San Francisco.

octubre 21, 2011

Llegué al aeropuerto de San Francisco de madrugada, con las últimas imágenes de Louisiana metidas aún en la cabeza y un leve desfase horario que aún así se notaba en el cansancio después de un viaje tan largo como el de cruzar Europa. Me recogieron mi amigo Greg y su novia, Amy. Con Greg había recorrido Camboya hacía ya dos años y medio, pero tenía la impresión de haberlo visto sólo el día anterior, gracias a esa sensación milagrosa de aparente cercanía que dan las nuevas formas de comunicación.

Fue una semana inmejorable. Mis anfitriones trabajaban durante todo el día y yo tenía las jornadas enteras para recorrer San Francisco sola, que es como mejor se conoce y se disfruta de una ciudad por primera vez.

Amanecía en la casa sin compañía. Me gustan las mañanas silenciosas, lentas, en las que nadie te habla ni interrumpe el ritmo pausado del despertar. Me levantaba siempre antes de las ocho y media, desayunaba mientras leía algo, contestaba mis correos, planeaba el recorrido del día y cruzaba la bahía desde Oakland en metro. Veinte minutos al centro, y la ciudad entera a mis pies.

El primer día llovió. Había un cielo pesado y gris y una luz blanquecina. Decidí ir al centro porque allí me molestaría menos el no poder ver el horizonte entre la niebla y los edificios, y recorrí Downtown y el barrio chino metida en un chubasquero, abriendo el plano en portales protegidos del agua. Caminé varias horas, cinco o seis, y decidí hacer una parada tardía en un vietnamita del que había leído buenas críticas. Era un lugar que pasaba desapercibido en una avenida ruidosa perpendicular a Market Street, una calle ancha y fea que cruza la ciudad entera en diagonal y llega hasta el mar. Un sitio minúsculo, con no más de tres mesas para dos y una barra con la cocina detrás, caótica y descuidada, exactamente igual a las que se encuentran en las grandes ciudades del Sudeste asiático. San Francisco está lleno de estos lugares cutrones y discretos, en los que por siete dólares te plantan una comida deliciosa hecha delante de tus narices. Tiene de hecho esta ciudad una cualidad que a mí me es imprescindible a la hora de disfrutar de una urbe, que es la posibilidad de encontrarse tanto en sitios cutres como repeinados: la ciudad perfecta es cochambrosa y burguesa, mugrienta y pulcra, pija y humilde, decadente y cuidada a partes iguales, como las mejores ciudades portuguesas.

Tras comer recogí a Greg en su trabajo. Es programador en Twitter, y lo esperé un rato en el lobby mientras veía salir de los ascensores y los pasillos a empleados vestidos con vaqueros, camisetas, hoodies y zapatillas de colores, diciéndose hasta mañana mientras con una mano empujaban la puerta de salida y con la otra sacaban la bicicleta a la calle. No vi, en los diez o quince minutos que estuve ahí sentada, a una sola persona vestida de traje, y la ausencia de las anacrónicas corbatas y del eterno negro resultaba refrescante. Mi amigo me dio un tour por las oficinas llenas de pizarras blancas y puestos de trabajo con enormes pantallas en vertical; algunas mesas con cuatro, las que menos con dos. Había zonas con sillones para descansar, comedores con bandejas llenas de fruta, y aparcamientos para dejar las bicis hasta la hora de salida. En los baños, enormes botes llenos de cepillos de dientes de colores y apósitos a gogó. Era como una de esas empresas de documental que no parece que existan. Más tarde le pregunté a Greg cuántos días de vacaciones le daban. Me respondió: “Ilimitados, mientras haga mi trabajo”. Me pareció la cosa más evolucionada del mundo.

El martes amaneció radiante. Un cielo azul sin una nube, que sería en adelante el clima que tendría cada día hasta mi vuelta: treinta grados al sol, y una ciudad resplandeciente. Me fui a La Misión. Quería recorrer sus calles y ver los murales por los que es famoso el barrio. No son la mayoría especialmente bonitos, pero sí le dan a la zona una personalidad y un color muy particulares. No pude dejar de hacerles fotos mientras recorría las calles a pie. Eran unas vías que tenían unas casas extrañas, con una especie de frontispicio extendido sobre la fachada como para aumentar la altura de los edificios sin añadir estructura por detrás. De frente aparecían como bloques sólidos, y de perfil como una maqueta sacada de un western. He copiado una foto más abajo.

En San Francisco se toman el café muy en serio. Hay sitios específicos para disfrutarlo, y el brebaje se hace como se debe: moliendo los granos individualmente para cada taza y elaborándolo por separado. Pasé un rato agradabilísimo sentada en Ritual, un local oscuro lleno de gente trabajando en sus Mac, donde tomé un café guatemalteco que me supo a gloria mientras leía un libro y descansaba del paseo.

Después de la parada caminé más, y a la hora de comer fui a un lugar que me habían recomendado para tomar burritos. Yo, que no soy muy aficionada a la cocina mejicana de batalla y no las tenía todas conmigo, me sorprendí con un emparedado que estaba hecho con un pan muy fresco y un relleno de judías y carne buenísimo. Me lo tomé a la americana, en plan fast food, acompañándolo con una Coca Cola que me diera tirón para seguir andando, y seguí camino hacia Castro, el barrio gay de la ciudad.

Nada más llegar vi a un tipo caminando desnudo por la calle principal. Le hice unas fotos y me saludó con la mano. Deambulé por las calles, y avanzada la tarde subí a Twin Peaks a ver la vista de la ciudad desde arriba. La veía frente a mí, casi abarcable con la vista y con sus ochocientos mil habitantes de nada, y Londres con su gigantismo y su fama de moderna me resultaba, al lado de lo que iba viendo en ésta, profundamente conservadora e inmóvil. Bajé la colina y recogí la bici que había candado en La Misión. Volví a Oakland a cenar pensando que el lugar del mundo desarrollado en donde había que estar era California.

El miércoles el cielo estaba más azul y hacía más calor que el día anterior. Decidí cruzar la ciudad en bici desde el centro e ir hacia el Golden Gate Park y más tarde hasta el océano. Fue una ruta fácil, porque acostumbrada al tráfico londinense y al poco respeto que en general se tiene aquí por los ciclistas, gestionar la circulación de San Francisco era como un juego. Me bajé en Powell Street y me fui hacia el Oeste, cruzando Hayes Valley con sus grandes casas y llegando al parque por el Panhandle, una franja verde que precede la brutalidad de uno de los parques más impresionantes que yo he visto en una ciudad.

Era como estar de pronto en otro lugar. El parque tiene unos árboles inmensos, una extensión descomunal, algunos búfalos rozando el hocico contra la hierba, un jardín botánico, un par de museos, y un olor fresco a eucaliptos y secuoyas, que huelen más a campo que a parque urbano. Lo recorrí de un lado a otro haciendo parada en el Young Museum para ver su tamaño desde la torre. Después cogí la cuesta abajo hasta el mar, que fue de nuevo como estar en una tercera ciudad; distinta de todo lo anterior y absolutamente maravillosa.

Qué privilegio, tener ese océano al lado de una ciudad tan moderna. Qué gozada que a sólo unos minutos de haber dejado el centro pueda uno encontrarse en una playa blanca y eterna, con las olas bestiales del Pacífico golpeando la arena, y las dunas sirviendo de barrera y de parapeto contra la carretera que bordea el mar. Había una brisa fresca y un sol abrasador a espaldas del viento, y me tumbé entre unas dunas a que me pegaran los rayos. Más tarde di un paseo larguísimo por la playa, bastante vacía en un día de diario y cubierta por una ligera calima que daba a las personas que veía de lejos una apariencia irreal.

El jueves, soleado y seco, tiré hacia la bahía para ver el Golden Gate Bridge. Me pasó al llegar algo parecido a lo que me ocurrió hace tres años con el Taj Majal: que iba escéptica y cauta y me pareció majestuoso, a la altura de su leyenda. Brillaba con ese naranja rojizo bajo el sol, y se alzaban los postes altísimos hacia arriba desde las bases de hormigón, y me parecía el puente más elegante y proporcionado del mundo.

Tras verlo volví hacia el centro bordeando la bahía, y subí hasta Columbus Avenue porque quería pasar un rato en City Lights mirando libros. Para entonces llevaba en la bici todo el día y hacía un calor pegajoso, así que recogí a Greg pronto en su trabajo y nos fuimos a casa para preparar una cena temprana que nos preparara para el viaje de la mañana siguiente, rumbo a Big Sur.

Antes de llegar paramos en Monterey para ir al acuario que hay junto a la bahía. En una de las piscinas, la más grande, habían juntado varias especies de peces diferentes. Un tiburón blanco se paseaba por ahí junto a un pez martillo y una criatura enorme y prehistórica que era una masa de carne informe: un pez sol. Había también atunes, esturiones, y una de las cosas más preciosas que he visto jamás: un banco de veinte mil sardinas que se juntaban y dispersaban por el agua como en un baile espectacular. Hacían mil formas distintas con cada paso y brillaban bajo el agua quieta como una inmensa hoja de plata, dejándonos deslumbrados.

En el acuario había también caballitos de mar que parecían plantas, unos parientes suyos microscópicos que se escondían entre las algas, otros que bailaban enroscando sus colas como enamorados, y un vídeo de un macho pariendo mil caballitos como alguien que expulsara florecillas por una fisura en el estómago. Las medusas, divididas por especies, eran como aliens fluorescentes y etéreos, y sus tentáculos dejaban un rastro luminoso al pasar por delante de los cristales, como un subrayador.

En Big Sur los colores del campo exhibían ya los rojos de octubre, y el mar estaba helado y entumecía los pies y las manos al meterse en él. Las playas tenían en la orilla unas enormes amalgamas de algas enredadas que olían a animal muerto y que parecían mangueras abandonadas al sol. Nos tumbamos en la arena y nos quedamos dormidos antes de emprender el viaje de vuelta a San Francisco.

Al día siguiente, otra vez de madrugada, cogí los dos aviones que me trajeron de vuelta al otoño.


5 comentarios para “San Francisco.”

  1. BARbaridades a cien Dijo:

    Todavía no me lo he leído, pero quiero apuntar antes de que se me olvide que como nada más abrir lo primero que se ve es la foto del puente, pero con las olas, no fijo como normalmente, de repente he vislumbrado y entendido el puente como una obra de la ingeniería (y esta como una afirmación humana) y no como un icono mortecino.

  2. Gara Dijo:

    :) Pues no es poco, no es poco.

  3. Fabiola Dijo:

    Gara: leer tu blog es a veces como viajar un poco, consigues captar el espíritu de los lugares ¡casi me parece haber estado ya en San Francisco!
    Muchas gracias y un besazo.

  4. Gara Dijo:

    Pues con sólo lograr eso, me doy con un canto en los dientes.

    Muchas gracias y un beso,
    Gara.


  5. Gara, me entusiasma como escribes. Pura literatura con un punto de poesía y algo de nostalgia. Leo tu recorrido por San Francisco y parece que viajo otra vez.
    Te dejo mi mail por si encuentras un hueco para que nos veamos en Madrid estas navidades.
    Bs


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