Tokyo.
mayo 17, 2009
No sé bien por dónde empezar. Tampoco sabía qué esperar de la ciudad, salvo un festival de placeres para el paladar, como efectivamente fue el caso. Lo más llamativo de haber acabado con Tokyo, creo, es que sin darme casi cuenta he hecho un viaje desde el subdesarrollo al desarrollo a través de cinco países distintos, y afortunadamente para mi bienestar mental, en ese sentido en lugar de en el contrario.

Desde un rascacielos./ From a skyscraper.
Lo primero que me llamó la atención fue la organización, el orden. En el metro, la gente hace varias colas a lo largo del andén, y respeta los turnos rigurosamente, siempre dejando que los pasajeros que llegan se bajen del vagón antes de entrar ellos. Hubiera sido gracioso hacer ostentación del esperado espíritu latino, y haberme colado para ver la reacción del personal, pero no osé.

Esperando turno./ Waiting for their turn.
Siempre tengo en la cabeza, por hartazgo, el nefasto ejemplo del metro de Londres, con sus precios absurdos, su falta de organización, sus constantes y desesperantes “fallos técnicos” -o fallos de lo que sea para justificar el vergonzoso servicio prestado-, su suciedad, y las permanentes excusas de los británicos para justificar toda esta injustificable amalgama, siendo una de las más utilizadas el que somos demasiados millones de personas en la ciudad como para poder lograr un transporte público eficiente y limpio. Rubish!, diré yo entonces, al más puro estilo inglés; que vayan estos señores al metro de Tokyo y lo vean: impecable, con baños en prácticamente todas las estaciones, siempre puntual, y por una fracción del precio del de Londres. Me gustó el diseño, también. No es ultramoderno, sino que más bien tiene elementos como de era post-industrial: rejillas de acero para las maletas, y tal, que lo hacen encantador.

En el metro./ In the tube.
Y siguiendo con los transportes, los taxis también son toda una experiencia. En una ciudad en la que todo está automatizado, la puerta (la del lado de la acera, siempre) se abre, y uno entra en un coche que, otra vez, parece sacado de otra época: siempre hay tapetes de encaje cubriendo los asientos, y los conductores llevan guantes blancos. Los coches están impolutos. Cuando a la vuelta, de nuevo en Bangkok, me subí en el taxi para ir al hotel, me pareció haber bajado mucho de nivel, y eso que Bangkok me pareció Zurich la primera vez que llegué a ella después de haber estado en La India y Birmania. Todo es relativo, ya sabemos.
Casi lo mejor son las tiendas. Adivino la reacción de algunos, y aunque no veo razón para la justificación, diré que en Tokyo como en ningún sitio antes he constatado que muchas tiendas son mejores que muchos museos, digan lo que digan los falsos progres y moralistas anti-sistema. La cuestión que siempre me perturba es que ésta sociedad nuestra parece reverenciar contenidos que en muchas ocasiones son pura bazofia por el mero hecho de estar enmarcados en un lugar que hemos aprendido a considerar casi sacro: los museos. Proliferan como champiñones en cualquier ciudad de provincias española, que exhibe orgullosa una muestra terrorífica de la horrenda artesanía local o del artista regional del momento. Algunas de las tiendas que he visto en Tokyo tienen más contenido que la Tate Modern. Hala, ahí queda eso. La planta baja de Iseban, sobre todo, exclusivamente dedicada a la comida, deja casi al Food Hall de Harrods a la altura del betún (tampoco es verdad, pero bueno; esto último lo digo enrrabietada para escandalizar un poco).
La comida es maravillosa, claro. De los soba al consabido sashimi, todo fue mejor en cuatro días que en los dos últimos meses, y el último día amanecí a las cinco para ir al mercado de pescados y ver las vociferantes pujas por los inmensos y extintos atunes.

Atunazos./ The massive tunas.

Mejor no hagamos analogías./ Lets not make analogies…
Me encantó la arquitectura, el hormigón visto por doquier, pero de repente un restaurancillo de madera con cortinas a modo de puerta. En uno de esos chiringuitos comí unos soba de escándalo.
Todo en la ciudad estaba muy limpio, y los retretes, aunque feísimos, te lavan el culo estupendamente sin levantarte del sitio, y ahora los echo de menos. Ya sabemos que los japoneses tienen el culo limpio.
Fue fascinante ver los escaparates de los restaurantes con su exhibición de platos de plástico, tan bien hechos que a veces había que acercarse para ver si eran preparaciones reales o no. Quise ir a una tienda en la que los venden, para hacerme con un montón de réplicas de esas y hacer una exposición kitsch, pero no me dio tiempo, qué pena.

Uno de los muchos escaparates llenos de modelos de los platos en plástico, a la entrada de un restaurante./ One of the many displays of the dishes in plastic, at the entrance to a restaurant.

Colegialas./ Schoolgirls.
Seguro que me dejo mil cosas en el tintero, pero otra vez será. Vuelo a Los Madriles esta misma noche: diecisiete horas de aeropuertos y aviones, si es que milagrosamente no hay retrasos, y si no más. La pereza que me da el viajecito es indescriptible.
FIN DEL VIAJE.
Gara.
mayo 19, 2009 a las 9:47 am
Hey Gara – well you survived in (I hope) one piece. Now all you have to do is avoid the swine flu and turn the whole thing into a best-selling travel book and you’re sorted. Respect. Let me know when you’re back in the world. Lx
mayo 19, 2009 a las 2:03 pm
As a mere Canadian songsmith with very little Spanish I am reduced to Babelfish in an attempt to decipher… success is to say the least mixed. Here below a sample from ‘Tokyo’ ;)
“Everything in the city was very clean, and the toilets, although feísimos, they wonderfully
wash the ass to you without levantarte of the site, and I miss now them.
We already know that the Japaneses have the clean ass.”
;);) we do indeed.
mayo 19, 2009 a las 7:20 pm
XDDDDD