Flexibles e inflexibles.
marzo 8, 2010
Lo que me hace sentarme a escribir esto es un correo inesperado y maravilloso que recibí hace unos días, de esos que le devuelven a una la fe en el género humano y en la demasiado a menudo invisible belleza de la vida. Me ha servido como resorte para culminar una serie de reflexiones en las que venía enredándome desde hacía un tiempo, y que pueden enlazarse además con un par de comentarios (de David y Bárbara) a los que contesté en mi último post en español al respecto de un tema parecido al de hoy, que no es otro que la mala prensa de la flexibilidad o cambio de posición o de una opinión de una persona ante el mundo. El otro iba más sobre la esencia del individuo, la verdad, pero están muy ligados.
Hay una reacción muy típica ante el hecho de que una persona exprese una opinión contraria a la que haya expresado en el pasado, o a la que sus oyentes esperan que exprese. ¡Pues no decías eso antes!, es algo que suele decirse con desdén más que con sorpresa, y mucho menos aún con admiración. Al analizar el fenómeno, me doy cuenta de que quizás parta del hecho de que en general no nos gustan los cambios, y de que nos gustan menos aún cuando los observamos en personas de nuestro círculo, en quienes nos apoyamos para unas cosas u otras, lo que necesariamente implica que un viraje en su percepción del mundo necesitará de una serie de reajustes por nuestra parte que amenazarán nuestras expectativas, y por lo tanto resultarán incómodos.
No es sólo eso, claro; también está el hecho de que en los grupos humanos de cualquier índole (familias, amigos, compañeros de trabajo) cada cual carga con una etiqueta que a menudo corresponde a primeras impresiones o a hechos que por una u otra razón se hacen especialmente notables. Las familias son especialmente perniciosas en este sentido, y a mí es un tema que siempre me ha obsesionado, ese sentimiento tan frustrante de percibir que a pesar de lo que uno evolucione como individuo, a pesar de lo que se aleje o de la tierra que ponga por medio, las etiquetas no cambian. Sea porque la gente en general se siente cómoda con ellas (las certezas proporcionan un sentimiento de estabilidad), o porque en general se es poco perceptivo y reacio al cambio, es como si a cada cual nos hubieran marcado como a una res pero con el sello en la frente, para siempre.
A raíz de esto y de darle tantas vueltas, me ha dado por leerme un libro de un psicólogo inglés del que traduzco un pasaje que parece directamente extraído de mis propios pensamientos:
“Desde el momento en que nos reunimos en Navidad, nuestros padres y hermanos demandan que representemos el papel que nos han designado. No importa que haga ya tiempo que dejamos de ser el listo o el gordo de la familia, el que demanda ser el centro de atención o el protestón; nuestra familia nos tratará exactamente igual a como nos ha venido tratando desde que éramos niños, y segundos después de traspasar el umbral de la puerta de la casa familiar estaremos de nuevo en la guardería. Los logros y la independencia adquiridos en la edad adulta se borrarán de un plumazo, y nos encontraremos de pronto representando un papel que ya creíamos obsoleto.
Un método muy simple para comprobar esto es el convertirnos en la siguiente reunión familiar en los autores de nuestro propio guión, apartándolo deliberadamente de lo que se espera de nosotros, tan sólo para ratificar que nuestros espectadores harán lo que sea para mantenerse en su postura, puesto que tradicionalmente han sido ellos, y no nosotros, los escritores de nuestra historia.
Comienza por hacer una lista con las características que crees que los miembros de tu familia te atribuyen rutinariamente. Para el momento en que os reunáis en la siguiente Navidad, deberás tener una idea muy clara del papel que se espera de ti. Ahora empieza lo divertido: en lugar de actuar de la manera predicha por todos haz exactamente lo contrario. Si eres conocido por ser un roña a la hora de comprar regalos, regala objetos que sean ostentosamente caros; si se dice de ti que nunca ayudas a lavar los platos, sé el primero en levantarte de la mesa para recoger; si tu fama es la de alguien que siempre se levanta tarde, madruga para recibir a tu familia en la cocina a primera hora.
Parte de lo fascinante de este juego es la negación de cualquier cambio. Cuando la transformación parezca innegable, tus espectadores harán piña para tratar de imponerte tu antiguo papel, probablemente haciendo bromas a raíz del hecho de que fueras el primero en levantarte o en vaciar el lavaplatos, o se referirán a anécdotas pasadas, como aquella en la que te levantaste tan tarde que apenas tuviste tiempo de llegar a la comida de Navidad.”
(James Oliver- “They fuck you up”).
No tengo nada que añadir a esto, salvo que estoy completamente de acuerdo y que estoy segura de que, de llevar el experimento a cabo, las reacciones serían exactamente las descritas.
Pero vuelvo al correo que recibí, que al fin y al cabo ha sido el hecho que ha desencadenado esta parrafada a la que os estoy sometiendo. Siguiendo el hilo de uno de los comentarios de David al post antes mencionado, ratifico mi postura y me reafirmo en la creencia de que son fundamentalmente nuestras experiencias y nuestro entorno los que configuran nuestra personalidad, y no tanto la genética (¡aviso!: puede que en un tiempo tenga otra opinión al respecto, qué atrevimiento…)
En fin, en lo que venía pensando desde hacía tiempo, y que este correo no ha hecho más que subrayar, es en que se necesita muchísimo más coraje para reconocer que uno ha estado equivocado que para permanecer en una posición inamovible por cabezonería, por orgullo, por adhesión a unos principios, o por lo que sea.
Así que no, que uno no nace hijoputa a no ser que tenga un desequilibrio genético en la bioquímica o configuración de su cerebro. La gente se hace de acuerdo a experiencias que marcan, influencias familiares o de amigos y conocidos, aparte por supuesto del hecho de que el cuerpo en el que el individuo está metido (y con eso sí llegamos a este mundo sin posibilidad de poder cambiarlo), y su adaptación a él en función de la reacción que tengan los demás a tu “envase” determina en enorme medida el tipo de persona que llegamos a ser. Esta es sólo mi teoría y muy a grandes rasgos; aún la tengo que pulir.
Cambiar no es fácil, pero no porque hayamos nacido de una manera u otra, sino porque nuestra experiencia personal, desde que estamos en la cuna, deja unas huellas muy profundas en el individuo que somos, y algunas heridas nunca se cierran del todo. Asomarse a los abismos de lo que lo hacen a uno ser lo que es, o lo que parece ser, puede ser un proceso tremendamente doloroso, pero también fructífero y lleno de valor, en los mejores sentidos de la palabra.
Con voluntad, el cambio es posible. Ah, me consta que esta última frase parece un eslogan político, pero es tan solo la conclusión a un muy farragoso post.
Post Scriptum: A los que sabéis de mis avatares sentimentales de los últimos meses, aclararos tan solo que no, que el remitente del correo no es quien pudiera parecer. Semejante acontecimiento, más que despertar mi fe en el género humano, me hubiera hecho creer quizás en la Justicia Divina, así que vistas así las cosas, casi mejor que se queden como están. Por aquello de preservar aunque sea la esencia, digo…
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Publicado en Etiquetas, Familias, Metamorfosis, Rrrrrelaciones | 10 Comentarios »

marzo 9, 2010 a las 9:22 am
Pues mira, aquí tocas esencialmente dos temas… “todo es educable” y “todo es aprendible”, que al final no viene a ser más que la raíz de todas las teorías de psicología conductista. Irene es muy fan. Yo digo que casi. Y desde luego mando al Olivier a tomar por culo y me quedo tan ancho. Una cosa es que los roles estén establecidos y que haya una defensa frente al cambio (que es natural, la mente encuentra paz en la estabilidad, y la estabilidad es lo contrario al cambio). Otra muy distinta que ese cambio que tú has generado no sea propagable. Es decir, si el regalo caro -por seguir con el ejemplo- deja de ser anecdótico para convertirse en una rutina, ¿tú has dejado de ser un roñas? (ése es un debate largo, además). Pues sí. Y el chiste será “¿te acuerdas de cuando eras un roñas? haha” y será con tono cariñoso y no con sorna, porque la nueva rutina es que tú regalas cosas caras. Y la mente de tu familia encuentra paz en eso.
En cuanto a lo imposible de una persona de aceptar un cambio de opinión… líbrate de la gente que no la cambia nunca. Es así de simple. Cambiar de opinión es aprender. Puede que hoy te diga que el conductismo mola y mañana decirte que todo es genética. No debería extrañarte, sino interesarte, mi cambio de opinión. ¿Por qué ahora digo “a” donde antes decía “b”?. Nada es tan inmutable, y nadie es tan absolutamente imbécil como para no cambiar de opinión nunca ante nada…
El último twist aquí es cuando nos vamos a la discusión y al momento concretos. En una discusión con alguien, por mucho que le desmontes absolutamente todos sus argumentos, es muy difícil que alguien te dé la razón (salvo para quitarte de encima, cosa que se aprecia evidentemente). Pero es que una cosa diferente es vencer que convencer. En una conversación puedes demostrarle lo que quieras a alguien, pero para que eso se asiente debe reposarse. Así que creo que no es tan difícil que alguien cambie de opinión, lo que creo que es difícil es que la persona “responsable” de ese cambio lo perciba en algún momento, porque es algo que tarda en suceder. Hace falta ser de un tipo de persona muy especial, o estar en unas circunstancias muy especiales, para asumir esas cosas de golpe e integrarlas en la forma de pensar-.
Y tal.
:*
marzo 9, 2010 a las 11:55 pm
Y cual.
Al menos, con esta entrada he logrado tocarte en alguna parte que no se ha resistido a contestar ;) Me congratula semejante novedad, qué bien verte por aquí.
Sé muy bien lo que toco, btw, y vaya esto en todos los sentidos, por hacerme un poco la macarra. Coincido con Irene en la defensa de las teorías conductistas, aunque nunca me declararía “fan”. Últimamente tanteo y me atrevo poco (o menos) a categorizar en exceso, que bastante he pecado de eso ya, precisamente por puro y duro conductismo. Pero hay que llegar a algún sitio muy concreto para darse cuenta de lo que tenemos de eso. No nací categórica: lo aprendí, igual que ahora estoy aprendiendo a detestarlo, o al menos a saber dejarlo de lado para mirar más allá. Y tantas otras cosas.
De ahí lo que mencionas de la necesidad de librarse de la gente que no cambia nunca de opinión, aunque cuidado: es también un terreno muy tramposo, porque llevarlo al límite implica casi eximir a los individuos de toda responsabilidad en función de sus vivencias, especialmente si han sido chungas, y tampoco es eso. Precisamente de eso iba el post: de los que saben levantarse, ver más allá, reconocer los errores, y finalmente reinventarse. Es una tarea de titanes, y todo un logro ante el que quitarse el sombrero. Pero es que al fin la vida, el paso del niño al adulto, la madurez, el aprendizaje al fin, son eso.
Y de ahí, una vez aprendida por fin la lección, al hoyo. What a fucking waste.
Besos,
Gara.
marzo 9, 2010 a las 11:56 pm
Me he leido todo el texto ¡lo juro!, pero no estoy en condiciones de realizar ningún comentario, salvo que valoro la verborrea que tienes tanto tú como la/el J que me precede en los comentarios (a J no la/lo he leído).
Is tu leit. Aim goin tuslip.
marzo 10, 2010 a las 11:31 am
Uel dan! Did llu slip uel?
marzo 11, 2010 a las 6:26 pm
Por supuesto que no lo es (eximir de la responsabilidad). Pero es fácilmente detectable. Al que cambia tanto se le llama veleta por algo. Si hoy es rojo y mañana azul, te pregunto. Si mañana es rojo puede que te pregunte otra vez. Pero al siguiente azul te dan por culo. Como decía aquella frase mítica, en otro contexto igual de válido…
“Si me engañas una vez es culpa tuya. Si me engañas dos la culpa es mía” (anaxágoras, creo. Qué cosas más interesantes se pensaban hace tanto tiempo, y qué olvidadas están).
Pues lo mismo.
Y… que me prodigue o no depende, como bien sabes, del circo que te rodee en los comentarios en ese momento. Cuando llegué estaba virgen, era mi oportunidad ;))) Ahora escondería la cabeza en el suelo :P
marzo 13, 2010 a las 12:50 am
Pues no la escondas.
Hombre, es que una cosa es el veletismo y otra muy distinta la flexibilidad o la apertura de miras. Por mí también, que le den por saco al que dice una cosa hoy, la contraria mañana, y pasado la anterior. Pero es que hay límites, como en todo. Un cierto grado de consistencia es muy deseable y hasta cierto punto exigible, creo que en eso coincidiríamos.
Ya no eres virgen, así que una vez cometido el pecado por qué no repetirlo…
Bs,
G.
marzo 19, 2010 a las 10:04 pm
Hola, qué post tan misterioso e interesante.
En cuanto a lo de la familia, en parte su papel es ese, el de ayudarnos a mantener una identidad fija, un centro de gravedad permanente, aun cuando fuera de su ámbito seamos muy diferentes o cambiemos más o en el bar de dos calles más allá de casa de la abuela donde estamos tan serios nos conozcan como “La sonrisitas”, o yo qué sé.
¡Ja, ja, releo mi comentario y me doy cuenta de que sólo se me ocurren dos ámbitos: la familia y el bar!
A veces es de agradecer que nuestros familiares (en conjunto, como familia, no tomados de uno en uno) no se molesten en saber cómo somos en profundidad, si hemos cambiado o no.
Tú vas ahí, a la comida familiar, y si quieres te relajas en tu papel que arrastras desde la infancia y tan pichi.
marzo 19, 2010 a las 11:13 pm
El cambio es posible. A veces inevitable… Pero la mayoría de las veces es necesario. Y es entonces cuando lleva más tiempo. Porque el individuo primero ha de darse cuenta de que necesita cambiar. Enredado en su dinámica, en su rutina diaria, ¿cuánto le costará ser consciente de eso? Y una vez se ha convencido uno de la importancia de cambiar, hay que saber cómo hacerlo. ¡Nada menos! Cualquiera pensará que una vez que te das cuenta de que has de cambiar pones manos a la obra de inmediato, pero no. Es un terreno pantanoso, plagado de puertas que parecen devolver a la casilla del principio. En realidad cada intento fallido nos acerca un poquito más a la meta, pero los resultados de dichos fracasos palidecen en comparación con el resultado que obtienes cuando aciertas. Y el proceso desgasta, también. Pero sin duda cambiar es necesario. Es parte de lo que nos define. Todos odiamos los cambios que escapan a nuestro control, deseamos que nuestro entorno siga siendo el mismo porque nos crea un agradable punto de referencia. Reconocer con el paso del tiempo las cosas por encontrarlas como las dejamos es generalmente reconfortante (aunque no siempre); contraponemos nuestra vida a la de los demás y a través del estatismo de los otros confirmamos nuestra evolución (o lo contrario); El cambio a nuestro alrededor, de este modo, nos desubica. Pero es un proceso enraizado en nuestra naturaleza. Inevitable. Necesario.
marzo 22, 2010 a las 12:46 am
Bueno, no puedo estar del todo de acuerdo con lo que dices. Todo dependerá del papel que tenga cada uno, entonces. Si en tu familia eres considerado el adalid de la bondad y todos se refieren a ti como tal mientras en tu fuero interno tú sabes que en el trabajo eres una déspota o te comportas como una verdadera hija de puta, entonces fantástico. Si es al contrario, entonces la cosa está más jodida (en realidad, ambos casos son peliagudos, pero no nos metamos ahora en camisas de once varas).
Pero vamos, que por otra parte entiendo perfectamente a lo que te refieres; otra cosa es que lo comparta ;)
Besos.
marzo 22, 2010 a las 12:52 am
Muy de acuerdo en casi todo, Guillermo, aunque me gustaría pulir alguna cosas. Pero es tarde y además preferiría con mucho hacerlo delante de un café con un trozo de tarta, para que me la pudieras robar sin más miramientos.
El caso es que algunos cambios parecen imposibles, porque hay tantos factores que entran en cuestión… El entorno, el hecho de que las personas estén acostumbradas a que alguien la contradiga y admitan, después de un ejercicio de autocrítica, haber estado en un error, etc. Pero sobre todo está la voluntad de hacerlo, y si ésta no existe no hay casi nada que se pueda lograr.
Me doy cuenta de que estoy contestándote fatal. ¡A la cama se ha dicho!
Bs,
G.