Prohibido aburrirse.

diciembre 4, 2009

Siempre me ha llamado muchísimo la atención que la gente hable del aburrimiento como una sensación habitual en sus vidas. Si se les despoja de su ocupación ordinaria, que generalmente es el trabajo, parecen quedarse vacíos, sin saber con qué llenar el tiempo. Me ocurre últimamente que como llevo ya casi un año sin currar, la gente me pregunta constantemente si no me aburro, o me sueltan frases del estilo de: “Uf, yo cuando estuve en el paro ocho meses no veía el momento de volver a trabajar”, o “Yo no sabría qué hacer con mi tiempo”.

Sin pretender dármelas de nada, tengo que decir que yo nunca me aburro. Al contrario, cada día me parece que faltan horas para hacer todo lo que me gustaría. ¿Cómo puede alguien aburrirse en este mundo, tan plagado de cosas por descubrir? Incluso aunque uno decidiera emplear el resto de su tiempo sobre este planeta en el estudio de tan solo una cosa, pongamos como ejemplo la enología, no tendría tiempo para poder abarcar el tema y convertirse en el mejor enólogo del mundo, a no ser que estuviera singularmente dotado a priori, sin saberlo, con una maravillosa nariz de oro.

En los últimos tiempos, muy interesada por esta cuestión a raíz de las preguntas que permanentemente se me planteaban, he preguntado a diestro y siniestro, a amigos y conocidos, y a conocidos de conocidos, si les gustaría dejar de trabajar durante el resto de sus días, o que qué harían si de pronto heredaran una suma de dinero tal que les permitiera el retirarse. Sorprendentemente, tal vez haya recibido tan sólo un par de respuestas categóricas, reafirmadas en el placer (¡tiempo, por fin!) de no tener que acudir a un empleo a diario; el resto de las personas admitían no creer poder permanecer demasiado tiempo en ese estado de repentina libertad, y hablaban bien de trabajar de una forma más flexible (con un portátil desde las Bahamas, proponía una), de montar negocios, o de tener que buscarse una ocupación no remunerada (voluntariados, habitualmente) para así poder construir sus vidas alrededor de ella.

El problema central de la mayoría, cuando me daba por indagar más en sus razones, parecía ser la falta de estructura, de rutina. “Necesito tener una rutina para no quedarme en la cama todo el día sin hacer nada” es una respuesta habitual y a mi parecer descorazonadora, que dice muy poco del ansia de curiosidad, de aprender, de los individuos, y mucho de cómo a la gente le gusta estar domesticada.

Hay indudablemente algo intrínsecamente tranquilizador, e incluso dulce, en las rutinas. A mí me encanta levantarme cada mañana y repetir más o menos los mismos ritos, que sin duda me ayudan a sentirme equilibrada. Pero tanto si la rutina es levantarse para salir a correr durante una hora, o hacer gimnasia durante veinte minutos, o bajar al quiosco más cercano a por el periódico y sentarse a desayunar el mismo café con leche de todos los días, con el mismo croissant y en el mismo bar, las rutinas se las puede crear uno mismo y no tienen por qué ser impuestas desde fuera. O sea, que el problema parece radicar en la falta de voluntad y de disciplina, más que en el exceso de tiempo libre.

¿Pero cómo es posible aburrirse con todos los libros que hay por leer, música por escuchar, películas por ver, lugares que explorar, platos que degustar? En estos meses de asueto, no he conocido en ningún momento la sensación de querer volver al trabajo, sino más bien el deseo constante de querer prolongar esta situación hasta el infinito, y si económicamente pudiera permitírmelo sin duda lo haría: no concibo una existencia más plena que aquella que me permitiera el disponer de mi tiempo como yo lo decidiera, y estructurarlo cada día de acuerdo a mi voluntad.

Claro, he mentido antes cuando he dicho que desconozco lo que es el aburrimiento, porque sí hay una cosa que me aburre enormemente, hasta lo indecible, que es precisamente el verme obligada a acudir al mismo lugar cada día, a la misma hora, para realizar casi la misma tarea que el día anterior, y muy probablemente que el posterior y los que le sigan. No es necesariamente el trabajo como tal a lo que me refiero, porque trabajo es también el cuidar de un jardín de cuya evolución disfrutas, o el sentarse cada día en una biblioteca durante unas horas, o el entrenarse para una maratón. El origen del problema está en que la especialización obligada del individuo para poder acceder a un empleo remunerado limita las perspectivas de enriquecerse personalmente en otros campos, fundamentalmente por falta de tiempo, y genera mucha frustración y mucho malestar a quien es capaz de vislumbrar todo lo que este mundo puede dar de sí.

Pensando en todas estas cosas, y a raíz de haber tenido entre las manos mi currículo frente a mí demasiado a menudo últimamente, deseaba poder vivir un Renacimiento modernizado en el que estuviera bien visto hacer de todo un poco. Pero aunque las cosas comienzan a cambiar, las personas seguimos teniendo un valor de mercado que está directamente asociado a la cantidad de experiencia acumulada en tan sólo un campo, en lugar de a la experiencia en general. No puede ser de otro modo desde el momento en que los empleos se sobre-especializan y requieren de unas aptitudes muy concretas, pero yo quisiera diseñar hoy una casa y mañana pasar consulta como psicóloga, y al otro cocinar chipirones encebollados en un restaurante frente al mar, y al siguiente decidir subir el Naranco de Bulnes como entregada montañera. Aunque idealmente, insisto, querría todo el tiempo que me queda de vida a mi entera disposición para poder dedicarme a esas mismas disciplinas sin tener que tiznarlas, pervertirlas, con la necesidad de convertirlas en una actividad obligada, repetida, diaria. Remunerada.

Y un año entero no me serviría, dedicándole ocho horas al día durante cinco días a la semana, para conocer todos los rincones de Londres, de Mumbai o de París; o para leer todo lo que me gustaría leer, o para ir a todos los restaurantes a los que quisiera ir, o para aprender todo lo que me gustaría. Es muy corta esta vida, pero parecemos hacerla aún más corta con tanto despropósito.

Por cierto, en esta sociedad nuestra a lo mío se le llama desequilibrio, o en el mejor de los casos inconstancia. Bienvenidos sean ambos si a lo que me empujan es a descubrir.

7 comentarios para “Prohibido aburrirse.”

  1. Jose Luis Perales Dijo:

    Gara, lamento estar completamente de acuerdo contigo, por lo que no podré aportar gran cosa a tu comentario. Solo ratificaré con mi propia experiencia que el tiempo que llevo de desempleo, obviando el problema económico, me está resultando enormemente gratificante y aunque no desaparecen determinadas obligaciones, sí tengo un mayor grado de decisión sobre mi tiempo. Es muy placentero.
    Necesito volver a trabajar, pero no quiero volver a trabajar, al menos, de forma dirigida.
    Yo creo que la raíz del asunto está en que damos demasiada importancia a la aceptación social, necesitamos integrarnos y “ser como los demás” o “no destacar por diferente” (sí está admitido y premiado escalar posiciones sociales dentro de lo aceptado por todos como éxito) y esa necesidad de considerarnos aceptados por el grupo es lo que mata toda curiosidad por las cosas del mundo, grandes o pequeñas, cercanas o lejanas, y sin curiosidad… pues eso, te conviertes en un cacho cartón.

  2. Gara Dijo:

    Bueno, yo no creo que tenga que ver con darle excesiva importancia a la aceptación social, puesto que yo desde luego no se la doy y me conformo con tratar de rodearme de gente con parecidas inquietudes a las mías. Lo que ocurre es que sí es incómodo sentirse diferente, y mucho más en un entorno laboral, en el que se espera que uno actúe de una manera muy determinada.

    Nos convertimos en un cacho cartón sí, y además bastante mancillado por el paso del tiempo y la desazón.

    Un beso, y siga Usted disfrutando del desempleo.

  3. Javier Dijo:

    Un pollito se aburre? Yo diría que no. Como tampoco una gallina. Ahora, un perro sí se aburre. Y siguiendo esa línea ni te cuento el ser humano. Aburrirse suele ser, más bien, un síntoma de imaginación, inquietud, incluso de inteligencia (ni mucha ni poca. Inteligencia a secas)…
    Tiene mala prensa lo de aburrirse, lo sé. Incluso alguien me contaba, una mujer, para más señas, que el aburrimiento conduce al vicio (por eso, decía entonces, los perros se dedican, en sus horas aburridas, a meterla donde sea. Ella misma, deduzco, debía aplicarse para sí el razonamiento por lo que, quizá, solo se entregaba al folleteo en horas de auténtica inspiración).

  4. David Dijo:

    Aunque un poco tarde, querría decir lo que pienso al respecto. Disponer de todo el tiempo del mundo es maravilloso, pero habría que matizar. Por ejemplo, esto que hacemos, escribir en un blog, es gracias a que hay una tropa ingente de informáticos detrás de ello durante largas horas al día todos los días del año ¿Que nuestra casa está calentita todos los días? porque hay una tropa ingente de técnicos y operarios detrás de todo lo relacionado con la energía las 24 horas del día los 365 días del año ¿que nos ponemos jodidamente enfermos? pues acudimos a un hospital donde sucede idem de idem. Es decir, que detrás de todas las comodidades y avances de occidente, que son innumerables, hay mucho, muchísimo curro….si la mayoría de la gente decidiera disponer de su tiempo y viajar se nos plantearía un problemo mu serio

  5. Gara Dijo:

    No, si eso está claro, pero no era ese el asunto principal de mi post, sino el hecho, para mí incomprensible, de que la gente no sea capaz de llenar su tiempo con algo que satisfaga sus deseos. El que tanta gente se apoye en la existencia de una rutina diaria y repetitiva para llenar sus vidas, y el que si ésta desaparece se encuentren vacíos, es muy indicativo de los pocos o nulos recursos intelectuales, sensoriales, de una gran mayoría. Y es una pena.

  6. David Dijo:

    yo creo que la mayoría de la gente, exceptuando unos pocos privilegiados, está habituada a las responsabilidades y obligaciones desde casi la más tierna infancia. Por lo tanto, sencillamente no se sienten preparadas para cubrir, si se diera el caso, de actividades constructivas un tiempo libre indefinido. No es que no tengan voluntad o capacidad de ocupar cabalmente ese tiempo, es que no están “entrenadas”. En cuanto a lo que dices del “humanismo” como una forma de vida en contraposición de la superespecialización, que te gustaría hoy ser diseñadora y mañana cocinar chipirones encebollados, si es ese el ámbito vale, pero hombre, no creo que fuera muy tranquilizador para nadie enterarse de que el neurocirujano que te va a intervenir en una delicada operación se acaba de incorporar a esta profesión y que hasta hace nada se dedicaba a tocar el violonchelo, antes a escribir novelas y antes a dar conferencias sobre cine de los años 30.

  7. Javier Dijo:

    David, si se le ocurre a un neurocirujano meterme mano en el cerebro, sin lavarse las manos, habiendo cocinado pocas horas antes unos chipirones en su tinta… Vamos, vamos… No te puedo decir lo que le diría… Vamos.

    Pero siempre ha sido así: aquellos que por h o por b se apartan del comunhacer y pueden mirar desde una cierta perspectiva nos miran (lo que hacemos, quiero decir) con un cierto desagrado. Es lo que se llama “adoptar una postura elitista”.
    Se comprende pero no se comparte :)


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