(II) Pobre paladar.
agosto 18, 2009
Lo que me hace empezar a escribir esto es un anuncio que vi en la tele, pero podría ser casi cualquier otro ejemplo de la nefasta educación que reciben los niños de hoy, que es algo que constituye una de mis más (de tantas) recurrentes obsesiones. Que la decadencia de nuestra sociedad es imparable precisamente por esto, por la falta de educación, es por otra parte una obviedad clamorosa.
En sólo este anuncio pueden encontrarse varios de los males que nos aquejan, a saber: que todo acto, incluso el de comer, debe ser divertido; que cocinar debe ser fácil y rápido y sin ningún tipo de elaboración; que los sabores deben estar adulterados para que los niños puedan disfrutarlos. Aquí no se ve, pero en el anuncio de la tele el niñito de rigor riega la repugnante hamburguesa con ketchup, algo casi tan horrendo como esa deleznable costumbre de añadir limón al pescado antes de comerlo, que es sin duda el pecado gastronómico por antonomasia y la marca definitiva de alguien que no sabe comer.
A la pobre comida le ha tocado sufrir lo peor de lo que estamos haciendo con todo lo que es susceptible de ser a la par artículo básico de consumo y bien cultural, y así en un lado del espectro proliferan los restaurantes modernitos con ínfulas de templo gastronómico -en los que con cartas y presentaciones enrevesadas se trata de tapar unos platos huecos, sin enterarse de que las complicaciones son sólo para los que saben ya mucho- , y en el otro estos productos de sabores infantilizados, que tratan a los niños como si fueran ineptos sin capacidad para desarrollar un paladar decente, y a los adultos como los paladares perdidos que ya son.
Como no se puede vivir sin comer, aún pervive la noción de que la gastronomía es una disciplina menor, y uno continúa siendo un snob si pretende algo más allá de llenarse el estómago con lo primero que pille. Ah, ¡pero me defiendo ya de las posibles críticas encaminadas a hacerme notar que el refinamiento en estas lides es un lujo! Evidentemente, no pretendo hacer el concepto extensible a los países en los que llenarse el estómago es una necesidad de primer orden. Me permito recordaros que es tanto lujo como el entregarse al aprendizaje de la música, o a la lectura, o a la meditación (y me doy cuenta, muy a mi pesar, de que con estas innecesarias explicaciones caigo en otra de las trampas de moda, así que mejor lo dejo aquí).
Qué ofensa, asumir en nombre de nuestros hijos que van a ser incapaces de aprender a apreciar la infinidad de sutilezas que rodean a los sabores, y en pos de nuestra comodidad alimentarlos con las cuatro cosas que se suponen aptas, negándoles sin saberlo al acceso a un universo de placer que, como tantos otros, no conocerán sin disciplina. Pero es que hoy está muy mal visto educar.
Y los menús infantiles deberían estar prohibidos.
Lo que es.
agosto 15, 2009
El uso de la muletilla de moda, Lo que es, de la que ya he hablado en alguna otra ocasión, ha alcanzado ya niveles que por excesivos rozan lo grotesco. El otro día tuve la oportunidad de escuchar la frase que hasta ahora ocupa la primera posición en el podio de su perversión, y que ejemplifica los límites de hasta donde se ha llegado para meter la coletilla de marras en la frase que sea. Se la dijo una señora a la dependienta de una farmacia en la que hacía yo cola, y la transcribo aquí para que podáis disfrutar todos de semejante hito lingüístico: “Lo vio con lo que es bastante más fiebre de lo normal, y se lo llevó a lo que es el hospital”.
¿No es impresionante?
Notad que, como siempre, la frase conservaría su sentido si se prescindiera de la muletilla, pero al personal le encanta meterla aquí y allá para convencerse de que su discurso es más elaborado y acaso más culto, porque tiene más palabras y -creen ellos- más precisión y rimbombancia. Ejemplos de cómo se usa los hay a montones, y pueden recogerse cualquier día de cualquier conversación. Véanse los que siguen, que son reales: “Pinté lo que es el techo”, “Póngaselo en lo que es el brazo”, “Busco lo que es un vaquero”. Y ya puestos, podríamos inventarnos muchos más para darle una vuelta de tuerca al asunto y divertirnos un poco: “Soy lo que es profesora”, “Te presento a lo que es mi madre”, “Llámame a lo que son las seis”, “Quedamos en lo que es mi portal”.
Pero para continuar más en serio con esto y seguir contribuyendo a la imparable proliferación de tan bonito adorno, propongo que en los menús de los restaurantes de postín, en los que tan de moda se puso la redacción de las cartas a modo de “Nuestra ensalada de brotes tiernos con infusión de balsámico”, o “Nuestros quesos del país con gelée de manzana”, se cambien los posesivos por la mucho más moderna fórmula del Lo que es, y así entretengamos al paladar con un repertorio semejante a este:
Primeros.
Lo que es el jamón ibérico.
Lo que son las croquetas de merluza de pincho.
Lo que viene siendo (esta es otra preciosa variante que también se utiliza) el ajoblanco con pasas de Corinto.
Segundos.
Lo que es la lasagna vegetariana de calabaza y espinacas.
Lo que son las mollejas de cordero flambeadas con lo que viene siendo una reducción de Pedro Ximenez.
Lo que es el la lubina salvaje con patatas a lo pobre.
Postres.
Lo que es el flan casero.
Lo que viene siendo la tarta fina de manzana.
Lo que es el tiramisú casero con reducción de frutos del bosque (¿o de lo que son los frutos del bosque, o con frutos de lo que es el bosque?).
(Nótese que lo que son el café y el pan no están incluídos en el precio).
Losses.
agosto 8, 2009
I was overhearing a conversation today about shame; not about the kind of shame which would make someone want to run away from everything, but of the subtle kind that presses the button of the automated actions and leads to the repression of feelings and acts. I thought long after this, because it made me see, once again, how a person is never free until he is able to brush off whatever ideas are keeping him away from doing what he wants, and how crossing or not crossing that line (the line of shame, that is, or the line of freedom) can determine one’s entire future.
One day we wake up knowing that the presences which used to sooth us are gone for good. It’s a process and it happens gradually, but the emptiness that comes with it is almost sudden, and one has to learn to coexist with the void without losing any more dignity. This is not only about the loss that comes after a death or after parting from someone- sometimes it only happens inside us, that fracture, without us even wanting it, because we can love or cease to love in a split second. We are only then left with the numbness, and with the certainty of owing only to intensity that paradoxical reaction which consists of the loss of one’s outer universe to only magnify the inner one until it’s unbearable.
Certainties can also appear very distinctly when most unexpected, and I was faced with one recently among the waves of my favourite sea, where I understood that when one learns about the fragility of feelings, or when one has been confronted with the abyss of void, there is no possible way, no moral way almost, in which one can demand anything from anyone anymore, because the value of what we do or what we say is dilluted forever.
But we can at least choose to be free. Or closer to it.