silenciosas, lentas, en las que nadie te habla ni interrumpe el ritmo pausado del despertar. Me levantaba siempre antes de las ocho y media, desayunaba mientras leía algo, contestaba mis correos, planeaba el recorrido del día y cruzaba la bahía desde Oakland en metro. Veinte minutos al centro, y la ciudad entera a mis pies.
El primer día llovió. Había un cielo pesado y gris y una luz blanquecina. Decidí ir al centro porque allí me molestaría menos el no poder ver el horizonte entre la niebla y los edificios, y recorrí Downtown y el barrio chino metida en un chubasquero, abriendo el plano en portales protegidos del agua. Caminé varias horas, cinco o seis, y decidí hacer una parada tardía en un vietnamita del que había leído buenas críticas. Era un lugar que pasaba desapercibido en una avenida ruidosa perpendicular a Market Street, una calle ancha y fea que cruza la ciudad entera en diagonal y llega hasta el mar. Un sitio minúsculo, con no más de tres mesas para dos y una barra con la cocina detrás, caótica y descuidada, exactamente igual a las que se encuentran en las grandes ciudades del Sudeste asiático. San Francisco está lleno de estos lugares cutrones y discretos, en los que por siete dólares te plantan una comida deliciosa hecha delante de tus narices. Tiene de hecho esta ciudad una cualidad que a mí me es imprescindible a la hora de disfrutar de una urbe, que es la posibilidad de encontrarse tanto en sitios cutres como repeinados: la ciudad perfecta es cochambrosa y burguesa, mugrienta y pulcra, pija y humilde, decadente y cuidada a partes iguales, como las mejores ciudades portuguesas.
Tras comer recogí a Greg en su trabajo. Es programador en Twitter, y lo esperé un rato en el lobby mientras veía salir de los ascensores y los pasillos a empleados vestidos con vaqueros, camisetas, hoodies y zapatillas de colores, diciéndose hasta mañana mientras con una mano empujaban la puerta de salida y con la otra sacaban la bicicleta a la calle. No vi, en los diez o quince minutos que estuve ahí sentada, a una sola persona vestida de traje, y la ausencia de las anacrónicas corbatas y del eterno negro resultaba refrescante. Mi amigo me dio un tour por las oficinas llenas de pizarras blancas y puestos de trabajo con enormes pantallas en vertical; algunas mesas con cuatro, las que menos con dos. Había zonas con sillones para descansar, comedores con bandejas llenas de fruta, y aparcamientos para dejar las bicis hasta la hora de salida. En los baños, enormes botes llenos de cepillos de dientes de colores y apósitos a gogó. Era como una de esas empresas de documental que no parece que existan. Más tarde le pregunté a Greg cuántos días de vacaciones le daban. Me respondió: “Ilimitados, mientras haga mi trabajo”. Me pareció la cosa más evolucionada del mundo.
El martes amaneció radiante. Un cielo azul sin una nube, que sería en adelante el clima que tendría cada día hasta mi vuelta: treinta grados al sol, y una ciudad resplandeciente. Me fui a La Misión. Quería recorrer sus calles y ver los murales por los que es famoso el barrio. No son la mayoría especialmente bonitos, pero sí le dan a la zona una personalidad y un color muy particulares. No pude dejar de hacerles fotos mientras recorría las calles a pie. Eran unas vías que tenían unas casas extrañas, con una especie de frontispicio extendido sobre la fachada como para aumentar la altura de los edificios sin añadir estructura por detrás. De frente aparecían como bloques sólidos, y de perfil como una maqueta sacada de un western. He copiado una foto más abajo.
En San Francisco se toman el café muy en serio. Hay sitios específicos para disfrutarlo, y el brebaje se hace como se debe: moliendo los granos individualmente para cada taza y elaborándolo por separado. Pasé un rato agradabilísimo sentada en Ritual, un local oscuro lleno de gente trabajando en sus Mac, donde tomé un café guatemalteco que me supo a gloria mientras leía un libro y descansaba del paseo.
Después de la parada caminé más, y a la hora de comer fui a un lugar que me habían recomendado para tomar burritos. Yo, que no soy muy aficionada a la cocina mejicana de batalla y no las tenía todas conmigo, me sorprendí con un emparedado que estaba hecho con un pan muy fresco y un relleno de judías y carne buenísimo. Me lo tomé a la americana, en plan fast food, acompañándolo con una Coca Cola que me diera tirón para seguir andando, y seguí camino hacia Castro, el barrio gay de la ciudad.
Nada más llegar vi a un tipo caminando desnudo por la calle principal. Le hice unas fotos y me saludó con la mano. Deambulé por las calles, y avanzada la tarde subí a Twin Peaks a ver la vista de la ciudad desde arriba. La veía frente a mí, casi abarcable con la vista y con sus ochocientos mil habitantes de nada, y Londres con su gigantismo y su fama de moderna me resultaba, al lado de lo que iba viendo en ésta, profundamente conservadora e inmóvil. Bajé la colina y recogí la bici que había candado en La Misión. Volví a Oakland a cenar pensando que el lugar del mundo desarrollado en donde había que estar era California.
El miércoles el cielo estaba más azul y hacía más calor que el día anterior. Decidí cruzar la ciudad en bici desde el centro e ir hacia el Golden Gate Park y más tarde hasta el océano. Fue una ruta fácil, porque acostumbrada al tráfico londinense y al poco respeto que en general se tiene aquí por los ciclistas, gestionar la circulación de San Francisco era como un juego. Me bajé en Powell Street y me fui hacia el Oeste, cruzando Hayes Valley con sus grandes casas y llegando al parque por el Panhandle, una franja verde que precede la brutalidad de uno de los parques más impresionantes que yo he visto en una ciudad.
Era como estar de pronto en otro lugar. El parque tiene unos árboles inmensos, una extensión descomunal, algunos búfalos rozando el hocico contra la hierba, un jardín botánico, un par de museos, y un olor fresco a eucaliptos y secuoyas, que huelen más a campo que a parque urbano. Lo recorrí de un lado a otro haciendo parada en el Young Museum para ver su tamaño desde la torre. Después cogí la cuesta abajo hasta el mar, que fue de nuevo como estar en una tercera ciudad; distinta de todo lo anterior y absolutamente maravillosa.
Qué privilegio, tener ese océano al lado de una ciudad tan moderna. Qué gozada que a sólo unos minutos de haber dejado el centro pueda uno encontrarse en una playa blanca y eterna, con las olas bestiales del Pacífico golpeando la arena, y las dunas sirviendo de barrera y de parapeto contra la carretera que bordea el mar. Había una brisa fresca y un sol abrasador a espaldas del viento, y me tumbé entre unas dunas a que me pegaran los rayos. Más tarde di un paseo larguísimo por la playa, bastante vacía en un día de diario y cubierta por una ligera calima que daba a las personas que veía de lejos una apariencia irreal.
El jueves, soleado y seco, tiré hacia la bahía para ver el Golden Gate Bridge. Me pasó al llegar algo parecido a lo que me ocurrió hace tres años con el Taj Majal: que iba escéptica y cauta y me pareció majestuoso, a la altura de su leyenda. Brillaba con ese naranja rojizo bajo el sol, y se alzaban los postes altísimos hacia arriba desde las bases de hormigón, y me parecía el puente más elegante y proporcionado del mundo.
Tras verlo volví hacia el centro bordeando la bahía, y subí hasta Columbus Avenue porque quería pasar un rato en City Lights mirando libros. Para entonces llevaba en la bici todo el día y hacía un calor pegajoso, así que recogí a Greg pronto en su trabajo y nos fuimos a casa para preparar una cena temprana que nos preparara para el viaje de la mañana siguiente, rumbo a Big Sur.
Antes de llegar paramos en Monterey para ir al acuario que hay junto a la bahía. En una de las piscinas, la más grande, habían juntado varias especies de peces diferentes. Un tiburón blanco se paseaba por ahí junto a un pez martillo y una criatura enorme y prehistórica que era una masa de carne informe: un pez sol. Había también atunes, esturiones, y una de las cosas más preciosas que he visto jamás: un banco de veinte mil sardinas que se juntaban y dispersaban por el agua como en un baile espectacular. Hacían mil formas distintas con cada paso y brillaban bajo el agua quieta como una inmensa hoja de plata, dejándonos deslumbrados.
En el acuario había también caballitos de mar que parecían plantas, unos parientes suyos microscópicos que se escondían entre las algas, otros que bailaban enroscando sus colas como enamorados, y un vídeo de un macho pariendo mil caballitos como alguien que expulsara florecillas por una fisura en el estómago. Las medusas, divididas por especies, eran como aliens fluorescentes y etéreos, y sus tentáculos dejaban un rastro luminoso al pasar por delante de los cristales, como un subrayador.
En Big Sur los colores del campo exhibían ya los rojos de octubre, y el mar estaba helado y entumecía los pies y las manos al meterse en él. Las playas tenían en la orilla unas enormes amalgamas de algas enredadas que olían a animal muerto y que parecían mangueras abandonadas al sol. Nos tumbamos en la arena y nos quedamos dormidos antes de emprender el viaje de vuelta a San Francisco.
Al día siguiente, otra vez de madrugada, cogí los dos aviones que me trajeron de vuelta al otoño.
New Orleans.
octubre 10, 2011
A Nueva Orleans se llega atravesando un puente desde el que el Mississippi parece un océano. La ciudad al entrar es fea, y su arteria principal una avenida que es una grisura de torres baratas a cada lado y tiendas sin interés en los soportales. El French Quarter, plagado a todas horas de turistas de baja estofa, ebrios y estridentes, debió de ser glorioso en otra época pero hoy en día da ganas de salir corriendo: la gente lleva por sus calles enormes recipientes que contienen unas bebidas alcohólicas fluorescentes que parecen veneno, y la mayoría de las tiendas y los restaurantes son chiringuitos para turistas sin interés por nada que tenga que ver con la verdadera urbe.
Sólo unas calles más adentro comienza la verdadera ciudad, formada por barrios variopintos de casas tan hermosas que es imposible no querer hacerle una foto a cada una. Casi todas tienen balcones coloridos de forja alambicada, volutas de madera pintada sosteniendo el tejado, terrazas a la sombra, y enormes ventanas de suelo a techo, y como tantas cosas en este estado recuerdan un pasado colonial acomodado, que perdura o se ha perdido dependiendo de en que barrio se esté. La organización socio económica de los barrios es muy similar a la de Baton Rouge, aunque aquí el Garden District es mucho más opulento y cuidado que el de la capital, muy impresionante.
Caminamos hasta tener los pies planos, intentando abarcar en dos días la ciudad entera. En el centro había carritos de perritos calientes como el de Ignatius, y en un soportal sombrío lo encontramos a él, en un sitio de muy poco honor y petrificado en bronce. Los transeúntes le pasaban por delante sin saber quién era: nadie se paró a verlo durante el tiempo que estuvimos ahí.
Se celebraba un partido de fútbol americano que había llenado la ciudad de floridanos vestidos de horteras, y fue imposible entrar a sitios para comer sin tener que hacer cola. En Willie Mae’s, el lugar donde puede degustarse el pollo frito más famoso de esta región, sufrimos una pequeña decepción. Yo, que tengo verdadera aversión a todo pollo evidentemente estabulado y de piel rosada, decidí que había que probarlo igual porque la leyenda lo precedía, y me desencantaron un sabor y una textura que apenas rozaban el aprobado. Pero el lugar tenía gracia y los comensales eran de orígenes y pintas muy dispares; resultaba entretenido mirarlos mientras guardábamos la cola de veinticinco minutos que nos costó entrar.
Por la noche fuimos a The Spotted Cat, un club de jazz donde había una banda de cinco tipos que se turnaban para cantar. Un par de parejas bailaban en el pequeñísimo espacio que dejábamos entre nosotros y el escenario. Fue divertido porque la música era muy buena y porque el ambiente era cordial y variopinto, y una de las parejas de baile, que no eran más que gente del público que se animaba a menearse, montó un espectáculo muy disfrutable.
Recorrimos los barrios pudientes y los humildes, los que sufrieron el Katrina y los que no. El contraste entre el Garden District y el 9th Ward, lleno de descampados destartalados con casas de paredes de chichinabo, medio reconstruídas, era lo mismo que visitar otra ciudad. La visita se hizo corta, como si nos hubieramos tragado la ciudad un poco a trompicones. Hubiera hecho falta un día más para disfrutarla como merece. No es mala excusa para volver.
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Un beso,
Gara.
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En Louisiana.
octubre 7, 2011
El barrio de Baton Rouge en el que vive mi hermana tiene grandes avenidas flanqueadas por encinas centenarias de un tamaño como nunca las he visto en Europa. Las ramas se extienden a lo alto para después descansar en el suelo y servir de apoyo al árbol, que tiene unas raíces poco profundas a causa del tipo de terreno pantanoso común a esta región. Las ramas son las muletas del tronco, y las copas parecen enormes refugios verdes para dormitar o pararse a comer un picnic.
Las carreteras, llenas de esos camiones de cabinas curvilíneas y gigantescas, bordean las aguas del Mississippi, flanquean masas arboladas, o pasan al lado de fábricas descomunales que brillan bajo el sol, potente aún a estas alturas del año.
Yo he volado a otra estación, que es algo que se vive como un lujo después de un verano sin verano y con el otoño -por lo demás mi época del año favorita- presagiando ya el invierno inacabable de la tierra en la que vivo. Caminamos calzadas con sandalias y con los brazos y las piernas al aire bajo unos cielos azulísimos y planos; sin los cambios incesantes de los de Londres y sin sus sombras y sus matices, pero que agradezco mucho en la piel.
Aquí en lugar de mirar al cielo hay que mirar a la tierra, que en los pueblos que visitamos parece de otra época. En Breaux Bridge tomamos un brunch en un café de vigas de madera y techos altos que servía platos cajunes de combinaciones que a la hora del desayuno resultaban extrañas. Cocina rústica francesa de los emigrados adaptada a los ingredientes locales, que dio lugar a cosas tan inesperadas como el Pig’s Ear, un cuerno de masa frita rellena de boudin y espolvoreada de azúcar glace, que estaba sorprendentemente bueno. Los Eggs Begnaud, que tomamos con huevos revueltos y unas gambas con salsa ligeramente picante acompañada de biscuits (una especie de tortitas), estaban jugosos y bien hechos. El café americano enrarecía la mezcla y contribuía al extraño batiburrillo que se nos estaba formando en el estómago, pero era una amalgama sorprendentemente armónica, de sabores y texturas opuestas pero no imcompatibles.
En Lake Martin vimos garzas y cocodrilos y merodeamos por los jardines de Maison Madeleine, la casa donde John Kennedy Toole escribió La Conjura de los Necios. Más tarde visitamos St. Martinville, que estaba muerto en la solana de la tarde, y nos tiramos al sol escuchando a dos ancianos que conversaban en un francés ininteligible.
Las casas son para mí lo más llamativo de este lugar. Mi cámara tiene ya almacenado lo que parece un catálogo interminable de propiedades ajardinadas, que por lo general no se vallan, y en las que el porche constituye el atractivo principal de unas viviendas plagadas de rémoras coloniales y detalles art déco, y cuyo estado de conservación depende del barrio al que pertenezcan: espectacularmente cuidadas en torno a University Lake, desvencijadas en Spanish Town, y por lo general bien mantenidas en el Garden District.
Los palacios de aquí, mansiones de los antiguos señores de las plantaciones, están en manos privadas o pertenecen al estado, y nosotras hemos visitado una de cada. Houmas House tiene las encinas más bonitas que he visto hasta la fecha, pero el espacio está tan cuidado que resulta artificial. Era un día en que nos sentíamos particularmente generosas, y decidimos pagar el desmedido precio que costaba que la guía, una negra esférica, nos enseñara la casa. Llamaban la atención de ella el vozarrón profundo y bronco de una cantante de soul y las tablas, tan americanas, que exhibía en el discurso y la gestualidad a medida que nos conducía de una estancia a otra y se paraba a contar una historia o tocar una melodía al piano. Pero hacía pausas y chascarrillos excesivamente estudiados, que a unas europeas como nosotras nos sumían en unos arrebatos repentinos y extraños de vergüenza ajena.

El cementerio de St. Fracisville.
Rosedown plantation, sin embargo, es mucho más agreste y la casa está cuidada sin excesos que la hagan parecer de cartón piedra. Fue muy placentero merodear por los jardines y seguir camino a St. Francisville, un pueblo con un cementerio preciosísimo en el que el omnipresente Spanish moss da un aire tétrico y fotogénico a las tumbas de piedra desperdigadas.
Los pueblos, tanto éste como el resto de las poblaciones, son en realidad extensiones de casas bajas a lo largo de avenidas con muy poca alma. No hay, claro, centros históricos ni núcleo comercial, ni existe el concepto de la tienda de barrio, de modo que o se coge el coche para ir a avituallarse a una gran superficie o no se encuentra nada. Esto no tiene que ver, como tanto se repite, con la extensión geográfica del país, sino con la elección de un modo de vida en el que se depende del vehículo para todo. Andar a los sitios, aparte de ser imposible, es que se concibe como absurdo porque no se hace.
Fuimos a comer a un diner, por supuesto. Una hamburguesa y unas hash brown como está mandado, en un lugar cercano a la universidad de Baton Rouge, que lleva abierto setenta años y que tiene el aire y decoración, entre cutrona y pintoresca, que todo turista desea ver:
Nota social: llama la atención el espíritu afable y conversador, tan de este país, que se respira en todas partes. El servicio, desde los guías turísticos a los camareros, o las cajeras del supermercado que te felicitan por el helado que has escogido y anticipan tu placer (en nuestro caso concreto malogrado) con un “Oh my God, that one’s so delicious!”, hace ostentación permanente de una cordialidad y una simpatía que resultan agradabilísimas o cargantes dependiendo del humor en que esté uno, pero que por lo general yo percibo como algo que roza el límite de lo invasivo, puesto que inevitablemente pone muy por encima el concepto de lo colectivo sobre lo individual: serás raro si no lo compras. Yo, a mi alrededor, sigo erigiendo mis murallas de europea rabiosamente individualista, y me asombran situaciones como la que ocurrió el otro día estando mi hermana y yo leyendo junto a la piscina, en la que un amable vecino hizo tal despliegue de hospitalidad que en media hora teníamos un plan para cada noche de las restantes. Me asombró no sólo porque es algo que choca con mi propio temperamento, sino también porque me pareció que en ningún momento se preguntaba el susodicho si no preferiríamos estar solas. No por falta de empatía sino por educación, por salvarle a alguien de una situación de soledad indeseada. Mis respuestas, esquivas o silenciosas dependiendo de cuál fuera la propuesta, o quizás inusitadamente directas en ocasiones, me dieron la sensación de haberle parecido, en retrospectiva, la réplica de una persona muy exraña que a causa de alguna patología de relación prefiere la soledad a la compañía.
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Un beso a todos,
Gara.
Derecho al tiempo.
septiembre 27, 2011
A veces, cuando llega la hora en que acaba mi jornada laboral y me preparo para irme tras apagar el ordenador y recoger mis cosas, advierto un ligero tufo en el aire. Algunos de mis compañeros, apostados tras sus mesas, tienen la mirada inequívoca de la desaprobación, que yo he aprendido a ignorar convenientemente en favor de mi bienestar psicológico y mi paz a mi vuelta a casa. El tiempo libre, tan valorado en los anuncios y las redes sociales, goza de muy mala imagen en determinados entornos laborales en los que el hacer horas extra es algo que tiene aún muy buena prensa.
Más interesante que lanzarse al tópico de afirmar que el hacerlas ayuda a escalar posiciones, es fijarse en los argumentos que sí ayudan a preservar una buena imagen cuando se es alguien que sale puntualmente del trabajo. De los derechos adquiridos de no se sabe dónde, los que más habitualmente se esgrimen son los de la maternidad. Yo he oído a muchas de mis compañeras clamar derecho al tiempo libre en nombre de su recién adquirida función, dejándome atónita un discurso que parece querer señalar que no han decidido ser madres en pleno ejercicio de su libertad, sino en base a un rol impuesto o a una obligación. Esto es una falacia: cada cual organiza su vida en función de sus prioridades y ésta es una entre tantas. Utilizar a las criaturas como coartada me parece deshonesto en tanto que la maternidad es una opción como otra cualquiera: no vale más que el tiempo dedicado a estudiar una carrera, dar paseos por el campo, practicar un deporte, leer sonetos, darle besos a un amante, o tirarse en el sillón a mirar el aire. Son todo opciones, decisiones adultas y conscientes de los que tenemos la inmensa suerte de poder elegir.
Presuponer que convertirse en madre otorga automáticamente una serie de derechos que están por encima de lo que otros han decidido hacer con su tiempo libre es, al fin, igual a pensar que el tiempo de los demás vale menos.
“Hope your well”.
septiembre 20, 2011
People who don’t know how to spell still get good jobs.
And hire nannies.
And buy houses.
And run businesses.
And sometimes even countries.

































