Razonando, que es gerundio.

febrero 16, 2012

Uno de los últimos y más interesantes hallazgos de la psicología cognitiva es que no razonamos para tratar de dilucidar la verdad, sino para ganar en una discusión. Las pruebas utilizadas en el estudio (“Why do humans reason? Arguments for an argumentative theory”, para quien quiera buscarlo) apuntan a que los razonamientos que habitualmente seguimos no sólo no persiguen la racionalidad, sino que más bien van en contra de ella. No es que se nos dé mal discurrir, sino que sistemáticamente luchamos por encontrar argumentos que justifiquen nuestras creencias, en lugar de tratar de refutarlas.

El estudio está fenomenal, desde luego, pero no creo que nadie que sea lo suficientemente sensato como para saber reconocer errores y en consecuencia cambiar de opinión (pese a la absurda fama de la que goza el no hacerlo en nombre de una malentendida coherencia, ¿frente a quién hay que justificarse?), no haya observado ya este comportamiento en multitud de ocasiones.

Uno, en realidad, debería para crecer intelectualmente leer los periódicos de la ideología contraria a la suya. O al menos leer las cosas con el nombre del autor tapado, para evitar juicios apresurados. Pero la mayoría nos afanamos en la lectura de artículos y libros de gente que piensa exactamente como nosotros, asintiendo felizmente mientras lo hacemos, en lugar de tratar de comprender las posiciones contrarias. Por lo general reforzamos, no contrastamos. Es normal, desde luego, porque la vida es ya muy corta como para que además resulte sencillo el permitirse el lujo de ahondar en todo lo ahondable. El tiempo es limitado, y el disfrute preceptivo, pero como ejercicio me parece muy necesario.

A mí, en fin, las personas que no se salen de los preceptos que defienden una determinada ideología me dan mucha pereza. Y mucha grima moral. Pero también me fascina observar el mecanismo que empuja, de un modo u otro, a no dar el brazo a torcer. Todos lo hacemos: a veces no hemos escuchado, o visto, u oído cosas que quizás hasta nos apetecían por lo que pudiera resquebrajarse nuestra imagen. O hemos vislumbrado, dándole vueltas a una discusión ya de noche, que nuestro interlocutor tenía razón, pero no se lo hemos comunicado.

A veces, cuando en las personas se observa una cabezonería especialmente llamativa, se entiende que ésta no deriva más que de una necesidad: para el que se ha pasado la existencia defendiendo unas posiciones determinadas, que permean todas las esferas de su vida (más cuanto más tajantes), tiene que ser terriblemente complicado renunciar a ellas, pues el hacerlo supondría el derrumbe ideológico de toda una biografía. Darte cuenta de que tus compañeros de partido, a los que tenías en tanta estima, son unos hijos de puta o unos simplones a lo más, o que el amigo al que dejaste de hablar era infinitamente más clarividente que tú, o que fuiste injusto con tus hijos, o que tu novia tenía razón… Rehacerse no es fácil, y necesita de mucho más coraje que no hacerlo.

La impermeabilidad a los argumentos ajenos es muy fea y empobrecedora. Yo creo que hay que hablar. Y que haciéndolo tranquilamente, incluso el asesino podría decirle a su víctima, después de un largo diálogo en el que ambos aclararan posiciones, que de haber sabido todo eso que le cuenta ahora, jamás lo hubiera matado.

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.