Camboya.
abril 17, 2009
Hola:
Aquí estoy, bajo el sol abrasador de la época más calurosa del año en Camboya. Vine desde Bangkok con un chico al que conocí en el hostal en el que me estaba alojando: mi tercer compañero de viaje estadounidense, y de nuevo todo un hallazgo. Tiene que ser que el pequeñísimo porcentaje de ellos que tienen pasaporte, y que se aventuran a viajar solos por el mundo, son de una pasta especial, como lo eran también Jennifer y Ryan. Greg tiene también el empaque intelectual, la ironía, y la rapidez mental que tenía Ryan, y ha sido un placer viajar juntos y mantener larguísimos debates en las largas veladas camboyanas. Es un tipo extraño, desconcertante a veces, con muchísimas capas inesperadas, graciosísimo.
Empezamos el viaje en Phnom Penh, la capital, donde pasamos cuatro días explorando la loca ciudad, polvorienta y pegajosa. Yo seguía, y sigo, con repetidos episodios amébicos, así que mi espíritu viajero estaba mermado, pero aún así hicimos mil cosas: pateamos la ciudad, visitamos a los niños que viven en los vertederos para llevarles fruta y jugar con ellos un rato, y recorrimos los episodios oscuros de la Historia de Camboya en los Campos de Exterminio y el Museo del Genocidio, la espantosa herencia dejada por Pol Pot. Cuando el caos y el polvo de la capital ya hacían mella, nos cogimos un autobús al mar, y empezamos a atravesar unos campos verdes maravillosos que veíamos como si fuéramos caminando, porque la velocidad media del autobús era de treintaycinco kilómetros por hora. Habíamos pensado acabar en un lugar llamado Kampot, pero como siempre sucede en estos viajes, los encuentros azarosos deciden el recorrido y la forma del periplo, y nos sentamos detrás de un belga que nos dijo que más bonito era Kep, y que él tenía unos bungalows a diez dólares la noche, así que allí nos bajamos.
Y sí, era el paraíso. Seguro, uno de los lugares más preciosos que he visto hasta la fecha: unas montañas cubiertas de jungla tropical, campos de arroz, casas de pescadores, el mar, y un montón de hotelitos apetecibles, diseñados para turistas. Pasamos cuatro días de relax que hubiera disfrutado más si hubiera estado sana, pero tuve picos de fiebre y el consabido alboroto estomacal. Me ha resultado curioso observar como el estado de mi salud determinaba a cada momento mi estado psicológico, y como mi espíritu viajero se excitaba o desaparecía dependiendo del estado corporal del día. Estas malditas amebas son resistentes y prometen estar en mi organismo durante un tiempo, así que he decidido acostumbrarme a su presencia, y Greg se dirige a mí en plural, incluyendo a los colonizadores que me habitan. ;)
De Kep volvimos a Phnom Penh para hacer una escala de una noche. Yo tenía mono de un buen plato de pasta, que hacía meses que no degustaba, y acabamos en un italiano minúsculo donde disfruté de unos linguine cocidos al dente, perfectos, que me llenaron de un curioso e inmediato placer después de mucho tiempo de arroces blancos insípidos y dieta blanda. Suelo despotricar contra los que recurren a su cocina cuando viajan, porque insisto en que la gastronomía de cada país es una parte de la cultura tan importante como sus lugares históricos o su gente, pero he descubierto que cuando se viaja durante tanto tiempo es a veces reconfortante el volver a sabores conocidos, como si el cuerpo los reconociera y asimilara mejor. El otro día acabamos tomando una mousse de chocolate en un chiringuito regentado por un francés sesentón, que tenía los dientes negros y estaba borracho perdido a las tres de la tarde, y que servía foie gras y rillettes de canard en plena Camboya, mientras ponía jazz a todo volúmen para amenizar a sus comensales, fascinados ante el espectáculo de este hombre peculiar.
Siem Reap, donde estoy ahora, era mi anhelado destino por la misma razón que empuja a todos los viajeros que venimos aquí: los templos de Angkor Wat. Pero una vez más, el tener demasiadas expectativas lleva inevitablemente a una cierta decepción. Y aclaro: no es que los templos sean decepcionantes; son impresionantes, y alucina esa extensión inmensa, abarcable sólo si se recorre en tuc-tuc (rickshaw para los indios), plagada de templos invadidos por la naturaleza. Lo que ocurre es que se habla de Angkor Wat como de la Meca en lo que a arquitectura templaria se refiere, y cuando se ha recorrido La India y se han visto lugares como Hampi, u Orchha, o el fuerte de Jodhpur, o tantas otras cosas, no impresiona. Impresiona menos también porque está más organizado, y hay autobuses llenos de turistas en las entradas de los templos, en lugar de montañas de indios tirados al sol o gritándote cosas. No es que eche de menos ese caos, en absoluto, pero hubiera querido que Angkor Wat, y sobre todo Siem reap, se parecieran menos a un parque temático. La ciudad es casi de cartón-piedra, hecha tan sólo de hoteles y restaurantes para occidentales, y da la sensación de que apenas viven ya camboyanos en ella, pero en cuanto uno se adentra en las zonas rurales (uno de los viajes a un templo remoto, a dos horas de aquí, fue un placer por poder ver el campo interminable y las casas de madera tradicionales, elevadas sobre pilares para que no se las coma la humedad), el paisaje social cambia y ya sí se está en el extranjero, muy en el extranjero, que sí, todavía existe fuera del mundo occidental aunque quizás por poco tiempo.
Y mañana a Tailandia. Creo que reduciré la ya reducida labor de crónica; me encuentro poco inspirada, pero intentaré al menos colgar fotos y dar cuenta de por dónde continúan mis pasos.
Os mando un beso muy fuerte,
Gara.
P.S: El calor es de otro mundo: cinco litros de agua diarios, y la ropa pegada al cuerpo, empapada, todo el día. Nunca he sudado más. No mejora por la noche. Tenemos aire acondicionado en la habitación, o dormir sería imposible.

Haciendo cola para comida gratis./ Queuing up for free food.

Greg con los niños del vertedero./ Greg with the kids of the slum.

El legado de los khmeres rojos./ The khmer rouge legacy.

Una celda de tortura./ Torture cell.

En el campo, con dos hermanos./ At the countryside, with some kids.

Hemos visto unas tormentas tropicales bestiales./ We saw some amazing tropical storms.

Kep tropical./ Tropical Kep.

Idílico mar. / Idyllic seaside.

Paz./ Peace.

Mercado de pescadores./ Fishermen market.

Angkor Wat.


Relieve./ Relief.

Un templo./ A temple.

Desde una colina./ From a hill.
abril 17, 2009 a las 10:10 am
Al francés de los dientes negros me lo imagino como un personaje dibujado por <a href=”http://3.bp.blogspot.com/_sRckAjHOyuQ/RwAo0I3wrWI/AAAAAAAAAag/LhvSaJofl_0/s400/quentinblake.jpg”Quentin Blake.
abril 17, 2009 a las 10:12 am
Bueno, me ha salido mal el enlace, pero una se tiene que ir puliendo, ja, ja, ja.
Qué viaje tan bonito.
abril 17, 2009 a las 10:34 am
HampiHampiHampiHampaaaaay!
Well getting one word is better than nothing. I believe I’m beginning to master Spanish…
no sleepin. no sleepin.
people come.
abril 18, 2009 a las 4:02 pm
Me gusta tu foto con los dos niños…
Un besazo,
abril 19, 2009 a las 3:24 am
Ay, cómo me gusta Quentin Blake.
Sí, es una idea bastante próxima a la realidad.
Besazos.
abril 19, 2009 a las 3:25 am
XDD
abril 28, 2009 a las 7:57 pm
¡Buenas!, te quedarás con la duda de quién soy, y por si lo habías meditado: sí, soy tu prima (esa de Cádiz…). Lo creas o no, soy una de esas lectoras silenciosas que hoy se ha decidido a escribirte. Me alegra ver cómo te va el viaje, y más que alegrarme, ¡me da envidia!, aunque este verano tengo previsto un viaje parecido por Europa.
Espero que te siga yendo genial y sigas poniendo esas fotos tan increíbles.
Un abrazo,
Blanca.
mayo 2, 2009 a las 11:10 am
¡Hombre, Blanca! Me alegra mucho que al menos uno de mis lectores silenciosos se pronuncie al fin.
Ya me queda poco tiempo por esta parte del mundo, así que hay que aprovechar al máximo lo que queda.
Un beso,
Gara.
mayo 4, 2009 a las 3:49 pm
Finally, up to date. It’s taken me much more than expected, but…
Expect some sort of long email in the following days.
xo,
J.-
mayo 8, 2009 a las 5:49 am
Looking forward to that one, then.
Xxx,
G.