Desgaste.

marzo 31, 2010

(In English, below).

Hay muchas veces en las que sería mejor no decir nada. Una se planta en los treinta de una forma extraña. A los dieciocho, si miraba hacia delante, se imaginaba con la vida ya resuelta a estas alturas, y la realidad es que a medida que el tiempo pasa las incertidumbre son más, como las heridas.

Querría poder decir que el callo también es más grueso, pero en realidad la piel es más fina y los golpes duelen el doble, como en una regresión a la infancia en la que el que “no te ajuntaran” a la hora del recreo dolía como un cuchillo clavado en la piel.

A los veinte una se agarraba al amor como a un bólido desbocado, y se creía que lo tenía todo para siempre. Después los desengaños no lo vuelven a uno más capaz de lidiar con el desconsuelo; muy al contrario, parecen hacernos más afecto a él, porque resulta ya muy difícil creerse nada, y el escepticismo constituye una pérdida más que un logro.

No es mejor esto. Se aprende mucho más sobre la condición humana, sin duda – sobre todo de la propia- de lo que se hubiera aprendido hace cincuenta años, cuando la norma era el permanecer en una relación per saecula saeculorum, pero eso no nos hace mejores. Acaso más impacientes, más ansiosos, más desasosegados: una generación de vapuleados y vapuleadores medio locos, siempre con un pie fuera del tiesto, y las ganas de comerse el mundo echadas por tierra desde hace por lo menos un lustro.

Esta foto, de todos muy conocida, la tenía en un poster de adolescente. Me encantaba. Ahora sólo la miro de reojo.

Sometimes it would be far better to remain quiet. One day, almost suddenly, we realise we are already thirty and we are almost suddenly filled with a strange feeling of uneasiness. Back when we were eighteen, when we imagined ourselves at this stage we envisaged a solid, well-constructed life, and reality only shows us that the fact is quite the opposite- that as time goes by our uncertainties only increase, as do the wounds.

I wish I could say the skin also grows thicker, but in truth it becomes thinner, almost transparent, and the blows hurt twice as much, as in a regression to infancy where not being accepted into the wanted group during school breaks hurt like a knife well stuck into the flesh.

At twenty we held tightly onto an uncontrolled, passionate love, and we thought we had everything and that it would last forever. Later on, disappointments don’t make us more capable of dealing with grief- on the contrary, we become more prone to it because we find ourselves almost incapable of believing in anything anymore, and skepticism constitutes a loss rather than an achievement.

This is not better. Undoubtedly, we do learn more about the human condition -specially about our own-, much more than we would have fifty years ago, when the rule was to stay in a relationship per saecula saeculorum, but that doesn’t make us better. It makes us more impatient, more anxious, more restless- a generation of beaten souls, of beaters of souls, half mad, never entirely into anything again, and with the desire of taking the world by storm hidden away in some forgotten, dusty cupboard.

I had this picture, which is already part of our cultural heritage, on a poster when I was a teenager. I used to love it- now I can only just bare taking a quick glance at it.

Coming back to London.

marzo 26, 2010

Every time I leave London for a while, which I have done recently to enjoy some holidays, I get, just before having to come back, that vague feeling of loathing you can have when you know you are leaving a peaceful setting to go back to the ferocious place that a big city like this one can be. But then I always, always, as soon as I have left the airport and I’m coming back into the city on a train and I start to see its sheer size, its buzz, the lit bridges across the river, I get that almost indescribable high, which is nothing but the feeling of being where I want to be, where I feel I belong, at least for this part of my life.

London always manages to transmit that feeling of roughness you get when you know you are almost alone in a place which needs to be fought for, but also, paradoxically, that sense of endless possibilities within reach. It has that uniqueness, that inimitable idiosyncrasy that makes it so addictive, and at times so overwhelmingly hateful. Some people can’t stand it, others are drawn to it forever. Clearly, a great part of its attractive lies in the fact that it makes you feel like you can become whatever person you choose to be, because London seems to have a niche for anyone and to admit anything.

There is much romanticism around the idea of “going back to the origins” and living in the countryside. I have recently been thinking about this quite a bit. I went to see Stewart Lee, a British comedian, about three months ago or so, and the best part of his show was when he told the story of one of his friends, who had chosen to leave the city for the supposed joys of the countryside because his little daughter was dyslexic and he wasn’t happy at all with the choice of schools they got in London. “So they’ve now been living in the countryside for a while”, he explained, “and the girl can now spell” [brief pause] ,”but she’s a racist”. Spot on.

Romanticism can be a dangerous aspiration at times. The countryside is what I most long for, what I most miss in my life here. Surely, you don’t have the possibility of getting in a car and finding yourself climbing a mountain after only fourty five minutes of driving, but also I love knowing that, by living in London, I can go to certain parts of it which will almost make feel as if I were in India, or in New York, or even in some bits of the more rural England. And that mostly every type of person (and certainly every kind of food!) I can think of can be found in this mad place.

I think I’d much rather have that on a regular basis than the provincial emptiness of a green lawn and a corner shop, knowing that I can run for the longed countryside whenever I need to, but that I am immersed in the world of possibilities that can only be found in a truly cosmopolitan city.

Nothing to add.

marzo 14, 2010

There is nothing I can add
to the endless lines
that have been written about love
except for the absolute,
conclusive certainty
that they are all true.

Even the worst ones,
the cringe-worthy ones,
the ones that make me
want to hide with shame
under my blanket
until I have to get out again
for a gasp of fresh air
and yet another share
of plain and straight reality.

Lo que me hace sentarme a escribir esto es un correo inesperado y maravilloso que recibí hace unos días, de esos que le devuelven a una la fe en el género humano y en la demasiado a menudo invisible belleza de la vida. Me ha servido como resorte para culminar una serie de reflexiones en las que venía enredándome desde hacía un tiempo, y que pueden enlazarse además con un par de comentarios (de David y Bárbara) a los que contesté en mi último post en español al respecto de un tema parecido al de hoy, que no es otro que la mala prensa de la flexibilidad o cambio de posición o de una opinión de una persona ante el mundo. El otro iba más sobre la esencia del individuo, la verdad, pero están muy ligados.

Hay una reacción muy típica ante el hecho de que una persona exprese una opinión contraria a la que haya expresado en el pasado, o a la que sus oyentes esperan que exprese. ¡Pues no decías eso antes!, es algo que suele decirse con desdén más que con sorpresa, y mucho menos aún con admiración. Al analizar el fenómeno, me doy cuenta de que quizás parta del hecho de que en general no nos gustan los cambios, y de que nos gustan menos aún cuando los observamos en personas de nuestro círculo, en quienes nos apoyamos para unas cosas u otras, lo que necesariamente implica que un viraje en su percepción del mundo necesitará de una serie de reajustes por nuestra parte que amenazarán nuestras expectativas, y por lo tanto resultarán incómodos.

No es sólo eso, claro; también está el hecho de que en los grupos humanos de cualquier índole (familias, amigos, compañeros de trabajo) cada cual carga con una etiqueta que a menudo corresponde a primeras impresiones o a hechos que por una u otra razón se hacen especialmente notables. Las familias son especialmente perniciosas en este sentido, y a mí es un tema que siempre me ha obsesionado, ese sentimiento tan frustrante de percibir que a pesar de lo que uno evolucione como individuo, a pesar de lo que se aleje o de la tierra que ponga por medio, las etiquetas no cambian. Sea porque la gente en general se siente cómoda con ellas (las certezas proporcionan un sentimiento de estabilidad), o porque en general se es poco perceptivo y reacio al cambio, es como si a cada cual nos hubieran marcado como a una res pero con el sello en la frente, para siempre.

A raíz de esto y de darle tantas vueltas, me ha dado por leerme un libro de un psicólogo inglés del que traduzco un pasaje que parece directamente extraído de mis propios pensamientos:

“Desde el momento en que nos reunimos en Navidad, nuestros padres y hermanos demandan que representemos el papel que nos han designado. No importa que haga ya tiempo que dejamos de ser el listo o el gordo de la familia, el que demanda ser el centro de atención o el protestón; nuestra familia nos tratará exactamente igual a como nos ha venido tratando desde que éramos niños, y segundos después de traspasar el umbral de la puerta de la casa familiar estaremos de nuevo en la guardería. Los logros y la independencia adquiridos en la edad adulta se borrarán de un plumazo, y nos encontraremos de pronto representando un papel que ya creíamos obsoleto.

Un método muy simple para comprobar esto es el convertirnos en la siguiente reunión familiar en los autores de nuestro propio guión, apartándolo deliberadamente de lo que se espera de nosotros, tan sólo para ratificar que nuestros espectadores harán lo que sea para mantenerse en su postura, puesto que tradicionalmente han sido ellos, y no nosotros, los escritores de nuestra historia.

Comienza por hacer una lista con las características que crees que los miembros de tu familia te atribuyen rutinariamente. Para el momento en que os reunáis en la siguiente Navidad, deberás tener una idea muy clara del papel que se espera de ti. Ahora empieza lo divertido: en lugar de actuar de la manera predicha por todos haz exactamente lo contrario. Si eres conocido por ser un roña a la hora de comprar regalos, regala objetos que sean ostentosamente caros; si se dice de ti que nunca ayudas a lavar los platos, sé el primero en levantarte de la mesa para recoger; si tu fama es la de alguien que siempre se levanta tarde, madruga para recibir a tu familia en la cocina a primera hora.

Parte de lo fascinante de este juego es la negación de cualquier cambio. Cuando la transformación parezca innegable, tus espectadores harán piña para tratar de imponerte tu antiguo papel, probablemente haciendo bromas a raíz del hecho de que fueras el primero en levantarte o en vaciar el lavaplatos, o se referirán a anécdotas pasadas, como aquella en la que te levantaste tan tarde que apenas tuviste tiempo de llegar a la comida de Navidad.”

(James Oliver- “They fuck you up”).

No tengo nada que añadir a esto, salvo que estoy completamente de acuerdo y que estoy segura de que, de llevar el experimento a cabo, las reacciones serían exactamente las descritas.

Pero vuelvo al correo que recibí, que al fin y al cabo ha sido el hecho que ha desencadenado esta parrafada a la que os estoy sometiendo. Siguiendo el hilo de uno de los comentarios de David al post antes mencionado, ratifico mi postura y me reafirmo en la creencia de que son fundamentalmente nuestras experiencias y nuestro entorno los que configuran nuestra personalidad, y no tanto la genética (¡aviso!: puede que en un tiempo tenga otra opinión al respecto, qué atrevimiento…)

En fin, en lo que venía pensando desde hacía tiempo, y que este correo no ha hecho más que subrayar, es en que se necesita muchísimo más coraje para reconocer que uno ha estado equivocado que para permanecer en una posición inamovible por cabezonería, por orgullo, por adhesión a unos principios, o por lo que sea.

Así que no, que uno no nace hijoputa a no ser que tenga un desequilibrio genético en la bioquímica o configuración de su cerebro. La gente se hace de acuerdo a experiencias que marcan, influencias familiares o de amigos y conocidos, aparte por supuesto del hecho de que el cuerpo en el que el individuo está metido (y con eso sí llegamos a este mundo sin posibilidad de poder cambiarlo), y su adaptación a él en función de la reacción que tengan los demás a tu “envase” determina en enorme medida el tipo de persona que llegamos a ser. Esta es sólo mi teoría y muy a grandes rasgos; aún la tengo que pulir.

Cambiar no es fácil, pero no porque hayamos nacido de una manera u otra, sino porque nuestra experiencia personal, desde que estamos en la cuna, deja unas huellas muy profundas en el individuo que somos, y algunas heridas nunca se cierran del todo. Asomarse a los abismos de lo que lo hacen a uno ser lo que es, o lo que parece ser, puede ser un proceso tremendamente doloroso, pero también fructífero y lleno de valor, en los mejores sentidos de la palabra.

Con voluntad, el cambio es posible. Ah, me consta que esta última frase parece un eslogan político, pero es tan solo la conclusión a un muy farragoso post.

Post Scriptum: A los que sabéis de mis avatares sentimentales de los últimos meses, aclararos tan solo que no, que el remitente del correo no es quien pudiera parecer. Semejante acontecimiento, más que despertar mi fe en el género humano, me hubiera hecho creer quizás en la Justicia Divina, así que vistas así las cosas, casi mejor que se queden como están. Por aquello de preservar aunque sea la esencia, digo…

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