Es Navidad.

diciembre 22, 2011

Sólo hace poco me he dado cuenta de lo mucho que me gusta la Navidad, y de cuánto me ha gustado siempre. Después de una fase en la que renegaba de ella, me parece ahora que los que dicen detestarla pierden una ocasión preciosa para, durante este parón del ritmo habitual, pararse a pensar en qué es lo importante.

Están los que aluden al origen religioso de la festividad, como si eso tuviera ya alguna importancia. Cada cual la vive a su manera, y la versión pagana lleva tanto tiempo instalada que las resonancias son ya otras, o son las que uno quiera darle. A mí me parece un lujo social que exista este tiempo, esta breve suspensión de responsabilidades, estos días que se centran en celebrar el que las familias y los amigos se junten.

Porque eso es lo que se hace, juntarse. Se planifican comidas y cenas, se reservan billetes de avión cuando los familiares viven lejos, y se decide, en ocasiones, ver a gente a la que no se ve desde hace tiempo. Una ocasión perfecta para el reencuentro.

Hastía el bombardeo comercial, sí , pero es que no va de eso tampoco. Las calles iluminadas -el primer signo de que la Navidad se acerca con sus inefables villancicos y sus anuncios de perfumes y alcohol- son en realidad, cuando se hace bien, una cosa insólita y preciosa, porque en ninguna otra época se piensa en engalanar las ciudades de esa manera: festiva pero mesurada, sin que parezca un carnaval multicolor. Yo sólo me quejo de que se haga cada vez antes, matando la ilusión de las festividades desde principios de noviembre, y adormeciéndola cuando toca.

Aún a riesgo de resultar cursi, diré que me parece un buen momento para la enmienda. No me refiero a los propósitos y resoluciones típicas que suelen marcar el comienzo de un nuevo año y que apuntan por lo general al abandono de vicios y la adopción de buenos hábitos, sino a la reflexión real que se centre en separar lo trivial de lo esencial y que concluya quizás en la omisión de las rencillas, el abandono de viejos rencores, y el centrarse en lo que la vida tiene de bueno. Que es mucho.

Feliz Navidad.

“Hope your well”.

septiembre 20, 2011

People who don’t know how to spell still get good jobs.

And hire nannies.

And buy houses.

And run businesses.

And sometimes even countries.

Ciudadanía inerte.

enero 11, 2011

Recién recuperada de un accidente de bici en el que la causante del mismo, en lugar de socorrerme, salió huyendo de la escena del suceso, vuelvo a mi ciudad para subirme de nuevo en el vehículo que me desplaza y darme de bruces, el mismo día en que retomo, con un nuevo ejemplo de amoralidad ciudadana y peligros que acechan a los que vamos sobre dos ruedas.

Entra un motociclista a todo trapo en Battersea Bridge e invade sin más el carril bici, plagado en hora punta de chalecos reflectantes abriéndose paso entre los coches. La motarra es un bicho tremendo que por órdenes de su conductor emite desagradables petardazos a través del tubo de escape, extensión tornasolada de su pene. Asusta a los ciclistas, que se apartan como pueden. Uno, con más arrestos que los demás, reprende al conductor en el siguiente semáforo en rojo, y entonces comienza el espectáculo: la luz se pone verde y el delincuente, no satisfecho con lo que ya ha perpetrado, se dedica a salir y entrar del carril reservado a los ciclistas y a frenar en seco, hasta que al fin logra tirar a un incauto al suelo.

Durante el show los ciclistas se han ido apelotonando en horda solidaria, pero cuando cae uno al asfalto la masa se dispersa hasta quedar pocos rodeando al agraviado. Al ver que el tipo está entero los más se van sin decir nada, otros encadenan un par de palabras de falsa camaradería y desaparecen veloces, y tras largarse los últimos curiosos nos quedamos dos testigos. El piloto de la motocicleta, un energúmeno macarra y vociferante, tiene obviamente como única garante de su hombría a la máquina que conduce: fuera de ella, su cobardía es el único atributo patente, y no se quita el casco en ningún momento para dirigirse a nosotros, escondiendo la cara detrás del parapeto mientras contesta a nuestras acusaciones como un histérico que vaya a sacarse una pipa del bolsillo en cualquier momento. Hace llamadas por el móvil y vocea; nadie entiende por qué no se sube en la moto y huye. Llegan los policías y toman nuestros datos, amonestan al agresor, lo retienen durante un rato para que no nos persiga en nuestro camino a casa. La historia se acaba así, con una leve bronca a un individuo que podría haberse cargado a alguien por hacer el imbécil y jugar al machito afrentado.

No se entiende, lo de utilizar la bici como medio de transporte principal. No se infiere que además de utilizar un medio de locomoción sano, silencioso y limpio, el ciclista urbano está también adoptando una postura moral cuando se echa a la carretera con su vulnerable artilugio y su cuerpo como único escudo contra los accidentes. Sobre todo en una ciudad en la que el transporte público es cuando menos indigno, el tomar las calles con las bicicletas es la única respuesta de acción ciudadana que tiene cabida. Los residentes de esta capital están habituados a un sistema de transporte deficiente, que ampara sus lacras en un discurso gastado de disculpas a la británica, y que sube sus tarifas al mismo tiempo que deteriora el servicio. Nadie se queja. Muy al contrario, los pasajeros de los trenes que se quedan parados en túneles, que no salen de las estaciones, que ven líneas y líneas cerradas un día detrás de otro, atienden al atropello con una docilidad que a mí me solivianta por resultarme pasmosa. Incluso, como para subrayar el escarnio, algunos se permiten medias sonrisas y ocasionales chascarrillos cuando por el altavoz el funcionario de turno utiliza el comodín de rigor para explicar la causa del parón: “there’s a signal failure”. La frase campeona, repetida hasta la saciedad, ofensiva por su evidente falsedad, pero ante la que nadie, nadie pestañea.

No hay conciencia cívica, ni sobre el asfalto ni debajo de él. Tan sólo ombliguismo, pragmatismo a costa de moral, y ninguna valentía para encarar las situaciones y tratar de cambiarlas aunque sea a través de una acción mínima, individual. Todos perdemos con el inmovilismo. Así nos va.

(Feliz año).

Generation FB.

diciembre 12, 2010

It strikes me how the new generations have developed a sort of cult which consists in creating an image of themselves that is equally adored by them and their contemporaries, reaffirming an over-exposed, exhibitionist attitude throughout any media at hand, with no shame or modesty to bring it down.

I see it in some of the young people around me, some barely a decade younger than I am, but psychologically in a completely different ball game. While I could probably go through all the pictures of myself in just one afternoon, it would surely take them a few days to complete the task- I imagine the idle hours of their days filled with improvised home photo sessions, their full cupboards an endless source of yet another catwalk model to pose in. Jeans or bikinis, it doesn’t really matter, smiles or frowns depending on the day’s mood, the hairstyle changing too with every pose, more or less make-up here and there enhancing whatever needs to be enhanced, kisses and hugs and tongues adding to the flippant, though presented as profound, signs of affection.

Facebook is the window through which these epic deeds of contemporary life can be seen. It’s enjoyable to observe because it’s a window to a world that is packed with irrelevant information as the world has always been, only that we now seem to have it more at hand. I have no objection, although it fills me with boredom, to people announcing that they are about to make a bolognese sauce or take the dog for a walk, or sit in front of the TV, or leave work. What makes me cringe and what I find is symptomatic of a society that is heading in an emotional direction which in my view is wrong mainly because in it’s own development it loses the meaning of what it hopes to heal, are the endless sentences thrown from one side of the world to the other in which family members, friends, partners and acquaintances declare their love for each other publicly, making of its externalisation a hole in which any sort of affection has lost all meaning.

The apparent lack of relation between the physical and the emotional exposure is not a digression- precisely, I find they convey much the same thing: the inevitable superficiality obtained through over-exposure. When the I love yous and the You are so beautiful can be read on the same medium every few minutes and haven’t been directed to the same person by another who has perhaps lost his marbles and repeats the same sentence like a mantra, it’s easy to realise that these words, abused and exploited, mean nothing much anymore, as does beauty.


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