En Louisiana.

octubre 7, 2011

El barrio de Baton Rouge en el que vive mi hermana tiene grandes avenidas flanqueadas por encinas centenarias de un tamaño como nunca las he visto en Europa. Las ramas se extienden a lo alto para después descansar en el suelo y servir de apoyo al árbol, que tiene unas raíces poco profundas a causa del tipo de terreno pantanoso común a esta región. Las ramas son las muletas del tronco, y las copas parecen enormes refugios verdes para dormitar o pararse a comer un picnic.

Las carreteras, llenas de esos camiones de cabinas curvilíneas y gigantescas, bordean las aguas del Mississippi, flanquean masas arboladas, o pasan al lado de fábricas descomunales que brillan bajo el sol, potente aún a estas alturas del año.

Yo he volado a otra estación, que es algo que se vive como un lujo después de un verano sin verano y con el otoño -por lo demás mi época del año favorita- presagiando ya el invierno inacabable de la tierra en la que vivo. Caminamos calzadas con sandalias y con los brazos y las piernas al aire bajo unos cielos azulísimos y planos; sin los cambios incesantes de los de Londres y sin sus sombras y sus matices, pero que agradezco mucho en la piel.

Aquí en lugar de mirar al cielo hay que mirar a la tierra, que en los pueblos que visitamos parece de otra época. En Breaux Bridge tomamos un brunch en un café de vigas de madera y techos altos que servía platos cajunes de combinaciones que a la hora del desayuno resultaban extrañas. Cocina rústica francesa de los emigrados adaptada a los ingredientes locales, que dio lugar a cosas tan inesperadas como el Pig’s Ear, un cuerno de masa frita rellena de boudin y espolvoreada de azúcar glace, que estaba sorprendentemente bueno. Los Eggs Begnaud, que tomamos con huevos revueltos y unas gambas con salsa ligeramente picante acompañada de biscuits (una especie de tortitas), estaban jugosos y bien hechos. El café americano enrarecía la mezcla y contribuía al extraño batiburrillo que se nos estaba formando en el estómago, pero era una amalgama sorprendentemente armónica, de sabores y texturas opuestas pero no imcompatibles.

En Lake Martin vimos garzas y cocodrilos y merodeamos por los jardines de Maison Madeleine, la casa donde John Kennedy Toole escribió La Conjura de los Necios. Más tarde visitamos St. Martinville, que estaba muerto en la solana de la tarde, y nos tiramos al sol escuchando a dos ancianos que conversaban en un francés ininteligible.

Las casas son para mí lo más llamativo de este lugar. Mi cámara tiene ya almacenado lo que parece un catálogo interminable de propiedades ajardinadas, que por lo general no se vallan, y en las que el porche constituye el atractivo principal de unas viviendas plagadas de rémoras coloniales y detalles art déco, y cuyo estado de conservación depende del barrio al que pertenezcan: espectacularmente cuidadas en torno a University Lake, desvencijadas en Spanish Town, y por lo general bien mantenidas en el Garden District.

Los palacios de aquí, mansiones de los antiguos señores de las plantaciones, están en manos privadas o pertenecen al estado, y nosotras hemos visitado una de cada. Houmas House tiene las encinas más bonitas que he visto hasta la fecha, pero el espacio está tan cuidado que resulta artificial. Era un día en que nos sentíamos particularmente generosas, y decidimos pagar el desmedido precio que costaba que la guía, una negra esférica, nos enseñara la casa. Llamaban la atención de ella el vozarrón profundo y bronco de una cantante de soul y las tablas, tan americanas, que exhibía en el discurso y la gestualidad a medida que nos conducía de una estancia a otra y se paraba a contar una historia o tocar una melodía al piano. Pero hacía pausas y chascarrillos excesivamente estudiados, que a unas europeas como nosotras nos sumían en unos arrebatos repentinos y extraños de vergüenza ajena.


Maison Madeleine.


Houmas House.


El cementerio de St. Fracisville.

Rosedown plantation, sin embargo, es mucho más agreste y la casa está cuidada sin excesos que la hagan parecer de cartón piedra. Fue muy placentero merodear por los jardines y seguir camino a St. Francisville, un pueblo con un cementerio preciosísimo en el que el omnipresente Spanish moss da un aire tétrico y fotogénico a las tumbas de piedra desperdigadas.

Los pueblos, tanto éste como el resto de las poblaciones, son en realidad extensiones de casas bajas a lo largo de avenidas con muy poca alma. No hay, claro, centros históricos ni núcleo comercial, ni existe el concepto de la tienda de barrio, de modo que o se coge el coche para ir a avituallarse a una gran superficie o no se encuentra nada. Esto no tiene que ver, como tanto se repite, con la extensión geográfica del país, sino con la elección de un modo de vida en el que se depende del vehículo para todo. Andar a los sitios, aparte de ser imposible, es que se concibe como absurdo porque no se hace.

Fuimos a comer a un diner, por supuesto. Una hamburguesa y unas hash brown como está mandado, en un lugar cercano a la universidad de Baton Rouge, que lleva abierto setenta años y que tiene el aire y decoración, entre cutrona y pintoresca, que todo turista desea ver:

Nota social: llama la atención el espíritu afable y conversador, tan de este país, que se respira en todas partes. El servicio, desde los guías turísticos a los camareros, o las cajeras del supermercado que te felicitan por el helado que has escogido y anticipan tu placer (en nuestro caso concreto malogrado) con un “Oh my God, that one’s so delicious!”, hace ostentación permanente de una cordialidad y una simpatía que resultan agradabilísimas o cargantes dependiendo del humor en que esté uno, pero que por lo general yo percibo como algo que roza el límite de lo invasivo, puesto que inevitablemente pone muy por encima el concepto de lo colectivo sobre lo individual: serás raro si no lo compras. Yo, a mi alrededor, sigo erigiendo mis murallas de europea rabiosamente individualista, y me asombran situaciones como la que ocurrió el otro día estando mi hermana y yo leyendo junto a la piscina, en la que un amable vecino hizo tal despliegue de hospitalidad que en media hora teníamos un plan para cada noche de las restantes. Me asombró no sólo porque es algo que choca con mi propio temperamento, sino también porque me pareció que en ningún momento se preguntaba el susodicho si no preferiríamos estar solas. No por falta de empatía sino por educación, por salvarle a alguien de una situación de soledad indeseada. Mis respuestas, esquivas o silenciosas dependiendo de cuál fuera la propuesta, o quizás inusitadamente directas en ocasiones, me dieron la sensación de haberle parecido, en retrospectiva, la réplica de una persona muy exraña que a causa de alguna patología de relación prefiere la soledad a la compañía.


Un beso a todos,
Gara.

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