Los nuevos padres.

noviembre 22, 2009

Como estoy de vuelta en mi país de adopción, vuelvo a mi lengua materna para esto del blog, que he tenido abandonado durante las semanas de reaclimatación al medio británico. Y aclimatada estoy sin duda, porque doy sorbos de una taza de té mientras tecleo escuchando el sonido de la lluvia contra el tejado (no llevo un traje de tweed y me he duchado esta mañana, pero por lo demás parece todo muy inglés).

Pero no iba a escribir sobre la climatología inglesa, que ya demasiado se habla de ella aquí, sino sobre otro tema igualmente popular pero quizás más universal, que es el de los padres noveles, cuyos churumbeles no dejan de escandalizarme con sus maneras menos que rudimentarias y su espeluznante falta de educación. Pasa aquí igual que pasa en España, o en Francia, o en cualquier país del primer mundo en el que se haya disfrutado de una prosperidad económica que haya propiciado el paso a este nuevo modelo educativo basado en la falta de disciplina y la sobre-permisividad.

Sé que está muy mal visto el que una persona sin hijos opine de cómo debería ser la educación de los niños -como si la experiencia directa fuera la única baza para poder valorar algo con cierta autoridad-, pero sin sentirlo, no voy a doblegarme ante los que pretendan que siga esa línea, en ningún frente.

Ejemplos de mala educación entre las nuevas generaciones hay a miles, por desgracia, pero lo que a mí más me llama la atención de todo el embrollo son dos cosas: la tiranía ejercida por los hijos contra los padres desde que son micos de cuna y papilla, y la noción de que educar a un niño es la tarea más difícil del mundo, hasta el punto de ser descrita como una verdadera heroicidad por padres que sólo parecen querer quejarse de las dificultades de tener un hijo. Lo siento, pero no me parece que el lograr inculcar ciertas normas y algunos valores muy básicos sea como para ponerse una corona de laureles, pero a estas cosas hemos llegado.

Este verano paseaba por Miraflores de la Sierra durante las fiestas del pueblo. Un niño estaba sentado en una plaza terminando una bolsa de papas fritas, que tiró al suelo nada más liquidarla. Yo pasaba por ahí en ese momento, y la bolsa cayó a mis pies. Le dije que hiciera el favor de recogerla y de tirarla en una papelera, a lo que su padre, sentadito a su lado, me replicó: “Recógela tú”. Ponerse a discutir sobre educación con un individuo semejante hubiera sido una pérdida de tiempo además de un probable riesgo para mi integridad física, así que a mi pesar no me molesté más que en hervir inútilmente de furor por dentro.

Y el otro día, en casa de una conocida, su hija de cuatro años le pidió a su abnegada madre que le cocinara unas salchichas a las diez de la noche, porque tenía hambre después de que no le hubiera dado la gana de comerse el menú de las siete (diferente, por supuesto, y mucho más alejado de sus caprichosas apetencias culinarias), y la madre ni corta ni perezosa le preparó la cenita a la carta sin el menor asomo de resignación, ante mi mirada estupefacta.

A menudo los padres hablan de este tipo de actitudes por parte de sus retoños con orgullo, como si fueran producto de una arrolladora personalidad en lugar de una nefasta educación. “No sabes las luchas que tengo con esta niña por las mañanas; se niega a ponerse la ropa que le elijo yo”. Esta frase, con sus mil variantes, es una de mis favoritas, porque se toma como muestra de una marcada (y por ello atractiva) personalidad, en lugar de verse como debiera: como una tiranía absurda y fuera de lugar en cualquier mocoso. A los dieciséis, supongo yo, estos niños que diez años antes recibían como regalo un iPod por haberse portado bien (concepto que hoy en día equivale, por ejemplo, a no haber montado el pollo en un lugar público cuando se aburrían), les pondrán la navaja en el cuello a sus progenitores exigiendo un aumento de la paga semanal equivalente a lo que yo gano en medio mes. He presenciado conversaciones sangrantes, en las que se me ha revelado que un adolescente (incluyo a los veinteañeros en esta nueva dilatada etapa, por supuesto) cobraba lo mismo o más que yo en mis primeros trabajos por cumplir con su obligación de aprobar, y de paso rascarse las pelotas en su tiempo libre.

Teorías de psicólogos y educadores de todo tipo acerca de los males y las bonanzas de esta nueva educación permisiva, o no-educación, hay a montones en los libros sobre pedagogía de cualquier librería mediana, y los hay -¡optimistas ellos!- que sostienen que a la larga el resultado no será tan aterrador como a primera vista pudiera parecer. No puedo estar de acuerdo: la gran mayoría de niños y adolescentes con los que me toca tratar suelen coincidir, turbadoramente, en varias cualidades: el egocentrismo absoluto, la falta de generosidad desinteresada, y una muy llamativa falta de compasión que se traduce en una frialdad chocante a la hora de opinar sobre males ajenos.

En fin, a mí no puede convencerme nadie de que el que una madre que recoge a su mastuerzo de doce años del colegio cada día, y carga con su pesada mochila mientras le entrega el bocadillo de la merienda a la par que le cede el sitio en el autobús -mientras ella, mochila en mano, permanece de pie-, le esté haciendo ningún bien ni a la sociedad ni a su hijo, que crecerá, salvo que tenga muy buena pasta y mucho cerebro, con todos los visos de convertirse en un individuo de muy poca responsabilidad y aún menos moralidad.

7 comentarios para “Los nuevos padres.”

  1. Bárbara Dijo:

    ¡Ole!

    Mira, copio aquí una frase del último libro de Mendoza. La verdad es que la recordaba un poco más ad hoc, pero ya que me he levantado a buscarla aquí sus la casco:

    {…Ella, a su vez, no se metía con nadie, y menos aún con sus hijos, porque en aquella época, tan represiva en muchos sentidos, los niños todavía no se habían convertido en objeto de análisis y en receptáculo de las proyecciones de los adultos, que se limitaban a fiscalizar la marcah de sus estudios y la estricta rectitud de su comportamiento, dejando el resto de su formación a los curas, a los amigos, a las putas o a quien se la quisiera dar…]

    Bueno, sí que tiene bastante que ver. Habla de los años cincuenta.

  2. Gara. Dijo:

    Hombre, tiene muchísimo que ver, y podría servir como punto de partida a otro post sobre el mismo tema pero tomado desde una perspectiva diferente. Pensé también en escribir sobre cómo los niños parecen haberse convertido no sólo en objeto de admiración y veneración por parte de sus padres, que parecen perder toda aptitud crítica cuando se trata de hablar de sus retoños (y que mucho menos aceptan críticas de un tercero), sino también en depositarios de todas sus ansias de status, e incluso de rivalidades sociales soterradas: “Si el niño de María hace esgrima y cerámica, el nuestro que haga por lo menos ajedrez y acuarela, Fernando, no podemos ser menos”.

    Mientras tanto, en la mesa los mismos niños se comportan como auténticos zafios. Pero eso ya no importa, porque los valores han cambiado y ya sólo interesa el cultivo de aquello que les permita ascender en esta reinventada escala social, formas para el beneficio de una más agradable convivencia aparte.

    En fin.

  3. Bárbara Dijo:

    Qué gráfico es el ejemplo que has puesto, el de la esgrima y la cerámica y las clases de lo que sea, sí. Porque hace unos años esa frase, esa situación, se habría visto sin duda como algo satírico, y de repente ya sólo suena como siniestro.

  4. Gara Dijo:

    Mira, llevo unos minutos sentada frente al teclado tratando de digerirlo y de contestar vehementemente, pero sólo puedo esperar -y eso que soy atea-, que el Señor nos asista.

  5. Jose Luis Perales Dijo:

    ¡GUAAAAAAU! ¡QUÉ FUERTE! Ni Gila.

  6. Gara. Dijo:

    Pero yo no soy humorista, Perales.


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