Fin de etapa y conclusión.
marzo 19, 2009
(In English, below).

Baño matinal./ Morning wash.
Se acabó el tiempo en este país de locura. Lo dejo sin pena, la verdad. La India me ha supuesto demasiadas decepciones, y la idea romántica occidental se fue al carajo tiempo ha. El último mes ha sido de constatación de cosas que ya vislumbré al principio. He concluído que el país empieza a resultar insufrible cuando a uno se le cae el velo de la novedad y se da cuenta de que los inconvenientes que creía excepciones son de hecho la regla.

En una calle de Calcuta./ A street corner in Kolkata.
Lo más difícil, pero lo dice una que tiene la condena de no saber tolerarlo, es el ruido. España tiene un nivel de contaminación acústica y de desconsideración al prójimo estrepitosa cuando se trata de armar bullicio, pero se queda muy a la zaga. Desde aquí, me parece que España es a La India lo que Suiza es a España en ese sentido. Aquí es imposible encontrar el silencio, y como casi todos los problemas que acechan, todo parece proceder de una mera cuestión demográfica. Los indios, que duermen a todas horas en camas improvisadas en cualquier lugar, duermen como leños sin que las bocinas imparables, los gritos, los golpes, los rezos o los ladridos de los perros les perturben el descanso. Lo normal es que a partir de las cinco y media de la mañana resulte complicado abstraerse del estruendo general. En las pensiones, los dueños reaccionan con ostensible cabreo cuando por alguna razón se les despierta de sus innumerables siestas diarias, pero no tienen reparo en armar jaleo cuando ellos amanecen. La cosa es chocante y cansada, pero no tiene vuelta de hoja porque no parecen entender nuestros códigos.

Pasatiempo masculino nacional./ National masculine pastime.
Lo segundo es la higiene. La densidad de población tiene un impacto determinante en esto, pero también es cierto que no hay que ser políticamente correcto y justificarlo solamente desde esa perspectiva: es también cultural. El país de las contradicciones es puntero en tecnología, pero su concepto de la higiene está a años luz de lo sanitariamente recomendable. El sistema de recogida de basuras brilla por su ausencia, y los montones de mierda se pudren en cada esquina, mientras los animales hurgan en ellos con el hocico. Las cocinas de los restaurantes no deben ser vistas por el viajero preocupado, a riesgo de decidir que sólo comprará en los supermercados, y con ello perderse el maravillosos e inacabable universo gastronómico de este país. Pero las bacterias, que conmigo se han cebado a base de bien, acechan y atacan cuando uno menos lo espera.

Para Bárbara./ To Bárbara.
El tercer inconveniente procede de lo que ya he mencionado en muchas otras ocasiones: de la asunción de que el turista es una vaca a la que ordeñar al máximo, para lo cual valen todas las tretas imaginables. Cuando te das cuenta de que la mentira es casi el lenguaje permanente, desaparece la ilusión y empiezas a tu pesar a desconfiar de todo el que ofrece ayuda.
Las otras razones para el desegaño derivan de cuestiones que son inseparables de la cultura del país. Hay demasiadas cosas que atentan contra el ejercicio de la libertad individual, y no veo que la cosa vaya a cambiar en muchas décadas. “La mayor democracia del mundo”, como gusta a los progres llamarla, esta sostenida por un sistema de castas injusto y medieval, por una desigualdad de género manifiesta, y por una falta de libertades civiles clamorosa. La superstición y la falta de cuestionamiento de las tradiciones conllevan un inmovilismo intelectual evidente, que sólo la clase media y los bienpensantes (que son numerosos pero difícilmente accesibles) cuestionan. Si las cosas cambian, cambiarán gracias a ellos, somo sucede en cualquier sociedad. Pero llevará mucho tiempo extenderlo a la totalidad del país.


Dos escenas del mercado de las flores./ Two different shots of the flower market.
Naturalmente, no todo es negativo. Me llevo también los colores, las horas que he disfrutado a las mesas de las casas de comidas, a los niños jugando en las calles y haciendo su vida sin padres hiper-protectores que teman que algo les pueda pasar, y a algunas personas que he conocido en el camino. En los lugares menos pervertidos me he topado con gente genuína que me ha tendido la mano sin ningún afán de recibir nada a cambio, y han sido momentos refrescantes, en los que todo lo demás parecía borrarse de pronto. El sur fue más amable, el Norte mucho más duro, pero ya no sé si era mi energía minada la que me hacía percibir las cosa de otra manera.

Estos meaderos tan limpios y que despiden un olor tan agradable están por doquier./ These very hygienic and beautifully scented street toilets are everywhere around Kolkata.
Vine con mucho resentimiento desde la limpia Europa, y la lejanía y la experiencia de vivir esto me ha puesto en situaciones en las que Occidente me parecía a ratos el colmo de la perversión, y a otros el culmen de la civilización. Y me voy convencida de que es las dos cosas.
Perdonad el tono de esta crónica; mi fuerza moral está muy minada.Ya no sé ni si Myanmar me espera. Estoy en lista de espera para el billete de mañana, y creo que si me quedo en tierra sufriré un ataque de nervios agudo en el aeropuerto.
No tendré posibilidad de comunicarme mientras esté allí, si llego. Así que hasta Camboya, queridos.
Muchos besos,
Gara.
India is no place to say “I know exactly what I want to do”- something always intervens and mocks that resolution. I travelled light, but still the greater part of my baggage was mental- my mind brought England with me, and saw it shattered, sometimes with awe and sometimes with dismay”.
(Brian Thompson, Great train journeys of the world).
My time in India is over. I could give a long account of the facts which make me leave this country with a strong feeling of disappointment, but I prefer to leave that for a face-to-face reunion over some cheese and wine in some pristine European café.
The eastern East is waiting for me now, and I only hope the heat and the mosquitoes don’t treat me too harshly. I am packed with sprays, a big mosquito-net, and the whole load of patience I have been forced to learn during these two months and a half of travelling in India. I take their colours and their enormous cultural spectrum with me, and the hours of pleasure I have spent in front of some wonderful regional dishes, but other things I prefer to leave behind for now and digest them when I am back and settled -if I ever settle- in some place in Europe.
Until Cambodia, then. I will have no means of communicating during my stay in Burma.
Xxxx,
Gara.
Social diseases.
marzo 18, 2009
I am getting to the point of panicking. It seems like the school of thought which blames some unknown entity for everything that happens in one’s life is spreading like an unstoppable epidemic. I hear the “everything happens for a reason” and the “it wasn´t meant to happen” (or its affirmative antonymous) every time I turn a corner, and it honestly scares me.
I was forced to stay in Kolkata and postpone my flight to Burma due to a rather sudden illness that had me in bed and in the toilet alternatively for some time, and the usual explanation to the event was always a variation of “you were obviously meant to stay in Kolkata for some reason”, or “you weren’t meant to go to Burma now”, which filled me with an anger that at this point I am not even prepared to debate on.
This complete transfer of either the responsibility and the acts of the individual upon his own life, or of the obvious effect of pure chance and accidental circumstances in life, to this supernatural and all-powerful entity feels me with anger, but also with genuine concern- if we are to derive in that direction, we will surely be lost in a herd of individuals with no mind and absolutely no will.
Los viajeros.
marzo 17, 2009
(Una enfermedad me ha retenido en Calcuta. Por desgracia no he podido volar a Birmania, donde la cobertura sanitaria es casi inexistente. No aguanto más esta ciudad, pero me toca recuperarme para seguir viaje. De ahí que siga escribiendo).
Casi lo mejor de viajar es el toparse con los personajes alucinantes que han liado el petate para venir a estas tierras. Muchos, por el mero hecho de haberlo hecho, son ya distintos de lo que uno habitualmente se encuentra en su entorno, y es un placer poder hablar con ellos largo y tendido.Son los viajeros de verdad, los que se mezclan con los indios y aprenden su idioma, y no circunscriben su campo de acción a los cafés para turistas.
El último hallazgo ha sido Elie, un suizo atípico, viajero permanente, que vive de forma espartana y recorre el mundo quedándose colgado en los sitios durante meses. Yo por desgracia lo conocí demasiado tarde, a través de Cristina y Amapola, dos chicas de Madrid que se han convertido en mis compañeras calcuteñas. Elie es como una enciclopedia de viaje ambulante, pero da la sensación de ser alguien que se dedica simplemente a dejar pasar las horas sin hacer nada más que no sea sentarse en las azoteas a fumar, hasta que se ahonda en el personaje y se descubren su cultura y su talante crítico, inconformista, peleón, y todas las cosas que va haciendo por el camino.
Se fue ayer a Nepal. Era discreto y jamás hablaba de sí mismo. Sólo dijo en alguna ocasión “durante una época escalaba mucho”. También contó la historia de cómo lo dieron por muerto durante un viaje por Afganistan hace unos años, pero no supimos quién era realmente hasta que ayer Amapola y Cristina metieron su nombre en Google y salieron un montón de noticias relativas a su supuesta muerte, luego desmentida, y a sus numerosísimos logros en escalada (ochomiles incluídos), fotos en portadas de revistas especializadas en alpinismo, publicaciones de sus propias fotografías de viajes.
Un personaje fascinante cuya mayor fascinación fue la de no revelar absolutamente nada.
Y yo no revelaré su apellido por no traicionar su discreción.
El discursito occidental.
marzo 15, 2009
Una vez más, el discurso occidental del “respeto”. Entra una pareja al hotel, y la conversación, como tantas veces, deriva en esa dirección. La gente elige cerrar los ojos y volver la vista ante realidades clamorosas en nombre de nociones que no son siquiera capaces de comprender. El ”Tienes que respetar que las mujeres indias no puedan salir a la calle, es su cultura”, que me suelta el componente masculino de la pareja sin pensar, es lo mismo que que nos pidan que respetemos la ablacion de clítoris en Somalia porque forma parte de “su cultura”. Qué nocion tan borrosa, esa de la cultura, como si no fuera más que el producto arbitrario de una idea casual, de una ideología construída al servicio de los intereses de poder de un momento. Nos gusta revestirla de un sentido sacro para justificar la violación de derechos fundamentales, para poder cerrar los ojos ante realidades que nos son incómodas.
Dejemos que lapiden a las mujeres en Afganistán por ser infieles: forma parte de su cultura. Permitamos que en Sudán se condene a los homosexuales a pena de muerte o se les corten los organos genitales: forma parte de su cultura. Dejemos que en La India maten a las niñas por el mero hecho de serlo, que en Arabia Saudí se le corte la mano a un ladrón. La lista es interminable.
El señorito occidental reclama el respeto a la cultura ajena mientras, en pleno derecho de SUS libertades, ejercita la promiscuidad y el derecho al voto en su país, y se viene aquí seis meses al año para vivir como un rajá por dos duros. Clama que le encantaría quedarse a vivir en La India mientras le sacan brillo a sus zapatos por diez céntimos y se zampa un pincho de tortilla española en el corazón del barrio de los turistas, rodeado de los occidentales con los que comparte su tiempo. No vive en La india, sino en su ghetto plagado de gente que entiende sus códigos y goza de los mismos lujos; no duraría -no duraríamos- ni dos meses seguidos en La India real.
Todos pecamos de hipocresía, pero al menos habría que poder exigir un mínimo de autocrítica.
Qué agotamiento.
Kolkata.
marzo 11, 2009
Here I am, in the big city, among the loudness and the intense pollution that is Kolkata. I’m pretty sure that simply breathing here must be the equivalent, per day, as smoking a whole pack of cigarettes. I got here after stopping for a couple of days in Bodhgaya, a Buddhist city that I had pictured as paradise and that turned out to be completely worthless. I still haven’t learned to live without expectations, which inevitably leads to disappointments of all sorts…
I was told in the travel agencies in Bodhgaya that there were no train tickets to Kolkata for the following four days, but because I’ve learned that 95% of the stuff that is told to tourists in this country is a lie, and because there was simply no way I was going to stay there for so long, I resolved to go to the station directly and arrived at 7pm. No one who hasn’t been to an Indian railway station before can imagine what sort of a sight it is, with hundreds of people spending the night on the floor everywhere. The noise and the smell are intense, as they always are in India. The floors are covered in fabrics and people, some eating, some sleeping, others just chatting- it’s like an immense moving human carpet.
I was determined to leave that same night, and went directly to the man in charge of the tourist office, who straight away told me it would be extremely difficult to get a ticket for that eveningt, but in the kindest, most helpful tone he also added: “But I might be able to do something for you”, and he left and returned after a while to tell me that he had found the one ticket that was left available for that night, that the train was leaving at 4am, and that the price of the ticket in 3AC class was of eleven hundred rupees. “Give me the money”, he said, “and I will bring you the ticket”. I stood up, told him I would think about it, and left in rage, as every time I’m swindled with such nerve- I knew that a ticket of that sort normally costs about five hundred rupees, and besides it was ridiculous to believe there was only one ticket left, with the tens of trains that leave in the direction of Kolkata from Gaya.
So I went to the ticket officer, told him my story, and in half an hour he had a ticket for me, in the same class, for a third of the price, and with a train leaving at 11pm. All was good, but as it most of the time happens there was a delay of hours, and I didn’t leave the platform until 2am, when finally the train arrived. I spent those six hours being stared at, as I was the only westerner around. One never gets used to being stared at in such an indiscreet way.
Once in Kolkata I felt pretty lost and lonely; it always happens on arrival to one of these big monsters, until you find a place to sleep and your own way around the streets. I went for a walk and a guy kept following me, so I approached a couple of western girls to make him leave. We started chatting and it turned out that they were French (this country is flooded with them- they are great travelers, the French) and spending a couple of weeks in Kolkata doing some volunteering work, which is exactly what I came here for.
In vain, I had tried to find a lay NGO through different sources, but the information and contact details were incomplete or I didn’t receive any replies. I was resolved to not join Mother Theresa’s organization on basic moral principles, but it’s exactly what I had to do in the end because it was the only thing I found. I decided to swallow my principles and focus on the work.
I have enrolled on a one week job at a women’s hospital. The job starts at 7am with some breakfast before heading to the place, and the duties include washing -by hand of course- the patient’s clothes and bed sheets, cleaning and making the beds, spending some time with the women, feeding them, washing the dishes.
There are all sorts of women in this home: some are terminally ill, some have leprosy, some are blind, some have had their eyes taken out by their husbands, others have been burnt, others are mad, and all of them have been abandoned by their families. What they need, even more than living in a clean and organised space, is lots of love. They adore, for instance, to have some cream put on them with a little massage, to have their nails painted, to hold hands, to be caressed- they are in desperate need of physical contact, and even if it’s sometimes hard to give it, due to the abnormal appearance of some of them, it’s what I mostly try to give them. Sometimes, you just want to cry, but one has to do it behind closed doors because these people have enough suffering in their lives and what should be given to them is a big smile.
I know all this may sound cheesy, but it’s just facts. And I’m no heroine, because it’s very easy to give oneself like that when one knows that a clean bed is waiting for you at the other end of the world. I am also doing this and at the same time dealing with all the moral pruritus I have associated with voluntary work, which I don’t totally believe in. I do believe that these are jobs that should be given to locals, specially in a country like India, with so many jobless people. I don’t like, either, how the nuns manage their places: there is a total lack of pedagogy, and the patients are basically treated like little animals that are confined to a space. And because they are women, they are not even allowed to go out in the sun (the men, on the other side of the building, are out all day). All the hard work relies on the hordes of volunteers from all around the world that come to help out. If we didn’t do all the hard work; what would these nuns do? And all the love that is given comes from the volunteers too. The nuns hardly ever smile to them. It’s hard to see and hard to assume such a situation, it’s washing the conscience of the West whilst the country relies exceptionally on it.
The volunteers are generally naive and uncritical- it doesn’t cross their minds to question the system. I have only bumped into two other girls, from Madrid too, with my same views. We were thinking of publishing something related to this, something which helped to arouse criticism among these pious volunteers.
I am also scared of this scary religious revival in the heart of the 21st Century- everyone goes to mass except us three.
This is all for now. No pictures this time, for obvious reason.
Ciao,
Gara.
Varanasi.
marzo 7, 2009
Tuve la suerte de hacer el viaje de Khajuraho a Varanasi en coche. Nos juntamos seis, y la cosa salió al mismo precio que un infame viaje de autobús más otro de tren, y en su lugar nos comimos poco más de nueve horas de coche que a estas alturas son como un soplo.

Llegamos sin sitio donde dormir, como he acostumbrado a hacer a lo largo de todo el viaje, lo que pasa es que en un lugar como Varanasi -que se cuenta entre las ciudades más peligrosas de La India y en la que, según dicen las noticias, operan las mafias y desaparecen un par de turistas cada trimestre- no fue lo más recomendable. Había sitios muy cutres o demasiado caros, así que resolví dejar a mis compañeros de viaje con el asunto resuelto, e intentar encontrar algo mejor con la mochila a la espalda.

Una tipiquísima calle India. Falta el ruido.
Lo normal es encontrar un sitio al cabo de media hora, pero no fue el caso. Varanasi es grande, y cuando me dí cuenta de que sería difícil abarcarla andando cogí un rickshaw. Pero me tuve que bajar porque una caravana de boda paraba el tráfico de la calle principal y era imposible avanzar. Hacía muchísimo calor, y me metí en varios sitios o terroríficos o llenos, pero siempre con la certeza de que encontraría algo mejor al cabo de no mucho. No fue así; después de unas diez visitas, ya muy de noche y con la mochila pesando demasiado, estaba a punto de meterme en un hotel y tirar demasiadas rupias a la basura cuando se me acercaron dos chicos con buena pinta que me preguntaron si andaba buscando alojamiento. Ya no confío en nadie, y menos en dos tipos que a las tantas de la noche me conducían por callejones oscuros sin un alma a la vista, pero su ánimo de ayudar parecía genuíno y los seguí. Les pasó lo mismo que a mí: que me llevaban a sitios en los que pensaban que habría lugar, pero nada. Se celebraba un festival religioso de no sé qué (siempre hay alguno), y aquello estaba atestado de indios hacinados en los cuartos. Al cabo de mucho rato y mucho caminar (y mucho darle vueltas a la potencialmente peligrosa situación en mi cabeza), llegamos a una pensión hiper cutre. El dueño era un tipo repulsivo, de los que hablan con el mentón adelantado y la cabeza hacia arriba para que no se les caiga todo el paan que llevan en la boca (lo hacen muchos, y yo cuando me hablan en ese plan me tengo que largar porque no lo soporto). Me enseñó un cuarto potroñoso y me pidió tres veces más de lo que valía, pero para ese entonces yo ya no tenía más opción que quedarme porque volver a la calle era impensable. Le dí un billete de quinientas rupias y tenía que devolverme doscientas, pero se lo quedó y me dijo: “Me lo quedo, por dos noches”. Le dije que ni en broma me iba a forzar a quedarme dos noches, y que ya vería lo que decidía por la mañana, y el tipo se largó con el billete en la mano diciendo que iba a por el cambio. Lo oí salir a la calle y cerrar la puerta de entrada. A todo esto, los dos chicos que me habían ayudado, que de verdad fueron amables, ya se habían ido a su casa, y a la vista de que el tipo no regresaba con el dinero resolví asomarme a la calle a ver qué pasaba, pero no pude abrir la puerta. “Ya está”, me dije, “he caído como una imbécil en una ratonera, y ahora va a volver este bestia con dos tipos más y van a hacer conmigo lo que quieran”. Lo pensaba de verdad, hasta que al cabo de un rato volvió el ogro con el dinero, que me entregó de muy mala manera, y yo me encerré en esa cueva demencial que apestaba a humedad y a ratones para intentar dormir.

Niños haciendo meditación durante la puja (ceremonia) de la mañana.
Pero no oía a nadie en la casa, lo que me hacía pensar que no podía, de modo alguno, ser una pensión, y el misterio de la puerta cerrada no estaba ni mucho menos resuelto. Al rato lo oí hablando con otro en el pasillo, pero los pasos se alejaron y todo se quedó en silencio. Me acosté con la navaja abierta a mi lado, pero entre el temor y el olor me fue imposible dormir hasta las cuatro de la mañana o así, y a las seis me levanté y salí de allí feliz de ver la luz del día. La puerta, por fortuna, sí estaba abierta entonces. Fue una aventurita ideal, verdaderamente.
Me reencontré con Eva, Sébastien y Pepe, que habían pasado mucha mejor noche que yo en sus respectivos hostales. Eva, preocupada, había tenido el detallazo de hacerme una reserva en otro hostal para esa misma noche, y allí dejé el macuto antes de salir a ver Varanasi.
Para los que no lo sepan, Varanasi es la ciudad sagrada más importante de toda La India. Todos los hindús quieren ir a morir allí porque es, según sus creencias, el único lugar en el que uno puede acceder a la moksha, la liberación del eterno ciclo de vida y muerte. Todo gira en torno al Ganges y a los ghats, y hay gente bañándose en ese agua séptica a todas horas del día. No sólo hindús, sino también muchos occidentales místicos que mantendrán que todo está en la mente hasta el mismísimo día en que les salga un champiñón en la entrepierna por haberse metido en ese horror.

A los muertos se les lleva a Varanasi a quemarlos o a tirarlos al río con una piedra atada. Las embarazadas, niños y enfermos no tienen derecho a la pira y se les tira muertecitos, sin más, al agua. La madera es cara y no todo el mundo puede permitírsela, así que a algunos sólo se les quema hasta la mitad y después se les echa también al Ganges. Todo esto sucede ante los ojos de quien quiera verlo, yo entre ellos, pero fui una vez y ya no fui más porque aunque tengo mucho estómago la conciencia se me revolvía demasiado.
Ante ti tienes las hogueras con el muerto encima, y se ve el proceso entero desde que llevan al muerto al río para remojarlo en el agua sagrada antes de la quema, hasta que se le coloca en la pira y la ropa empieza a quemarse, y el fuego llega a la piel y más tarde a los huesos. Las extremidades se desprenden a la altura de las articulaciones, y la escena más terrorífica que recuerdo tuvo lugar cuando un tipo de los que trabajan alrededor de los fuegos agarró de pronto un palo con el que levantó algo que estaba en el suelo. Eran las piernas del muerto, que se habían desprendido, y que levantó por los pies para ponerlas encima del cuerpo.

Alrededor de las hogueras sólo hay hombres, porque a las mujeres no se les permite presenciar la ceremonia, no sea que con sus lloros el muerto quiera quedarse, impidiendo así el natural proceso del paso a la muerte. Hay también tipos que revuelven el agua llena de muertos y de cenizas buscando el oro que se les pueda haber caído, y ésta es una visión repugnante, las piernas metidas en esa putrefacción negra.
A los que no tienen la suerte de ser quemados, se les tira en cualquier lugar del río, y como en ésta época está medio vacío, los que acceden en barca al otro lado -que se convierte durante muchos meses en un desierto arenoso que afortunadamente no veía con detalle desde el otro lado- se encuentran con algunos cuerpos descompuestos tirados por ahí. Otros cadáveres pierden eventualmente la piedra que llevan atada, y flotan hasta la superficie entre las barcas llenas de turistas. Yo por fortuna no presencié ninguno de estos espectáculos, pero Alicia (de la que hablo abajo), tiene fotos de un cuervo picoteando uno de estos cuerpos tumefactos.

Las callejuelas de la parte central de Varanasi son estrechas y huelen mucho a podrido. A veces hay que quedarse parado esperando a que la vaca de turno, que cierra el pasaje, se mueva para continuar caminando. India, que sin duda es el país de los contrastes, te echa encima el olor a mierda más penetrante, para a la vuelta de la esquina llenarte la nariz de un agua de rosas sutil y maravillosa. Y todo es así: desde los olores a la gente, a los sonidos, a la vida en un lado y la muerte en el otro, y es sorprendente y agotador.