Meu fado meu.

Enero 30, 2010

Hace unos días fui a un concierto de Mariza. A los conciertos de fado voy sola, lo primero porque no hay en mi círculo habitual nadie que comparta esta afición conmigo, y lo segundo porque los fados hacen llorar mucho, y es casi mejor hacerlo entre desconocidos que disimuladamente, o sonoramente entre amigos azorados.

Entiendo a los amantes del fado que dicen de ella que no es una fadista pura, pero verla en directo, con ese chorro de voz y esa presencia escénica tan potente -a la que sin duda añaden los vestidos de alta costura, siempre negros y larguísimos, y los tacones interminables que  lleva debajo y que sólo se dejan ver durante los contoneos de los fados más animados-, creo que vale la pena. Este concierto, sin embargo, fue menos redondo que otros: le faltó hondura y le faltó saudade, y me pareció que el repertorio no estaba muy bien enlazado.

Me tocó en suerte, sentado a mi izquierda, un portugués de camisa rosa y ondas engominadas al más puro estilo ibérico-derechón (hasta las modas políticas traspasan las fronteras en estos tiempos de globalización), que apestaba a perfume de tal manera que resultaba difícil meterse de lleno en el ambiente de recogimiento que requiere el fado. Detrás de mí había un grupillo de cuatro chicas españolas que hacían comentarios durante las canciones a pesar de mis repetidas miradas recriminatorias. En fin, lo cierto es que vistos los espectáculos sociales que ofrecen el cine y los teatros en tantísimas ocasiones, es tentador quedarse en casa a escuchar tranquila y concentradamente un buen CD o a ver una peli. Nada puede superar, sin embargo, a la pareja que comía pipas sin parar durante el concierto de Leonard Cohen. Claramente, son dos actos irreconciliables que evidencian a) una pasmosa falta de respeto por la gente a la que se tiene alrededor, y b) una absoluta falta de sensibilidad, puesto que ver a Leonard en directo y entregarse con fruición al acto de pelar y comer pipas es contradictorio en sí mismo: no se pueden pelar pipas con la boca abierta.

Mejor que todo esto hubiera sido el tener la oportunidad de escuchar a Amália, la Rainha do fado de precioso nombre, cantar en cualquier casa de fados de una callejuela cualquiera de la Morería lisboeta, vaso do vinho en mano y recuerdo de bacalhau en el paladar, pero una nació tarde para eso.

Mariza siempre interactúa con el público en sus conciertos con una simpatía que tiene mucho de impostada, y en esta ocasión se dirigió a una pareja que estaba sentada en primera fila. “Yo os conozco”, dijo, “¿a cuántos conciertos míos habéis venido?”. “A cuarenta y dos”, dijo él; “Yo sólo a treinta y ocho”, respondió ella. No era un montaje. Yo me quedé alucinada pensando en que alguien que puede dedicarse a seguir a un cantante por el mundo sólo puede ser millonario, muy devoto (está claro que el cantante en este caso es el sustituto del dios), y probablemente inglés, puesto que se trata de una excentricidad en toda regla. Me los imaginaba después durante la cena posterior a cada concierto comentando las flaquezas y los logros del recién terminado evento: “¿No te pareció, cariño, que en la segunda estrofa de Primavera ha estado algo más floja que en el concierto de Budapest?”, “Quizás tengas razón, my darling, pero creo que ha mejorado claramente respecto a la última versión de Estranha forma de vida, ¿no te parece? A ver qué tal la canta la semana que viene en el Olympia”. Puff. 

En cualquier caso, tiene que ser complicado el ser vista como la heredera de alguien con el peso artístico e histórico de Amália Rodrigues, y a pesar del claro divismo de Mariza, uno no puede dejar de compadecerla por eso. Sí, está muy encumbrada, pero siempre con la sombra de la gran reina encima.

Así que para terminar, os dejo aquí un par de vídeos para que juzguéis por vosotros mismos. Ay, si hasta los fadistas lloran con sus fados, ¡qué no habremos de hacer el resto de los mortales!

12 Responses to “Meu fado meu.”

  1. El Nota Says:

    De acuerdo contigo en lo del poco respeto con que la gente acude a los conciertos en directo, en particular en locales en los que cada uno está cómodamente sentado en su butaca y para los que no se prevé el consumo ni de palomitas ni de bebidas. Al final ocurre lo que apuntas: que uno está mejor en su casa. Como alternativa mala, y para ir con el chip preparado para todo: ir a los clásicos locales en los que la gente come, bebe, conversa y como ruido de fondo… el concierto o la actuación del artista.

    Añadir que además, esa misma gente que tan poco respeto tiene por los que le rodean, encima se ofenden e incluso llegan al insulto cuando se te ocurre decirles algo con la mayor educación posible. Algo de eso me pasó hace poco, pero la individua, una poco respetable mujer de unos 70 años, se afanaba constantemente pelando caramelitos.

  2. Gara Says:

    Uy, lo de los caramelitos es que me encanta, sobre todo cuando se hace con lentitud, prolongando el suplicio y logrando tapar con el ruido una frase entera en lugar de dos palabras.

    Y sí, es muy curioso el comportamiento humano: me ofendo aunque algo dentro de mí me esté diciendo que este señor tiene toda la razón del mundo al mandarme callar. Otros, sin siquiera una voz de la conciencia lo suficientemente vehemente, se ponen macarras y defienden el territorio de la bestialidad hasta las últimas consecuencias. No hay el menor resquicio para la autocrítica.

    La solución que propones no me convence en absoluto, porque yo a lo que voy es a disfrutar de la música, no a tenerla como ruido de fondo. Y de todos modos, lo del ruido y las conversaciones no es sólo una falta de respeto hacia los demás oyentes, sino también hacia los que están subidos al escenario.

    De todos modos, otra cosa muy curiosa es el observar cómo la mentalidad colectiva considera perfectamente aceptable el hablar en algunos sitios, pero lo condena en otros que por tradición se han revestido de esa cosa medio sagrada: se puede hablar en el cine o en un concierto de Mariza, pero cuidado con estornudar en el auditorio… Paletería pura, vaya.

    Besos.

  3. Javier Says:

    … el público, tan inefable como siempre: aplaude cuando ven llorar a “la del pelo corto” -no la conocía. No sigo el fado, aunque me gusta-. Quién sabe porqué (aplaude cuando alguien llora sobre un escenario o ante una cámara)

  4. david Says:

    el otro día leía un artículo sobre el absurdo de muchos de nuestros cabreos. Cabrearse por un atasco de tráfico ¿va a cambiar algo el atasco el hecho de cabrearnos? evidentemente NO, la circulación no se hace más fluida por enfadarse ¿va a aportarme algo ponerme de mala hostia por el hecho de que me toque en el cine a ambos lados de mi butaca sendos devoradores compulsivos de palomitas? cero, cero patatero ¿voy a permitir que me jodan la peli los palomitoadictos? solo de mí depende, y no quiero. Yo creo que el truco consiste en relajarse y no tener la pretensión de cambiar situaciones que no van a modificarse ni un nanomilímetro por mucho que nos empeñemos.

  5. Gara Says:

    Hola a ambos:

    Javier, efectivamente la masa se mueve cuando le tocan esos resortes, pero lo cierto es que ninguno somos inmunes del todo a eso. Es natural reaccionar ante emociones con las que nos identificamos de un modo psicológicamente incontrolable: lo tenemos arraigado en nuestros cerebros para bien y para mal. Lo que ocurre es que visto así, en masa, asquea: a mí me repelen las masas y llevo mal hasta los conciertos (y no digamos las manifestaciones, en las que al mensaje lo diluye casi siempre la estupidez gregaria), lo que me lleva a contestar a David.

    Deivid, no por no poder controlar un hecho el hecho en sí resulta más o menos molesto o más o menos doloroso. Precisamente, siempre me ha resultado del todo absurdo ese tan manido argumento: “Para qué te vas a enfadar, si no puedes hacer nada contra ello”. Es absurdo porque es justamente la sensación de impotencia lo que cabrea, o lo que duele: hay pocas cosas más jodidas que esa sensación de no poder hacer NADA para mejorar una situación, llévalo al plano que quieras: es precisamente la imposibilidad de cambiarla lo que se hace intolerable.

    Por otra parte, creo que el cabrearse sí sirve para una cosa, si es que a uno le sirve de resorte para sacar pecho y quejarse. ¿O es que nos vamos a resignar todos a que siempre venza la mediocridad? ¿De verdad crees que la solución es esa? Pues mira, no: yo me niego a que en TODOS los cines haya que resignarse a escuchar el borboteo de la Coca-Cola, el crujido de las palomitas, el rasgar de los paquetes de caramelos. Que nos den un nicho a los que no lo queremos, al menos. La sabiduría consiste en conseguir que a uno no le amarguen la vida estas vicisitudes, pero por lo demás, quejarse y exigir es necesario.

    Un beso a cada uno,
    Gara.

  6. David Says:

    Gara, me parece bien luchar contra situaciones que sean supceptibles de, a base de la suma de muchas quejas como la tuya, de cambiar hacia digamos “menos mediocres” como tú dices. Pero cuando la tendencia, en este caso “los compulsivos palomiteros” es arrolladoramente mayoritaria ¿se puede saber que te aporta revolverte por dentro? rian de rian Gara. Es, perdona la expresión, poco inteligente emocionalmente hablando.

  7. Gara. Says:

    Yo es que soy muy poco inteligente desde el punto de vista emocional, de hecho. Una verdadera gilipollas, vamos, así que no es ningún descubrimiento…

    Xx,
    G.

  8. david Says:

    Mujer, francamente, una verdadera gilipollas emocional me parece un tanto exagerado.
    Un consejo: no hables tan mal de ti misma en público. De ese “trabajito” ya se encargan los “demás”.

  9. Javier Says:

    … decir de uno mismo que “es” imbecil desde el punto de vista emocional no es hablar mal de uno mismo.. En realidad es una estrategia perfectamente consciente para no cambiar un ápice lo que uno es, algo que se podría discutir si es posible o no, por otra parte. otra cosa sería decir algo así como “últimamente me comporto como un idiota” o “no sé qué me pasa pero todo me molesta, todo me cabrea… Me estoy convirtiendo en un misántropo!”. Por el contrario, si decimos que “somos” algo, si decimos que una determinada manera de ser forma parte de nuestra condición, eso no hay dios que lo mueva… Orgullosos de ser algo! Lo que sea que otros no son!

    otro. El cabreo, como muy bien dice David, experto en la materia, no sirve de nada si no va seguido de una acción. Uno se cabrea como uno se alegra o se muestra indiferente. Eso queda dentro de nuestro recipiente. España es un país de cabreados que no protestan (atentos a la paradoja). El que está dispuesto a remover cosas suele hacerlo en silencio y sin aspavientos. El cabreado es alguien característicamente pasivo

  10. David Says:

    Javier, efectivamente hay una gran diferencia entre el “ser” y el “estar”. Son intransitivo y transitivo respectivamente. No es lo mismo “estar” hecho un gilipollas que “ser” un gilipollas.

    Hombre, cabrearse de vez en cuando es necesario. Si cuando a uno le tocan reiteradamente los coj….no acabas saltando como un resorte, te acaban pisoteando. Además te conviertes en una peligrosa olla a presión. Cabrearse puede ser útil. El quid consiste en que siempre que te cabrees lo hagas por motivos justificados objetivamente, y además obtengas resultados, equilibres la balanza. El problemo es cuando uno coge afición a cabrearse ante cualquier imponderable. Es cuando la has cagado porque acabas formando parte de la abultada lista de los “gilipollas”.

  11. Gara Says:

    Javier:

    No estoy de acuerdo en absoluto. Infieres de una afirmación que alguien, en este caso yo, se refugia es su ser (que no es inamovible) para no cambiar. Qué injusticia y qué atrevimiento, la verdad, sacar una conclusión semejante sin saber lo que se mueve detrás de ésta o de cualquier otra afirmación, o del alma de la persona, o de su cerebro. Uno puede ser de una determinada forma durante una etapa de su vida, después de otra. De ahí que las etiquetas, tan típicas de las familias u otros grupos consolidados durante un período de tiempo lo suficientemente largo (amigos de la infancia, etc) sean tan injustas: da igual lo que evolucione el individuo, que la etiquetita la tendrá colgada para los restos.

    De acuerdo en que el cabreo no vale de nada si no va seguido de una acción, pero ésta puede ser invisible al resto (que un cabreo motive un cambio, un despertar a algo que antes no se veía, etc), o absolutamente visible. El decir que “el cabreado” (otra categoría atrevida, como si se pudiera meter a todos en un mismo saco) es característicamente pasivo es una teoría falaz que pareces haber inventado para justificar no sé qué. ¿Que en tu temperamento no esté el armar ruido? ¿Que quizás no te atrevas a hacerlo?

    Yo me cabreo probablemente más a menudo que la mayoría de la gente, y es precisamente el resorte que me hace “moverme”, pelearme, exigir, mientras otros se quedan bien calladitos mirando.

    Basta de catalogaciones, por favor.Y un beso,
    Gara.

  12. Gara Says:

    David:

    Completamente de acuerdo en que cabrearse puede ser útil, de ahí mi respuesta a Javier. Tan sólo una matización: los “motivos justificados objetivamente” nunca podrán ser tales, puesto que el cabreo es un sentimiento, y como tal no puede ser objetivable.

    Otro beso,
    G.


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