FoooooD.
febrero 26, 2010
I go through phases with the books I read- if I become interested in a topic, I’ll spend most of the time reading only about that, until my curiosity is satisfied and I can then jump onto the next subject.
A couple of years ago the topic was food. I mean, food as such has always been a very central matter in my life, but I mainly kept the hobby within the kitchen space, the walls of restaurants, and the pages of cookery books. I’m a compulsive buyer of these, and quite proud of a collection that I would probably save from a fire before anything else (or, rather, after the pictures, but because sometimes these are the only source of memory), but they are unfortunately split between Madrid and London, all these wonderful books, although perhaps the day I finally settle down -should that day ever come!-, I’ll be able to put them all together in some special bookcase. Ah, I sometimes find myself with a big grin of anticipation imagining that moment, but who knows if they’ll ever get to meet.
In any case, as I was saying before I got sidetracked, I then broadened my field of interest to the way food is produced, which inevitably lead to realising how much damage it causes, in all possible directions (meaning to ourselves and to others, and to those who are not even here yet), and to wondering about how on earth we can educate people to be aware and responsible for what we are doing. I read several authors, who anyone familiar with the topic will of course know about, like Michael Pollan, Eric Schlosser and Peter Singer, among others.
The other day I went to the cinema and the tickets for the film I wanted to watch were sold out, so I randomly decided to go to see Food inc. It’s pretty much the same stuff that I had been reading about back then (to the point that two of the authors I mentioned are interviewed in it), but of course one has to take into account the fact that images can have a very strong impact- it’s not quite the same to read about how McDonald’s meat is processed than to actually see it, and it’s both fascinating and important to do so.
Because I know about the dangers of preaching, I was very much hesitating whether to publish this post or not, but then I decided to do so because apart from the obvious fact that it has now become massively trendy to be food-aware and to eat tofu and seaweed for dinner instead of roast chicken and chips, the actual fact is that it is possible to be in a healthy middle-point where you can be aware and make a positive change, but at the same time be able to laugh about all the trendiness and frivolity around it. This, by the way, always reminds me of that great scene in Annie Hall when Woody Allen goes back to California to try to get Annie back, and he arrives to just any street café where he will wait for her while having a bite, and after going through the menu he resignedly orders “Alfalfa sprouts and a plate of mashed yeast”. It’s just brilliant. Ah, the trend was very much already there back in the seventies!
So anyway, if you’re interested in what you put inside your body (I’m talking about food here ;), and the chain reaction that may derive from that, either read a couple of books or go to watch this movie.
I’ve also decided, after giving it some thought, to upload this talk Jamie Oliver gave in the US fairly recently. I’m warning you- it’s deeply demagogue and clearly presses all the right buttons to move the audience by appealing to their most basic feelings -and they love him for that, of course, as masses do-, but all in all the message is good. So if you’ve got twenty minutes to spare, you might want to give it a go and draw your own conclusions.
Conviene educar.
febrero 20, 2010
Sé que es un tema recurrente en las páginas de este blog, pero voy una vez más a hablar de educación y del comportamiento de los niños y los padres de hoy. La última vez que lo hice, lo acabo de comprobar, fue en noviembre (Los nuevos padres), así que tanto no os estoy dando la tabarra.
Todos estaremos de acuerdo en que los modales sirven para hacernos la vida más llevadera y poner cortapisas a subidas de tono o actitudes incómodas en determinados lugares, etc. De todos los ámbitos en los que se aplican, en el que más me molesta su carencia, con aplastante diferencia, es en la mesa. Hoy en día, simplemente, ya casi no existen porque no se educa en ellos. Consolas, maquinitas, lo que sea sirve para que los niños no parezcan estar siquiera comiendo con los demás, puesto que les está permitido el llevar a la mesa estos absorbentes artilugios. No sólo eso, sino que ya no se educa en modales básicos. El no compartir alimentos, o el no preguntar si alguien quiere el último trozo de tarta, sino por el contrario el lanzarse a ellos con voracidad no sea que alguien se lo quite, está a la orden del día. No se pregunta más si alguien quiere la última croqueta, pero es que si los padres son los primeros en renunciar a ella para dársela a sus hijos, obviamente crecerán creyéndose el centro supremo del mundo, y entonces para qué demonios preguntar.
Lo de la mesa es un ejemplo, pero hay muchos más. No creo que incurra en falta de objetividad si digo que la generación de los niños de ahora será una generación más egoísta, y en consecuencia más tendente a la tiranía, que las anteriores. La semana pasada se publicó una noticia en un periódico inglés en la que se contaba el caso de un niño al que un profesor había recriminado por no ponerse en pie al entrar el director del colegio en cuestión en la clase. Se le envió una carta a los padres advirtiendo de la conducta del hijo, y el padre del mastuerzo se plantó en el colegio para decir que en todo caso sería el director el que debiera ponerse en pie ante su hijo, y no al contrario. Me parece espeluznante que un padre pueda tener esa idea de lo que es educar, o de la clase de trato que merece un hijo suyo.
Otro cambio respecto de cómo se hacían las cosas hace unas décadas en lo que a tener hijos respecta, es que parece ser que la primera consecuencia es que una vez esto ocurre los retoños son el único tema de conversación posible. Esto sucede incluso en ámbitos en los que los padres son personas educadas y con intereses variados, con los que se podía, antes de que su vástago llegara al mundo, mantener una conversación interesante.
En un grupo de amigos y conocidos con los que suelo reunirme una vez a la semana para tomar algo, hay un cirujano bastante reputado del que todo el mundo trata de huir, urdiendo innumerables tretas para no sentarse a su lado, porque inmediatamente se dedica a monologar sin fin acerca de sus hijas, sin hacer alusión jamás a ningún otro tema de conversación. Preferiría con mucho que me hablara de operaciones a corazón abierto en lugar de bombardearme con detalles sobre la vida de unas personas que ni siquiera conozco, la verdad, pero no hay manera.
Por supuesto que el tener un hijo es una experiencia que te cambia la vida, y es normal querer hablar de ello. Lo que es anormal, sin embargo, es que de pronto todos los intereses anteriores desaparezcan como por arte de magia. No hay situación más aburrida y más incómoda que el ser invitado a un evento en el que todos los asistentes tienen hijos y están ansiosos de hablar de ellos a la primera de cambio, y absolutamente todas las conversaciones que tienen lugar giran entorno a ellos. Hace poco me contaba un amigo (soltero y sin hijos) que en una de estas reuniones en las que tanto los padres como sus niños estaban invitados, se le acercó un tipo cuya primera pregunta fue: “¿Cuál es el tuyo?”, y al contestar él “Ninguno”, el otro se quedó paralizado. “¡Dios mío!, ¿de qué hablar con este tipo, entonces?”, sería el pensamiento, supongo, que le provocó la tan inesperada respuesta. Qué cosa tan absurda.
Conclusión: francamente, últimamente evito asistir a reuniones en las que sé que va a haber sólo padres con niños. De este modo me evito el estar forzada a presenciar enervantes faltas de educación, además de tener que actuar de receptora de un monólogo que no me interesa. Me interesan muchísimo los niños, pero esta obsesión por ellos hace que ni ellos ni sus padres me resulten atractivos o me inspiren el deseo de mantener una conversación.


