Unidireccionales.

agosto 9, 2010

Me repelen las personas que muestran un interés desmedido por una sola cosa, y digo desmedido porque me refiero a esos casos en los que lo que sea (deporte, hobby, corriente política o afán creador), ha tomado posesión del individuo para convertirlo en alguien plano, desfacetado, aburrido y empobrecedor.

Hay actitudes, como el forrar una habitación de posters de Michael Jackson o del Che Guevara, que me parece que forman parte de una etapa del desarrollo de la conciencia, y que considero incluso necesarias en tanto que sirven para purgar necesidades, vomitar pasiones, o simplemente poder pasar a la etapa siguiente. El problema surge cuando esa etapa no se deja atrás. Entrar en la vivienda de un adulto hecho y derecho que tiene las paredes empapeladas de fotos de su ídolo, de posters de coches o de consignas políticas, evidencia una falta de perspectiva que bien puede hacerme reír por lo pintoresco de lo extremo del caso, o hacerme salir corriendo de aburrimiento. Revestir las paredes de cosas que te recuerdan constantemente quién eres o quién has elegido ser, es un proceso que tiene algo de grimoso porque lleva al estancamiento.

Esta obcecación en la unidireccionalidad ocurre mucho, naturalmente, con las ideologías. Ese no poder salirse del tiesto en lo que al credo de uno atañe es además tedioso para los interlocutores, que no se verán sorprendidos por un juicio inesperado, sino que sabrán más o menos qué esperar de la conversación a cada momento. El tener un discurso que discurre por caminos previsibles puede ser tan tremendo como la tan manoseada y parodiada frase de “Mi religión no me lo permite”. Así, “Mi ideología no me lo permite” convierte a la doctrina a seguir en la voz de la conciencia, y moldea al poseído en función de unos dogmas que deben ser respetados a toda costa.

Cuando alguien no conduce sus actos de acuerdo a sus apetencias o sus anhelos, sus gustos o sus principios, sino tratando de conciliarlos con las directrices de la mamá-Doctrina, está siendo vigilado por un Gran Hermano instalado en la parte más superficial de la sensibilidad; que no en la más profunda, como suelen clamar los interesados. El paso del tiempo y la experiencia sirven precisamente para darse cuenta de que lo esencial de las personas, el lugar donde reside su valía, está en otro sitio.

Los principios antes mencionados sí tienen cabida en la lista enumerada a pesar de su desemejanza con los nombres a los que acompañan, porque no son súbditos de nadie. El no adscribirse a ninguna ideología en concreto no implica, en absoluto, que uno sea moralmente laxo. Encuentro que los pensadores verdaderamente independientes suelen ser mucho más sólidos que cualquier otro, acaso porque se han acostumbrado a bregar solos, o porque no tienen detrás del cogote un todopoderoso ojo que les recrimine sus desvíos.

La inflexibilidad y el dogmatismo son de las cosas que más repelús me producen, pero me resulta curioso observar cómo pueden manifestarse de una manera claramente política, o algo más lateral, cuando incumben a decisiones que forman parte de la vida cotidiana. Advertir cómo alguien decide, en contra del primer impulso que resultaría natural en su personalidad, no comprarse un atuendo porque la indumentaria en cuestión no corresponde a lo tradicionalmente aceptado en su tribu ideológica (la forma es lo accidental: en realidad se las reconoce en el fondo), es deprimente por lo que tiene de reduccionista y cerril, o de rémora adolescente en el deseo de pertenencia al grupo. Es igual que negarse a visitar un lugar que se engloba en una misma categoría, o a escuchar una música concreta que antes acariciaba, pero que ahora debe desagradar por una imposición moral que en realidad es propia.

Es falso, por otra parte, que no puedan adscribírsele características generales a los grupos humanos, pero afirmar que uno no viviría en un u otro lugar porque las personas que habitan en él le desagradan es superficial y pueril porque ignora los matices y la complejidad humana en pos de un reduccionismo de patio de colegio.

Es a raíz de este tipo de afirmaciones que últimamente se me ha ocurrido lo interesante que sería, como con las cartas, barajar objetos, canciones, películas y autores de artículos, para descontextualizarlos y situarlos en el campo enemigo, en el lugar que menos se espera el avezado consumidor, para probar así la fragilidad de esas convicciones que al fin no son más que estrategias de construcción de un entorno más seguro fabricado a golpe de pretendidas certezas. ¿Cuántos dogmáticos se descubrirían alabando un artículo que antes no hubieran leído por estar firmado con otro nombre? ¿Cuántos individuos considerados adalides de una determinada línea de acción sufrirían las tentaciones del ecléctico? ¿Y cuántos de sus seguidores, sorprendidos ante la revelación, decidirían acabar con tanta esclavitud y se entregarían con placer a las virtudes del sincretismo?

Cuánto más complicado es habitar un mundo en el que la multiplicidad de matices deja poco espacio para el acotamiento, y cuánto más refrescante resulta que aquel que a priori muestra una imagen que insevitablemente remite a un determinado prototipo, se saque de la chistera proclamas que en nada casan con lo esperable. El señorito de rizos engominados y camisa rosa remangada que se calza unas Dr. Martens en el mismo equipo sin importarle el purismo de su atuendo o las supuestas implicaciones sociales de tan inusual elección, siempre será preferible al uniformado espectador de subversivo concierto o miembro de grupúsculo agitador que, acodado en la barra de un bar, pontifica sobre su inmenso poder para cambiar el mundo.

Lo otro, lo previsible, no es sólo empobrecedor: es que además da una pereza espantosa.

Arriba las masas.

junio 23, 2010

En la empresa en la que trabajo la gente abandonó sus mesas hace un par de horas, para ver el partido de fútbol que hoy juega Inglaterra contra Eslovenia. Nos hemos quedado solos otro compañero y yo a cargo del cotarro, y a mí me sale humo por las orejas de la rabia que me produce esta situación absurda en la que la actividad se para con la connivencia de las autoridades (mi jefe incluído y culpable), y la consiguiente bobalicona felicidad de los empleados.

Sé que aparentemente pudiera parecer que mi queja derive del hecho de que no me gusta el fútbol y que por lo tanto no puedo aprovecharme de la circunstancia para abandonar mi puesto de trabajo y disfrutar como lo hacen los demás, pero puedo asegurar de que no se trata de una reacción envidiosa, sino absolutamente racionalizada y con varios argumentos en contra: lo primero es que me parece que una empresa o un organismo público no tiene por qué hacerse cargo de las aficiones (o aflicciones) privadas de ninguno de sus empleados, ni asumir las pérdidas que de éstas se deriven. Lo segundo es que una vez más priman los caprichos de las masas por encima de cualquier otra consideración, y cualquiera de los que ahora se largan para ver el partido se echaría las manos a la cabeza si un compañero suyo hiciera lo mismo otro día para ver una final de un deporte más marginal, como puedan ser la gimnasia o la vela, por ejemplo. A mí desde luego no se me ocurre tener el morro de tomarme el tiempo que me apetece para dedicarlo a aficiones que sin duda disfruto mucho más que mi empleo durante el tiempo en que se supone que debo estar en éste, y me parece que eso debería ser lo normal.

Luego, naturalmente, están las consideraciones subjetivas (?) que atañen a los efectos secundarios del fútbol, y que personalmente considero terriblemente perniciosas desde un punto de vista social: a saber, la exacerbación nacionalista o tribal, y el consiguiente hecho de tener que aguantar más tarde a alguien que considera que su día ha sido arruinado por la derrota de su equipo, pero ni se inmuta ante hechos de muchísima más relevancia mundial, que permanecen dolorosamente ignorados.

Me gustan los deportes (aunque confesaré que detesto los de equipo), y entiendo perfectamente la pasión y el empuje que pueden suscitar, pero también creo que hay que saber ponerle freno a los caprichos en nombre de la responsabilidad.

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