Ma solitude.

octubre 13, 2008

Uno de los legados, o quizás condición aprendida, que me hace más feliz poseer, es la capacidad y el placer que me da el estar sola. La compañía es maravillosa, por supuesto (cuando vale la pena), pero tiene que ser un martirio el sentirse incapaz de disfrutar sin ella de lo que sea, y muy a menudo observo esta incapacidad en gente que me rodea, que incrédulamente escuchan que pueda apetecerme, por ejemplo, hacerme un viaje sin compañía.

Hace un par de días terminaba de hacer una ruta cerca de los Picos de Europa. Tenía una ampolla bastante gorda en un pie, y el último tramo se había convertido en un martirio. Hice auto-stop, y me cogió una pareja agradable, con los que entablé una conversación breve, de cuatro kilómetros en coche. Me repitieron, en un par de ocasiones, que era “una valiente” por estar por ahí caminando solita. No me halagan normalmente estos piropos, sino que me entristecen porque sé lo poco valorada que está y la carga tan negativa que arrastra la soledad, lo poco que se disfruta.

De ahí también el miedo al silencio, otro bien maravilloso y denostado, ¡con lo que cuesta en estos tiempos encontrar verdadero silencio! Y, sin embargo, hay muchísima gente que afirma no soportarlo y tener la televisión o la radio encendidas permanentemente en casa (conozco pocas torturas más efectivas para volverme loca).

Un homenaje a la soledad, de parte de Georges:

P.S: Pero no es del todo verdad lo que dice. A veces sí se está muy solo con la soledad. Con la otra: la que no es circunstancial, la que no es elegida.

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