New Orleans.

octubre 10, 2011

A Nueva Orleans se llega atravesando un puente desde el que el Mississippi parece un océano. La ciudad al entrar es fea, y su arteria principal una avenida que es una grisura de torres baratas a cada lado y tiendas sin interés en los soportales. El French Quarter, plagado a todas horas de turistas de baja estofa, ebrios y estridentes, debió de ser glorioso en otra época pero hoy en día da ganas de salir corriendo: la gente lleva por sus calles enormes recipientes que contienen unas bebidas alcohólicas fluorescentes que parecen veneno, y la mayoría de las tiendas y los restaurantes son chiringuitos para turistas sin interés por nada que tenga que ver con la verdadera urbe.

Sólo unas calles más adentro comienza la verdadera ciudad, formada por barrios variopintos de casas tan hermosas que es imposible no querer hacerle una foto a cada una. Casi todas tienen balcones coloridos de forja alambicada, volutas de madera pintada sosteniendo el tejado, terrazas a la sombra, y enormes ventanas de suelo a techo, y como tantas cosas en este estado recuerdan un pasado colonial acomodado, que perdura o se ha perdido dependiendo de en que barrio se esté. La organización socio económica de los barrios es muy similar a la de Baton Rouge, aunque aquí el Garden District es mucho más opulento y cuidado que el de la capital, muy impresionante.

Caminamos hasta tener los pies planos, intentando abarcar en dos días la ciudad entera. En el centro había carritos  de perritos calientes como el de Ignatius, y en un soportal sombrío lo encontramos a él, en un sitio de muy poco honor y petrificado en bronce. Los transeúntes le pasaban por delante sin saber quién era: nadie se paró a verlo durante el tiempo que estuvimos ahí.

Se celebraba un partido de fútbol americano que había llenado la ciudad de floridanos vestidos de horteras, y fue imposible entrar a sitios para comer sin tener que hacer cola. En Willie Mae’s, el lugar donde puede degustarse el pollo frito más famoso de esta región, sufrimos una pequeña decepción. Yo, que tengo verdadera aversión a todo pollo evidentemente estabulado y de piel rosada, decidí que había que probarlo igual porque la leyenda lo precedía, y me desencantaron un sabor y una textura que apenas rozaban el aprobado. Pero el lugar tenía gracia y los comensales eran de orígenes y pintas muy dispares; resultaba entretenido mirarlos mientras guardábamos la cola de veinticinco minutos que nos costó entrar.

Por la noche fuimos a The Spotted Cat, un club de jazz donde había una banda de cinco tipos que se turnaban para cantar. Un par de parejas bailaban en el pequeñísimo espacio que dejábamos entre nosotros y el escenario. Fue divertido porque la música era muy buena y porque el ambiente era cordial y variopinto, y una de las parejas de baile, que no eran más que gente del público que se animaba a menearse, montó un espectáculo muy disfrutable.

Recorrimos los barrios pudientes y los humildes, los que sufrieron el Katrina y los que no. El contraste entre el Garden District y el 9th Ward, lleno de descampados destartalados con casas de paredes de chichinabo, medio reconstruídas, era lo mismo que visitar otra ciudad. La visita se hizo corta, como si nos hubieramos tragado la ciudad un poco a trompicones. Hubiera hecho falta un día más para disfrutarla como merece. No es mala excusa para volver.

Un beso,
Gara.



Con mi ídolo espiritual, Ignatius J. Reilly.

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2 comentarios para “New Orleans.”

  1. BARco bajo la luna Dijo:

    Le quieres tanto como Myrna.

  2. Gara Dijo:

    ¡Jajaja! En absoluto, querida: lo quiero más y mejor.


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