Zú.
mayo 20, 2012
Cuando uno aterriza en la noche de mayo sevillana después de la semana londinense más lluviosa del año, nota primero la torta de calor y después el olor. No huele a nada concreto, sino a una densidad del aire que parece de plantas y de gente, y que huele mucho a primavera. Más tarde, al entrar en la terminal, ya no hay moquetas sino suelos de baldosas brillantes y feas, y la gente habla más alto.
Hay que saber, cuando se imprime un plano de Google, que faltarán en él la mitad de los nombres de las calles y a veces hasta las propias vías. Por eso dimos vueltas y vueltas con el coche, de un lado a otro del río hasta que encontramos el hotel, y por eso cuando pisamos las aceras con los pies ya la hora de cenar se había pasado. Uno tiende a pensar que en esa parte del mundo habrá sitios abiertos a las once y media de la noche para quien quiera pagar un refrigerio tardío, pero no hubo manera de encontrarlo. Sólo después caímos en que es al revés: es en Londres donde siempre se encuentra algo. Aquí, a la hora de cerrar, se cierra.
Al día siguiente, un domingo, la ciudad parecía muerta. Yo había esperado revuelo, pero salvo algunas personas aquí y allá no observamos mucha actividad. Nos sentamos en una terraza sobre el Guadalquivir, pedimos cervezas y tapas que parecían raciones para cuatro, y nos creimos Dios. El sol pegaba a lo bestia, y la ciudad al borde del río estaba quieta y luminosa, preciosísima. Comimos puntillitas y ensalada de pimientos con ventresca mientras nos quemábamos la piel y estirábamos las piernas pensando en la semana de vacaciones que teníamos por delante. Qué quietud había, en esa terraza desde la que podían verse otras tantas, y en las que los camareros cruzaban la calle con bandejas repletas de cervezas y raciones para llegar hasta la orilla mientras el calor no hacía más que subir con cada minuto.
Sevilla junto a su río.
Mise en abîme: miren al fondo.
Agraciado cartel.
Por la tarde caminamos por una ciudad que parecía haberse echado la siesta en masa hasta que doblamos una esquina y dimos con la Alameda de Hércules, llena de terrazas con adultos al sol y de niños en el centro jugueteando. Compramos periódicos y nos unimos a la pereza general leyendo en voz alta, porque de otro modo no se podía, este artículo inefable sobre el 15-M. Qué cosa espeluznante. ¿Hablaba en serio el periodista, o era todo una gigantesca broma? Hablaba en serio. Es particularmente interesante, para quien quiera perder el tiempo leyéndolo, la hermosa iniciativa de los blasones. También lo de las listas negras elaboradas por la Policía, que sin duda no tiene nada mejor que hacer. ¡Cuánta Ilustración se adivina, en este movimiento!
Mejor sigo con el relato del viaje. Hubo más cañas y más terrazas, y más tapas, y el lunes por la mañana nos fuimos a desayunar a la churrería de un barrio popular. Había señores solos sentados en la barra y grupos de mujeres ociosas alrededor de las mesas, imagino que hablando de sus cosas de señora. Los camareros eran de la vieja escuela: tipos curtidos y pachorreros que se movían de un lado a otro sin prisa pero sin olvidarse de nada, aún cuando tú pensabas que sí se habían olvidado. Después hicimos una última incursión al centro para hacer acopio de material de lectura para la playa, e iniciamos el camino a Cádiz.
La carretera que une las dos ciudades siempre me ha entusiasmado, con esa mediana llena de plantas que la divide y le hace parecer una carretera de una sola dirección en lugar de una autovía. Estaba entonces amarilla por la retama, y rosa y blanca por las adelfas, y a la derecha empezaban a aparecer los primeros alcornoques, y casi no había coches y era comodísimo conducir, y dificilísimo no sobrepasar el ridículo límite de velocidad (100km/h) estipulado.
Por si a secas fuera poco.
Estampa social.
Fue un gran error desviarse al Puerto de Santa María para comer. Sevilla estaba adormecida, pero esto muerto. El sol abrasaba, no había nadie por la calle, ni un mísero bar abierto, y una chica a la que preguntamos nos explicó que era día feriao. El centro estaba como si hubieran desahuciado a la población entera, pero en el propio puerto encontramos una freiduría regular que no estaba aún cerrada. Preguntamos si nos darían de comer, y un tipo con muy malas pulgas contestó crípticamente: “Si es algo ligerito”, y prácticamente tiró los cubiertos a la mesa como si por habernos quedado le hubiéramos hecho la mayor putada de su vida. Era un bar cutrón, con una terraza amueblada con esas sillas de plástico que tienen la inscripción de alguna marca de refresco en el respaldo. Yo tuve que hacer una inevitable incursión al baño y tuve buen cuidado de advertirle a Diego que no lo pisara si podía evitarlo.
El camarero contrariado no sonrió en ninguna de nuestras interacciones, a pesar de mis denodados esfuerzos por arrancarle una muestra de humanidad. Tampoco hay que detenerse demasiado en la descripción de la comida, porque la ensaladilla rusa estaba infumable y la fritura aún peor, así que deglutimos sin degustar y salimos rápidamente de ese lugar inhóspito. Diez minutos después, dejando Cádiz a nuestra espalda, me metí en la vía de servicio que va a la playa, porque el mar hay que verlo bien antes de continuar el viaje. Estaba como un plato, de un azul casi verde, y pisamos la playa y miramos Cádiz y la catedral recortados al fondo antes de seguir.
Vejer, encaramado en su colina, brillaba blanco bajo el sol y subimos a dar un paseo vespertino y a buscar un supermercado en el que avituallarnos para los siguientes días. Habíamos alquilado un apartamentito junto a la playa y el plan era desayunar en casa, hacer bocatas para el mediodía, y ya por la noche disfrutar de la gastronomía local. Es uno de los pueblos más bonitos de la provincia, y estaba extraordinario a esa hora tranquila del día. Es una población cuidadísima, de casas encaladas con patios interiores llenos de plantas, que se dejan abiertos a la calle para que puedan verse desde fuera. Todo estaba cerrado de nuevo, y no dimos crédito cuando nos dijeron de nuevo que era feriao, porque nos habían asegurado en El Puerto que sólo era festivo allí. ¿Pero qué demonios pasa en este sitio? ¡Que nosotros venimos de la gran metrópolis y no entendemos ya esto! Fueron inevitables las bromas, por supuesto, que ya se quedarían con nosotros hasta el final del viaje: “¡Este país en crisis en el que no se trabaja!”
Una calle de Vejer.
Rejismos y cal.
Uno de tantos.
Uno de los mejores descubrimientos del viaje lo hicimos en el centro de Vejer: la pastelería La Exquisita, un local feote que vende unos dulces finísimos, como de otra época. Compramos una bandejita con dos palmeras, un borrachito, un rulo de crema, un éclair de chocolate, un bizcocho de yema. Varias cosas que tenían un precio que parecía de broma. Las palmeras son de las mejores que yo he probado en mi vida. Durante unos segundos no supimos muy bien si estábamos aún allí o nos habíamos trasladado milagrosamente al centro de París. No se detenían las semejanzas con la capital francesa en la delicadeza de los dulces, sino que además la dependienta hacía gala también de esa antipatía tan característica de los habitantes de la capital francesa. Remedo de nuestro refinado camarero del Puerto, aunque sin su apariencia animalesca, nuestra tendera no sonrió en esa ocasión ni en la siguiente, un par de días después, cuando entusiasmados volvimos a por más dulces y ante mis halagos no movió ni una ceja.
Encontramos, por fin, un supermercado abierto en Barbate. De ahí a Tarifa, nuestro destino final, la carretera es una de las más hermosas que yo conozco. Discurre entre campos verdísimos en los que hay cientos de molinos de viento desperdigados, y aunque hay mucha polémica respecto al impacto medioambiental que estos bichos ocasionan a mí la imagen me parece bellísima, de una unión tranquila entre naturaleza y tecnología que me es muy emocionante.
Matrimonio.
Yo quiero una escalera así.
Toma ya.
Llegamos a nuestro alojamiento, una habitación sencillísima con una mini-cocina que abría a un patio de adoquines irregulares con dos palmeras plantadas en el centro. Dejamos las viandas colocadas y nos fuimos a cenar a Tarifa. Detrás de la iglesia sigue estando, aunque remodelado para mal, uno de los restaurantes en los que mi paladar se hizo mayor a fuerza de ortiguillas fritas y hojaldres perfumados. Yo había estado en varias ocasiones con mis padres, siendo muy pequeña, y después a lo largo de mi vida adulta con un par de novios y algún amigo, y me reconfortó y me devolvió a otros tiempos el que la comida supiera exactamente igual que antaño. Su cocina es sencilla pero muy rica, de base española con influjos norafricanos, y tomamos una ensalada y un calamar relleno que nos supieron a gloria.
El martes hizo sol. La bahía de Bolonia, para mi tranquilidad, no había cambiado. En realidad nada parecía haberlo hecho en exceso, salvo por la construcción en la entrada a Tarifa de unas edificaciones de playa espantosas y unas naves comerciales horrendas, con un par de supermercados y las típicas tiendas para surfistas. El centro del pueblo sigue igual, con las casas cochambrosas y las plazas desordenadas, los azulejos de las fachadas desconchados, y dan aún ganas de vivir ahí.
En Bolonia, al salir del coche, nos dimos cuenta de que el Levante era muy potente en la orilla, mucho más de lo que parecía desde dentro del coche. Pero fuimos cabezotas y nos tumbamos al sol con nuestros libros, aunque el viento hacía difícil el mero gesto de pasar las páginas y echaba el pelo sobre la cara. La luz era espectacular y África se veía al fondo con las montañas azules, y no se creía uno que además hubiera vacas caminando por la arena, que se acercaban a la orilla y formaban una de las estampas de playa más poderosas que yo haya visto nunca.
La bahía desde arriba.
La arena, las vacas y el continente vecino.
Mírame y no me toques.
No paraba el viento, pero mal leímos y logramos comer algo sin masticar demasiada arena, y después dimos un paseo hasta la gran duna del fondo y la subimos, y miramos el paisaje abrumador desde arriba.
Al bajar el viento estaba ya algo más tranquilo. Parecía que íbamos a poder disfrutar de una de las tardes plácidas que soñábamos en Londres, pero había un perro abandonado y medio loco que se nos acercó y ya no nos dejó en paz un solo segundo. Mantuvimos un rifi-rafe constante con él durante mucho rato, nos cambiamos de sitio pero aún se abalanzaba sobre nosotros, se comió nuestro queso haciendo un agujero en la bolsa que llevábamos con las viandas, y al final acabamos por irnos.
Nos había echado de la playa un perro, pero condujimos a Medina-Sidonia y yo aluciné durante el trayecto con el campo y la luz, y en el pueblo nos sentamos en la plaza en un café, aunque en España no se puede pedir el noble brebaje porque está repugnante en todas partes. En las Sobrinas de las Trejas, pastelería vetusta, compramos unas empanadillas de yema que eran de una finura sublime. Luego, por la noche, cenamos pescado en Tarifa.
Trapos secándose al sol.
Un patio colorido.
Cuesta en Medina.
El miércoles quisimos repetir playa y buscamos una resguardada a la que se llega por un camino tortuoso cerrado a los vehículos. Hacía mucho calor y sudamos con la mochila a la espalda, y al llegar por fin abajo no había quien estuviera ahí, porque el Levante era tan fuerte que era sentarse en la arena y picarte la piel, y estar rebozado en unos segundos. Tratamos de caminar, pero también era engorroso y daba la sensación de que no avanzabas demasiado. Yo me metí en el agua porque no concibo ir al mar y no nadar, y al salir de ella helada parecía una croqueta sin freír. Aguantamos poco más y nos fuimos a ver Zahara, que es horroroso, y después Barbate. Sin duda uno de los lugares más feos de España, pero con un hito gastronómico que había que probar: El Campero.
La especialidad de este restaurante es el atún de almadraba, y el pescado en general. Hacen una cocina sencilla, en la que lo importante es la calidad de la materia prima y la preparación es casi sólo el paso necesario para poder llevar el producto a la mesa. El local es muy español, feo y limpísimo, y los camareros son estupendos porque son de esos tíos que llevan décadas en el negocio y que con autoridad te eligen la comida sin que a ti se te pase por la cabeza contradecirlos una sola vez.
El nuestro nos diseñó una cena que empezaba con tartar y sashimi de atún, y seguía con una ventresca a la plancha para terminar con un bocinegro a la vizcaína. Decía Arcadi Espada hace como un año, en una de las entradas de su blog, que este era el mejor sashimi del mundo. A mí me pareció estéticamente maravilloso, con ese atún veteado que parece más un trozo de jamón ibérico. El sabor era perfecto, grasiento y delicado, pero por desgracia lo sirven demasiado frío y se pierden matices. El tartar estaba impresionante y con la ventresca, casi cruda, se podía llorar de emoción y no parar. Cuando llegamos al bocinegro estábamos ya bastante ahítos, pero tan exquisito era el pez que no se podía no terminarlo. Nos fuimos de allí alucinados y, manirrotos y felices, con una reserva para dos noches después.
No son casuales los clichés/ Dos preciosos patios en Medina.
En el coche, conduciendo de vuelta a casa por esas carreteras que por la noche son oscuras como boca de lobo, el viento era tan terrible que el coche daba vaivenes aunque se agarrara el volante con fuerza, y metidos en la cama no podíamos creernos el huracán que había montado ahí fuera. El ventarrón nos había hecho bajar del coche cerrando las puertas con dificultad, y en la noche parecía que iba a arrancar los árboles del patio y llevarnos volando con la cama puesta.
Por la mañana nada había cambiado. Era tal el viento que no había un solo windsurfista que se hubiera atrevido a echarse al mar. En la costa era imposible estar, así que decidimos irnos hacia el interior y cogimos la carretera que va de Algeciras a Jimena de la Frontera. Era otra vez una carretera preciosísima, con dehesas de alcornoques a ambos lados y grandes extensiones de flores y olivos al sol. Cuando llegamos a Jimena nos encontramos con un pueblo esmerado y pulcro, en el que parecía que los vecinos competían por tener los geranios más lustrosos en los alféizares.
Jimena es empinada.
Estampa doméstica.
Colgado de un barranco duerme mi pueblo blanco.
Nos habían recomendado mis progenitores un lugar para comer setas que, ¡oh, milagro!, estaba abierto. Nos recibió un chico alto y flaco con cara de tebeo que recomendó unas croquetas de hongos, unas yemas crudas cortadas muy finas y simplemente aliñadas, y un solomillo con boletus. El tipo era rarísimo y resultaba imposible saber si su natural era ese o estaba actuando, porque se quedaba colgado en medio de una frase y miraba al vacío, o giraba la vista hacia la tele y musitaba un “Joé”, y luego seguía tomando nota. El local era pequeño y acogedor, medio bar medio casa de comidas, y la cocinera era la madre del camarero, una señora gorda que entraba y salía de la cocina y gritaba más que hablaba, y también correteaban por ahí las nietas reclamando la atención de su padre.
De postre tomamos un flan y un arroz con leche, buenísimos los dos. A nuestro lado había una mesa de americanos liderada por un setentón orondo que a todas luces visitaba el restaurante cada año y hablaba de la pitanza a sus amigos con orgullo. Nosotros nos entreteníamos haciendo cábalas respecto a nuestra propia cuenta; desconocíamos los precios porque no se nos había entregado una carta, y las florituras del extraño camarero y las setas nos hicieron calcular un importe total de al menos cien euros.
Al acabar los postres se nos acercó nuestro tipo y se nos sentó a la mesa. Sacó un boli del bolsillo superior de la camisa y empezó a dibujar sobre el mantel un cuadernillo con espiral, y unas volutas enmarcando el imaginario menú, y comenzó a hablar. “Un euro y medio por el pan, para justificarme”. Yo pensé: “Para justificarte por la hostia que nos vas a meter”, y no pude creérmelo cuando empezó a hacer el desglose de los precios y acabó con una cuenta de treinta y nueve euros. Claramente Londres contamina, pero a mí eso me pareció un regalo y aún me cuesta entender cómo sacan dinero suficiente para vivir.
Qué reja.
Patio curvo.
Menudo mirador.
El patrón acercó su cara a la nuestra y nos preguntó que de dónde éramos y que dónde nos alojábamos. Tras oír nuestras respuestas nos dijo que le íbamos a hacer un favor. De la parte trasera del local trajo una botella de vino, nos hizo una descripción de un café de Tarifa y de la chica que lo regenta (“Una sevillana muy competente”), y nos pidió que por favor le lleváramos el regalo, y que si no la encontrábamos nos lo bebiéramos. Yo estaba muy confundida y Diego pensaba que era un bluf, la historia enrevesada de un tipo raro que quería darnos un obsequio.
Con la botella nos fuimos a pasear por Jimena, que tiene un castillo semi derruído en lo alto con una vista del entorno maravillosa, y un cementerio al que subir un ataúd tiene que ser una hazaña. Después dormitamos en un banco a la sombra y leímos a Jabois desternillados, y decidimos seguir hasta Gaucín.
Esa carretera de sierra es una auténtica maravilla. Yo me canso poco de conducir y hubiera querido que nos hubiéramos levantado antes por la mañana para haber seguido hasta la augusta Ronda, que se nos quedó en esta ocasión en el tintero. Gaucín, ubicado en un lugar inmejorable, es prometedor desde fuera pero desde dentro parece casi un pueblo de Castilla: uno de esos lugares cuyos habitantes parecen haber tomado en algún momento la decisión de hacerlos feos. Diego fue el primero en percatarse de la diferencia entre este lugar y el anterior, y se decidió de común acuerdo que si Jimena era producto de la alegría de vivir, Gaucín lo era del resentimiento. Tiene partes salvables, sin duda, como la pequeña placita en lo alto desde la que se ve toda la sierra y al fondo el mar con el peñón de Gibraltar y África, pero uno pensaría que en un enclave semejante se trataría de emular por lo menos a las poblaciones vecinas evitando construir esas casas con ventanas de aluminio marrón y salamandras pseudo-hippies adornando la fachada, pero así es.
El viaje de vuelta, con el sol cayendo, fue espectacular para la conductora. No podía estar más bonita la provincia, en esta época del año tan florida y después de las benignas lluvias de última hora. A mí esto de ir en un coche por paisajes de este calibre, con tiempo para gastar por delante y un amor al lado me parece uno de los planes más perfectos de la creación.
El viernes no sabíamos bien qué hacer después de una noche tan huracanada como la anterior, y con un día en el que tampoco podía uno acercarse al mar. Aprovechamos para quedarnos en Tarifa, pueblo maravilloso para quien sepa disfrutar de la belleza de los lugares decadentes (a mí, con las debidas salvedades, me recuerda a Portugal). Paseamos y buscamos a Eva para hacerle entrega de la botella, y descubrimos que no era una invención sino una tía real, de voz de cazalla y ademanes firmes, que nos sirvió en la terraza de su bar un salmorejo riquísimo, unos garbanzos con espinacas y un arroz con higadillos de pollo para chuparse los dedos.
Una calle de Tarifa, y la iglesia mayor al fondo.
Un Portugal andaluz.
A tope.
En nuestra última noche rural, antes de irnos a Cádiz ciudad, volvimos al Campero. Al entrar nuestro camarero nos reconoció, nos ofreció la misma mesa, y nos preparó una cena similar. También, como esperaba, nos trajo una tapa de mojama gratis después de dejarle yo caer que no creía haber probado nunca una realmente buena. Ésta era suave y aceitada, nada que ver con esas cosas duras y saladísimas que sirven en la mayoría de los sitios. Entendí, por primera vez, que la mojama puede ser una cosa muy delicada.
Nuestro hombre estaba encantado con nosotros y nos empezó a anunciar lo que iba a ofrecernos el próximo día, y se le nubló la expresión cuando le dijimos que era el último, pero nos hizo prometer que volveríamos el año que viene. Yo, si viviera en la provincia, cenaría en El Campero una vez a la semana y entraría en él con la seguridad aplastante del cliente habitual que ya sabe que le van a ofrecer lo mejor que haya llegado en el día. Así, como un señorito andaluz sin pruritos de clase. A todo trapo.
Deseo de arena.
Los efectos de la crisis.
Vamos a ver en qué gilipolleces nos gastamos el dinero.
La mejor parte del viaje fue Cádiz. Estuvo muy bien poder aparcar el coche y durante casi tres días ir andando de un lado a otro de la ciudad deslumbrante. Pasear por ella con una cámara de fotos es casi esclavo, porque no se puede parar. Por lo general mis álbumes son como catálogos de paisajes y casas -un verdadero coñazo para quien no le emocione lo uno ni lo otro-, y aquí hice más que en todo el resto del viaje porque no podía dejar de extasiarme con las fachadas y los patios, los detalles de las rejas, y los azulejos de los portales y de los suelos. Cádiz es una ciudad única en su salvaje contraste entre la parte vieja y la nueva: una maravillosa y la otra para salir corriendo. Es una diferencia que existe en todas las ciudades del mundo que yo he visitado, pero que en España parece más salvaje y en Cádiz está llevada al extremo. Pero es en todo caso una ciudad excepcional, con la mejor playa urbana que yo conozco, y las alamedas de magnolios centenarios mirando al mar, y ese aire habanero tan adictivo.
Disfrutamos de ella muchísimo porque nos dedicamos a descansar como debe hacerlo uno en vacaciones, en lugar de viajar de aquí para allá como durante los días de playa malogrados. Nos levantábamos tarde, nos sentábamos con los periódicos y los libros en las terrazas de las plazas, paseábamos, comíamos algo, nos acercábamos al mar, echábamos la siesta y andábamos de nuevo antes de buscar un sitio para cenar. Todo un lujo que se pasó demasiado rápido pero que en todo caso fue un cierre vacacional inmejorable, y una muestra clara de lo que debemos hacer la próxima vez que visitemos esas tierras.
La playa de El Palmar, con Conil al fondo.
Preciosa.
Más.
y más.
La Casa Mayol, una maravilla modernista en pleno centro de la ciudad.
El interior de la majestuosa catedral.
Quietud urbana.
El lunes, último día de asueto, volvimos a Sevilla para coger el avión. Era un día en el que el viento se había parado y en Cádiz hacía treinta y dos grados. En Sevilla, cuarenta. Era la temperatura que marcaba el termómetro cuando sacábamos las maletas del coche en el aeropuerto y yo pensaba que iba a darnos un vahído.
Cuando llegamos a Londres, estábamos a ocho grados.
San Francisco.
octubre 21, 2011
Llegué al aeropuerto de San Francisco de madrugada, con las últimas imágenes de Louisiana metidas aún en la cabeza y un leve desfase horario que aún así se notaba en el cansancio después de un viaje tan largo como el de cruzar Europa. Me recogieron mi amigo Greg y su novia, Amy. Con Greg había recorrido Camboya hacía ya dos años y medio, pero tenía la impresión de haberlo visto sólo el día anterior, gracias a esa sensación milagrosa de aparente cercanía que dan las nuevas formas de comunicación.
Fue una semana inmejorable. Mis anfitriones trabajaban durante todo el día y yo tenía las jornadas enteras para recorrer San Francisco sola, que es como mejor se conoce y se disfruta de una ciudad por primera vez.
Amanecía en la casa sin compañía. Me gustan las mañanas silenciosas, lentas, en las que nadie te habla ni interrumpe el ritmo pausado del despertar. Me levantaba siempre antes de las ocho y media, desayunaba mientras leía algo, contestaba mis correos, planeaba el recorrido del día y cruzaba la bahía desde Oakland en metro. Veinte minutos al centro, y la ciudad entera a mis pies.
El primer día llovió. Había un cielo pesado y gris y una luz blanquecina. Decidí ir al centro porque allí me molestaría menos el no poder ver el horizonte entre la niebla y los edificios, y recorrí Downtown y el barrio chino metida en un chubasquero, abriendo el plano en portales protegidos del agua. Caminé varias horas, cinco o seis, y decidí hacer una parada tardía en un vietnamita del que había leído buenas críticas. Era un lugar que pasaba desapercibido en una avenida ruidosa perpendicular a Market Street, una calle ancha y fea que cruza la ciudad entera en diagonal y llega hasta el mar. Un sitio minúsculo, con no más de tres mesas para dos y una barra con la cocina detrás, caótica y descuidada, exactamente igual a las que se encuentran en las grandes ciudades del Sudeste asiático. San Francisco está lleno de estos lugares cutrones y discretos, en los que por siete dólares te plantan una comida deliciosa hecha delante de tus narices. Tiene esta ciudad una cualidad que a mí me es imprescindible a la hora de disfrutar de una urbe, que es la posibilidad de encontrarse tanto en sitios cutres como repeinados: la ciudad perfecta es cochambrosa y burguesa, mugrienta y pulcra, pija y humilde, decadente y cuidada a partes iguales, como las mejores ciudades portuguesas.
Tras comer recogí a Greg en su trabajo. Es programador en Twitter, y lo esperé un rato en el lobby mientras veía salir de los ascensores y los pasillos a empleados vestidos con vaqueros, camisetas, hoodies y zapatillas de colores, diciéndose hasta mañana mientras con una mano empujaban la puerta de salida y con la otra sacaban la bicicleta a la calle. No vi, en los diez o quince minutos que estuve ahí sentada, a una sola persona vestida de traje, y la ausencia de las anacrónicas corbatas y del eterno negro resultaba refrescante. Mi amigo me dio un tour por las oficinas llenas de pizarras blancas y puestos de trabajo con enormes pantallas en vertical; algunas mesas con cuatro, las que menos con dos. Había zonas con sillones para descansar, comedores con bandejas llenas de fruta, y aparcamientos para dejar las bicis hasta la hora de salida. En los baños, enormes botes llenos de cepillos de dientes de colores y apósitos a gogó. Era como una de esas empresas de documental que no parece que existan. Más tarde le pregunté a Greg cuántos días de vacaciones le daban. Me respondió: “Ilimitados, mientras haga mi trabajo”. Me pareció la cosa más evolucionada del mundo.
El martes amaneció radiante. Un cielo azul sin una nube, que sería en adelante el clima que tendría cada día hasta mi vuelta: treinta grados al sol, y una ciudad resplandeciente. Me fui a La Misión. Quería recorrer sus calles y ver los murales por los que es famoso el barrio. No son la mayoría especialmente bonitos, pero sí le dan a la zona una personalidad y un color muy particulares. No pude dejar de hacerles fotos mientras recorría las calles a pie. Eran unas vías que tenían unas casas extrañas, con una especie de frontispicio extendido sobre la fachada como para aumentar la altura de los edificios sin añadir estructura por detrás. De frente aparecían como bloques sólidos, y de perfil como una maqueta sacada de un western. He copiado una foto más abajo.
En San Francisco se toman el café muy en serio. Hay sitios específicos para disfrutarlo, y el brebaje se hace como se debe: moliendo los granos individualmente para cada taza y elaborándolo por separado. Pasé un rato agradabilísimo sentada en Ritual, un local oscuro lleno de gente trabajando en sus Mac, donde tomé un café guatemalteco que me supo a gloria mientras leía un libro y descansaba del paseo.
Después de la parada caminé más, y a la hora de comer fui a un lugar que me habían recomendado para tomar burritos. Yo, que no soy muy aficionada a la cocina mejicana de batalla y no las tenía todas conmigo, me sorprendí con un emparedado que estaba hecho con un pan muy fresco y un relleno de judías y carne buenísimo. Me lo tomé a la americana, en plan fast food, acompañándolo con una Coca Cola que me diera tirón para seguir andando, y seguí camino hacia Castro, el barrio gay de la ciudad.
Nada más llegar vi a un tipo caminando desnudo por la calle principal. Le hice unas fotos y me saludó con la mano. Deambulé por las calles, y avanzada la tarde subí a Twin Peaks a ver la vista de la ciudad desde arriba. La veía frente a mí, casi abarcable con la vista y con sus ochocientos mil habitantes de nada, y Londres con su gigantismo y su fama de moderna me resultaba, al lado de lo que iba viendo en ésta, profundamente conservadora e inmóvil. Bajé la colina y recogí la bici que había candado en La Misión. Volví a Oakland a cenar pensando que el lugar del mundo desarrollado en donde había que estar era California.
El miércoles el cielo estaba más azul y hacía más calor que el día anterior. Decidí cruzar la ciudad en bici desde el centro e ir hacia el Golden Gate Park y más tarde hasta el océano. Fue una ruta fácil, porque acostumbrada al tráfico londinense y al poco respeto que en general se tiene aquí por los ciclistas, gestionar la circulación de San Francisco era como un juego. Me bajé en Powell Street y me fui hacia el Oeste, cruzando Hayes Valley con sus grandes casas y llegando al parque por el Panhandle, una franja verde que precede la brutalidad de uno de los parques más impresionantes que yo he visto en una ciudad.
Era como estar de pronto en otro lugar. El parque tiene unos árboles inmensos, una extensión descomunal, algunos búfalos rozando el hocico contra la hierba, un jardín botánico, un par de museos, y un olor fresco a eucaliptos y secuoyas, que huelen más a campo que a parque urbano. Lo recorrí de un lado a otro haciendo parada en el Young Museum para ver su tamaño desde la torre. Después cogí la cuesta abajo hasta el mar, que fue de nuevo como estar en una tercera ciudad; distinta de todo lo anterior y absolutamente maravillosa.
Qué privilegio, tener ese océano al lado de una ciudad tan moderna. Qué gozada que a sólo unos minutos de haber dejado el centro pueda uno encontrarse en una playa blanca, con las olas bestiales del Pacífico golpeando la arena, y las dunas sirviendo de barrera y de parapeto contra la carretera que bordea el mar. Había una brisa fresca y un sol abrasador a espaldas del viento, y me tumbé entre unas dunas a que me pegaran los rayos. Más tarde di un paseo larguísimo por la playa, bastante vacía en un día de diario y cubierta por una ligera calima que daba a las personas que veía de lejos una apariencia irreal.
El jueves, soleado y seco, tiré hacia la bahía para ver el Golden Gate Bridge. Me pasó al llegar algo parecido a lo que me ocurrió hace tres años con el Taj Majal: que iba escéptica y cauta y me pareció majestuoso, a la altura de su leyenda. Brillaba con ese naranja rojizo bajo el sol, y se alzaban los postes altísimos hacia arriba desde las bases de hormigón, y me parecía el puente más elegante y proporcionado del mundo.
Tras verlo volví hacia el centro bordeando la bahía, y subí hasta Columbus Avenue porque quería pasar un rato en City Lights mirando libros. Para entonces llevaba en la bici todo el día y hacía un calor pegajoso, así que recogí a Greg pronto en su trabajo y nos fuimos a casa para preparar una cena temprana que nos preparara para el viaje de la mañana siguiente, rumbo a Big Sur.
Antes de llegar paramos en Monterey para ir al acuario que hay junto a la bahía. En una de las piscinas, la más grande, habían juntado varias especies de peces diferentes. Un tiburón blanco se paseaba por ahí junto a un pez martillo y una criatura enorme y prehistórica que era una masa de carne informe: un pez sol. Había también atunes, esturiones, y una de las cosas más preciosas que he visto jamás: un banco de veinte mil sardinas que se juntaban y dispersaban por el agua como en un baile espectacular. Hacían mil formas distintas con cada paso y brillaban bajo el agua quieta como una inmensa hoja de plata, dejándonos deslumbrados.
En el acuario había también caballitos de mar que parecían plantas, unos parientes suyos microscópicos que se escondían entre las algas, otros que bailaban enroscando sus colas como enamorados, y un vídeo de un macho pariendo mil caballitos como alguien que expulsara florecillas por una fisura en el estómago. Las medusas, divididas por especies, eran como aliens fluorescentes y etéreos, y sus tentáculos dejaban un rastro luminoso al pasar por delante de los cristales, como un subrayador.
En Big Sur los colores del campo tenían ya los rojos de octubre, y el mar estaba helado y entumecía los pies y las manos al meterse en él. Las playas tenían en la orilla unas enormes amalgamas de algas enredadas que olían a animal muerto y que parecían mangueras abandonadas al sol. Nos tumbamos en la arena y nos quedamos dormidos antes de emprender el viaje de vuelta a San Francisco.
Al día siguiente, otra vez de madrugada, cogí los dos aviones que me trajeron de vuelta al otoño.
New Orleans.
octubre 10, 2011
A Nueva Orleans se llega atravesando un puente desde el que el Mississippi parece un océano. La ciudad al entrar es fea, y su arteria principal una avenida que es una grisura de torres baratas a cada lado y tiendas sin interés en los soportales. El French Quarter, plagado a todas horas de turistas de baja estofa, ebrios y estridentes, debió de ser glorioso en otra época pero hoy en día da ganas de salir corriendo: la gente lleva por sus calles enormes recipientes que contienen unas bebidas alcohólicas fluorescentes que parecen veneno, y la mayoría de las tiendas y los restaurantes son chiringuitos para turistas sin interés por nada que tenga que ver con la verdadera urbe.
Sólo unas calles más adentro comienza la verdadera ciudad, formada por barrios variopintos de casas tan hermosas que es imposible no querer hacerle una foto a cada una. Casi todas tienen balcones coloridos de forja alambicada, volutas de madera pintada sosteniendo el tejado, terrazas a la sombra, y enormes ventanas de suelo a techo, y como tantas cosas en este estado recuerdan un pasado colonial acomodado, que perdura o se ha perdido dependiendo de en que barrio se esté. La organización socio económica de los barrios es muy similar a la de Baton Rouge, aunque aquí el Garden District es mucho más opulento y cuidado que el de la capital, muy impresionante.
Caminamos hasta tener los pies planos, intentando abarcar en dos días la ciudad entera. En el centro había carritos de perritos calientes como el de Ignatius, y en un soportal sombrío lo encontramos a él, en un sitio de muy poco honor y petrificado en bronce. Los transeúntes le pasaban por delante sin saber quién era: nadie se paró a verlo durante el tiempo que estuvimos ahí.
Se celebraba un partido de fútbol americano que había llenado la ciudad de floridanos vestidos de horteras, y fue imposible entrar a sitios para comer sin tener que hacer cola. En Willie Mae’s, el lugar donde puede degustarse el pollo frito más famoso de esta región, sufrimos una pequeña decepción. Yo, que tengo verdadera aversión a todo pollo evidentemente estabulado y de piel rosada, decidí que había que probarlo igual porque la leyenda lo precedía, y me desencantaron un sabor y una textura que apenas rozaban el aprobado. Pero el lugar tenía gracia y los comensales eran de orígenes y pintas muy dispares; resultaba entretenido mirarlos mientras guardábamos la cola de veinticinco minutos que nos costó entrar.
Por la noche fuimos a The Spotted Cat, un club de jazz donde había una banda de cinco tipos que se turnaban para cantar. Un par de parejas bailaban en el pequeñísimo espacio que dejábamos entre nosotros y el escenario. Fue divertido porque la música era muy buena y porque el ambiente era cordial y variopinto, y una de las parejas de baile, que no eran más que gente del público que se animaba a menearse, montó un espectáculo muy disfrutable.
Recorrimos los barrios pudientes y los humildes, los que sufrieron el Katrina y los que no. El contraste entre el Garden District y el 9th Ward, lleno de descampados destartalados con casas de paredes de chichinabo, medio reconstruídas, era lo mismo que visitar otra ciudad. La visita se hizo corta, como si nos hubieramos tragado la ciudad un poco a trompicones. Hubiera hecho falta un día más para disfrutarla como merece. No es mala excusa para volver.
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Un beso,
Gara.
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En Louisiana.
octubre 7, 2011
El barrio de Baton Rouge en el que vive mi hermana tiene grandes avenidas flanqueadas por encinas centenarias de un tamaño como nunca las he visto en Europa. Las ramas se extienden a lo alto para después descansar en el suelo y servir de apoyo al árbol, que tiene unas raíces poco profundas a causa del tipo de terreno pantanoso común a esta región. Las ramas son las muletas del tronco, y las copas parecen enormes refugios verdes para dormitar o pararse a comer un picnic.
Las carreteras, llenas de esos camiones de cabinas curvilíneas y gigantescas, bordean las aguas del Mississippi, flanquean masas arboladas, o pasan al lado de fábricas descomunales que brillan bajo el sol, potente aún a estas alturas del año.
Yo he volado a otra estación, que es algo que se vive como un lujo después de un verano sin verano y con el otoño -por lo demás mi época del año favorita- presagiando ya el invierno inacabable de la tierra en la que vivo. Caminamos calzadas con sandalias y con los brazos y las piernas al aire bajo unos cielos azulísimos y planos; sin los cambios incesantes de los de Londres y sin sus sombras y sus matices, pero que agradezco mucho en la piel.
Aquí en lugar de mirar al cielo hay que mirar a la tierra, que en los pueblos que visitamos parece de otra época. En Breaux Bridge tomamos un brunch en un café de vigas de madera y techos altos que servía platos cajunes de combinaciones que a la hora del desayuno resultaban extrañas. Cocina rústica francesa de los emigrados adaptada a los ingredientes locales, que dio lugar a cosas tan inesperadas como el Pig’s Ear, un cuerno de masa frita rellena de boudin y espolvoreada de azúcar glace, que estaba sorprendentemente bueno. Los Eggs Begnaud, que tomamos con huevos revueltos y unas gambas con salsa ligeramente picante acompañada de biscuits (una especie de tortitas), estaban jugosos y bien hechos. El café americano enrarecía la mezcla y contribuía al extraño batiburrillo que se nos estaba formando en el estómago, pero era una amalgama sorprendentemente armónica, de sabores y texturas opuestas pero no imcompatibles.
En Lake Martin vimos garzas y cocodrilos y merodeamos por los jardines de Maison Madeleine, la casa donde John Kennedy Toole escribió La Conjura de los Necios. Más tarde visitamos St. Martinville, que estaba muerto en la solana de la tarde, y nos tiramos al sol escuchando a dos ancianos que conversaban en un francés ininteligible.
Las casas son para mí lo más llamativo de este lugar. Mi cámara tiene ya almacenado lo que parece un catálogo interminable de propiedades ajardinadas, que por lo general no se vallan, y en las que el porche constituye el atractivo principal de unas viviendas plagadas de rémoras coloniales y detalles art déco, y cuyo estado de conservación depende del barrio al que pertenezcan: espectacularmente cuidadas en torno a University Lake, desvencijadas en Spanish Town, y por lo general bien mantenidas en el Garden District.
Los palacios de aquí, mansiones de los antiguos señores de las plantaciones, están en manos privadas o pertenecen al estado, y nosotras hemos visitado una de cada. Houmas House tiene las encinas más bonitas que he visto hasta la fecha, pero el espacio está tan cuidado que resulta artificial. Era un día en que nos sentíamos particularmente generosas, y decidimos pagar el desmedido precio que costaba que la guía, una negra esférica, nos enseñara la casa. Llamaban la atención de ella el vozarrón profundo y bronco de una cantante de soul y las tablas, tan americanas, que exhibía en el discurso y la gestualidad a medida que nos conducía de una estancia a otra y se paraba a contar una historia o tocar una melodía al piano. Pero hacía pausas y chascarrillos excesivamente estudiados, que a unas europeas como nosotras nos sumían en unos arrebatos repentinos y extraños de vergüenza ajena.

El cementerio de St. Fracisville.
Rosedown plantation, sin embargo, es mucho más agreste y la casa está cuidada sin excesos que la hagan parecer de cartón piedra. Fue muy placentero merodear por los jardines y seguir camino a St. Francisville, un pueblo con un cementerio preciosísimo en el que el omnipresente Spanish moss da un aire tétrico y fotogénico a las tumbas de piedra desperdigadas.
Los pueblos, tanto éste como el resto de las poblaciones, son en realidad extensiones de casas bajas a lo largo de avenidas con muy poca alma. No hay, claro, centros históricos ni núcleo comercial, ni existe el concepto de la tienda de barrio, de modo que o se coge el coche para ir a avituallarse a una gran superficie o no se encuentra nada. Esto no tiene que ver, como tanto se repite, con la extensión geográfica del país, sino con la elección de un modo de vida en el que se depende del vehículo para todo. Andar a los sitios, aparte de ser imposible, es que se concibe como absurdo porque no se hace.
Fuimos a comer a un diner, por supuesto. Una hamburguesa y unas hash brown como está mandado, en un lugar cercano a la universidad de Baton Rouge, que lleva abierto setenta años y que tiene el aire y decoración, entre cutrona y pintoresca, que todo turista desea ver:
Nota social: llama la atención el espíritu afable y conversador, tan de este país, que se respira en todas partes. El servicio, desde los guías turísticos a los camareros, o las cajeras del supermercado que te felicitan por el helado que has escogido y anticipan tu placer (en nuestro caso concreto malogrado) con un “Oh my God, that one’s so delicious!”, hace ostentación permanente de una cordialidad y una simpatía que resultan agradabilísimas o cargantes dependiendo del humor en que esté uno, pero que por lo general yo percibo como algo que roza el límite de lo invasivo, puesto que inevitablemente pone muy por encima el concepto de lo colectivo sobre lo individual: serás raro si no lo compras. Yo, a mi alrededor, sigo erigiendo mis murallas de europea rabiosamente individualista, y me asombran situaciones como la que ocurrió el otro día estando mi hermana y yo leyendo junto a la piscina, en la que un amable vecino hizo tal despliegue de hospitalidad que en media hora teníamos un plan para cada noche de las restantes. Me asombró no sólo porque es algo que choca con mi propio temperamento, sino también porque me pareció que en ningún momento se preguntaba el susodicho si no preferiríamos estar solas. No por falta de empatía sino por educación, por salvarle a alguien de una situación de soledad indeseada. Mis respuestas, esquivas o silenciosas dependiendo de cuál fuera la propuesta, o quizás inusitadamente directas en ocasiones, me dieron la sensación de haberle parecido, en retrospectiva, la réplica de una persona muy exraña que a causa de alguna patología de relación prefiere la soledad a la compañía.
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Un beso a todos,
Gara.
En Milán.
marzo 9, 2011
Pasé el fin de semana en Milán. Fue un viaje precioso porque sobrevolamos los Alpes, que estaban nevadísimos en los picos y reverdeciendo ya en los valles. Había mucha claridad ambiental; el cielo estaba muy nítido y parecía que la cima de las montañas se podía tocar con la mano. Qué maravillosas, esas sierras encadenadas que se extienden sobre tantos kilómetros y en las que pueden verse desde lo alto carreteras que discurren por gargantas heladas, y pueblos desperdigados en los que uno puede imaginar una escapada de invierno comiendo raclette con los pies estirados hacia una chimenea. Qué privilegio, también, verlo todo desde el cielo.
A Milán mola ir a comer. En el centro de la ciudad, a pocos minutos de esa catedral blanquísima e imponente, hay un restaurante con paneles de madera a media altura, ganchos para los bolsos y los abrigos, y un montón de fotos de personajes famosos abarrotando el tramo de la pared que va desde las perchas doradas hasta el techo. Los camareros son todos hombres y todos tienen de cincuenta a sesenta años, y están atentísimos a lo que pasa a su alrededor sin que uno pueda darse casi cuenta de su invisible dedicación.
La carta es de esas cartas larguísimas que se encuentran tan a menudo en Italia, y que en cualquier otro país suelen ser signo de poca calidad en la cocina. Pero aquí, porque se trabaja con un número de ingredientes más bien limitado y con unas elaboraciones relativamente básicas, no se cae en la tentación de tratar de abarcar más de lo que se es capaz de rematar con solvencia: se hacen entradas basadas en verduras simplemente rehogadas o hervidas, pastas con dos o tres ingredientes a lo sumo, carnes y pescados sin demasiados adornos, y unos postres maravillosos cuya indiscutible suculencia se basa en su simplicidad. La panna cotta de este sitio tiene que ser, no me cabe duda, de las mejores del país. Y las tartas, de una masa mantequillosa y desmigajada, coronan muy bien unas comilonas de las que se sale con el estómago al límite de su capacidad y muy dichoso.
Uno de los camareros, un hombre calvo de expresión alelada pero al que no se le escapa ni media, trajina de un lado a otro de la sala con gesto aparentemente malhumorado, pero de pronto comienza a canturrear algo para sí y esboza una sonrisa de reconocimiento después de un teatrillo rezongón frente a la mesa. Pregunta las cosas más de una vez para probar la paciencia del cliente que chapurrea un italiano de mentirijillas; se pone serio, pregunta de nuevo y se ríe: “Molto bene!” También hay un cincuentón con gafas que murmura sin cesar mientras se inclina sobre la encimera de mármol plagada de verduras y quesos, cogiéndolos rápido con unas pinzas y disponiéndolos sobre un plato, y un barbudo orondo con pinta de disfrutón, que no tiene ninguna paciencia con los extranjeros.
El jefe de sala es con diferencia el empleado más joven y más coqueto de la plantilla; fue él el que nos reconoció inesperadamente nada más entrar por la puerta el sábado a la hora de comer. El viaje lo hice en plan relámpago, de sábado a domingo y con la única intención de disfrutar de comer, con un amigo tan apasionado de la cocina como yo misma. Habíamos ido por primera vez en septiembre, pero jamás se nos había pasado por la cabeza en esta segunda visita que alguien se acordaría de nosotros en un lugar que siempre está lleno y que siempre tiene gente esperando en la puerta. A este hombre debimos de caerle en gracia y nos pidió que esperáramos quince minutos mientras nos preparaba una mesa a la vez que rechazaba, por falta de sitio, a otros clientes que llegaban al mismo tiempo.
Como comimos tan fenomenal el sábado, volvimos el domingo. Al acabar y levantarnos para irnos, con los abrigos ya puestos y a punto de salir, se me acercó este individuo alargándome su mano para estrechar la mía. Mientras lo hacía me miró y me preguntó: “Domani?”. Yo me reí, tratando de explicarle que por desgracia no, que domani me esperaba una oficina a unos mil kilómetros de distancia. Me hizo prometer, y prometí, que volvería en septiembre. No me costó ningún esfuerzo hacerlo: la panna cotta sola ya vale el viaje entero.
Suu Kyi.
noviembre 23, 2010
Una de las cosas más emocionantes de los últimos tiempos ha sido la esperada liberación de Aung San Suu Kyi de su arresto domiciliario. Desafortunadamente, en el país en el que vivo la única conversación de la última semana ha sido el compromiso matrimonial del príncipe William con su querida commoner, y las caras de ambos se han visto en todas las portadas y páginas centrales, eclipsando esta otra noticia que, al menos entre el gran público británico, parece haber pasado si pena ni gloria por los noticiarios.
Cuando estuve en Myanmar hace ya más de un año y medio me fascinó el trato de la gente, amable y sosegado, como si irradiaran tranquilidad. Sobre todo después de haber pasado dos meses y medio en un país como la India, en el que el exceso de turismo y el peso de una religión mayoritaria muy diferente del budismo definía una aproximación al turista casi opuesta, llegar a Myanmar fue como llegar a la paz. Una ironía, desde luego, cuando tomaba en cuenta que estaba metida en una de las dictaduras más horripilantes del planeta. Mi estado de salud de entonces me impidió visitar el país como se merece, pero en los pocos cientos de kilómetros que recorrí atisbé su hermosura y me quedé con muchísimas ganas de volver pronto.
De una forma terriblemente injusta, el turista privilegiado occidental preferiría volver a pisar esos países que lo han fascinado antes de que una rebelión social y política los cambien del todo y trastoquen demasiado el recuerdo. Pasaba con Cuba igual que pasa ahora con Myanmar y con algunos otros, ya pocos. Yo me pensé mucho si ir, por aquello de no querer aportar dólares al sustento de un régimen que se queda con los cuartos del visado y otras transacciones, pero al final decidí que esa es una postura absurda que en nada favorece a los habitantes de un país ahorcado. Lo mejor, al final, me parece que es pasar el trago del visado y una vez en el país cuidarse de que el dinero del alojamiento y la manutención vaya a parar a los ciudadanos. Recibir turismo, con la posibilidad de conversación y de aire fresco que un foráneo puede aportar a una gente en esa situación -aunque evitaban por todos los medios hablar de política-, me parece esencial para salir, aunque sea sólo simbólicamente, de la encerrona.
Cuando me meto en YouTube a ver las pocas entrevistas a Suu Kyi que hay colgadas me quedo prendada, como muchos, del magnetismo de esta mujer peleona, que combate sólo con palabras y con esa elegancia innata, sencilla e inmutable, mientras habla el inglés de una niña educada en colegios finos.
Lo más atractivo de ella no es sólo la entereza o la firmeza con que defiende sus ideas. Eso, en sí mismo, no es una cosa que a mí me seduzca ya especialmente. Lo que es diferente en ella es precisamente que no es un político combativo al uso, dogmático y doctrinal, sino una mujer que irradia eso que transmiten muy pocos, que es justamente la amplitud de miras. Explica en una de las entrevistas que lo mejor del arresto es el tiempo que se tiene para leer. Le preguntan qué lee y contesta que de todo: filosofía, poesía, literatura, biografías. “No quería limitarme a la política”, dice, “estos años los he querido aprovechar para ampliar mis horizontes, no para estrecharlos”. Lo dice con esa solidez suya tan pausada, mirando fijamente al interlocutor, sonriendo levemente, la flor eterna en el pelo recogido en un moño.
Menuda tipa.
Jordania.
octubre 21, 2010
El guía, Yousef, era un jordano que en seguida se reveló como un tipo excesivamente cuadriculado, y que al cabo de los días iría sucesivamente cayendo enteros. Desde el primer momento decidió quién le gustaba y quién no en base a detalles y preguntas de aparente poco calado pero que luego se revelarían estratégicas, y ajustó cada uno de sus movimientos a ese primer juicio, sin dar lugar a cambios de jerarquía. Elaboró cuidadosamente una lista mental en la que la pelirroja Leah, una irlandesa dulce y sonriente, era la diosa a la que se le permitía acercarse al néctar; aunque no probarlo, por ser mujer. Con los hombres mantenía un trato respetuoso y cordial, y, a ratos, de colegueo graciosete; con las mujeres, agradable o glacial dependiendo de sus simpatías.
A Berta y a mí nos hizo cruz y raya desde el principio. No le dimos cuerda con el fútbol cuando se enteró de que éramos de Madrid, y después se le metió en la cabeza que éramos pareja, lo que nos hizo descender automáticamente a los infiernos. Nuestros compañeros, como buenos británicos, se pertrecharon bien de alcohol antes de iniciar la travesía, y por las noches montaban corros estruendosos alrededor del fuego. Nosotras nos retirábamos, junto con algún díscolo más, mucho antes de que la juerga acabara. Y como yo soy una durmiente nefasta y no podía conciliar el sueño con el eco de las risas, nuestros sacos estaban siempre una o dos dunas más allá. Fue curioso observar cómo una teoría montada gratuitamente puede aparecer como la verdad más incontestable si uno quiere ver sólo lo que la corrobora, e imagino que a Yousef le resultó enormemente fácil suponer que en los rincones en los que colocábamos los colchoncillos y los sacos hacíamos algo más que dormir en esas horas que precedían al silencio general.
Desde el primer día, nuestro guía se dedicó a iniciarnos sutilmente en las virtudes del pueblo jordano y el credo musulmán, señalándonos las mezquitas en los pueblos que pasábamos con el autobús, y nos hacía memorizar datos históricos, y palabras y frases en árabe, con la excusa de un premio al mejor alumno que se entregaría el último día de travesía por el desierto.
Dormíamos al raso. Se nos había advertido de que podía helar, pero no habían especificado la época del año, y yo pasaba calor en un saco demasiado abrigado, porque las noches eran templadas. Amanecíamos hacia las siete y desayunábamos en esterillas colocadas en la arena. Pitas, aceite de oliva, alguna mermelada y una especie de turrón para empezar el día con una buena dosis de azúcar. Caminábamos durante un par de horas, hacíamos una pausa para el té y un tentempié, y reanudábamos el camino hasta la hora de comer. Se nos adelantaban dos chicos encantadores, a los que Yousef trataba con condescendencia, que conducían un Jeep en el que cargaban los colchones, las esterillas y los macutos más grandes. Hacían la comida antes de que llegáramos nosotros: una comida sencilla pero sabrosa, que sabía siempre a gloria después de varias horas de caminar por un terreno que los dos primeros días resultó algo incómodo por no estar habituados a caminar por arena. Hacía mucho calor, más del que habíamos imaginado, y sudábamos como bestias. Después de la comida descansábamos en serio, durmiendo una siesta reparadora antes de empezar a caminar de nuevo, o aprovechando el rato de asueto para leer. Hacíamos una travesía de cinco días sin posibilidad de ducharnos, así que a la llegada a nuestros campamentos de noche los más pulcros buscábamos una roca tras la cual hacer una limpieza en seco, bastante efectiva.
El ritmo era lento; demasiado para mí, que tengo como herencia paterna el que me guste sufrir cuando hago ejercicio, y me desesperaron mucho las constantes pausas un día en el que subimos un monte y hubo que parar a refrigerarse cada media hora porque el personal no podía más. Uno de los chicos que cocinaban, alto y delgado como una gacela, subía con la facilidad de una cabra montesa y se compadeció de los más rápidos tratando de escoltarnos a un ritmo más ligero, pero Yousef lo reprendió rápidamente en árabe y tuvimos que subir en masa, como el ganado.
Las noches en el desierto eran maravillosas. Precioso ver el atardecer sobre ese paisaje tan lunar, que además variaba sorprendentemente de un día para otro, y que se ponía rosa y anaranjado a las siete de la tarde, y se plagaba de estrellas cuando oscurecía. Lo más placentero para mí, sin duda ninguna, era el silencio. Por eso también me gustaba alejarme del grupo para dormir: para poder disfrutarlo como se merecía. Comentábamos que nunca habíamos visto un cielo tan estrellado y tan limpio, y la segunda noche tuve la suerte de ver la estrella fugaz más grande y más luminosa que he visto jamás, con una estela detrás como las que se pintan cuando se es niño, una preciosidad.
Un día amaneció distinto, con el paisaje lleno de una calima que hacía que todo pareciera gris, como en una peli de ciencia-ficción. Hasta entonces habían dominado los rojos, y este velo fino, que se fue disipando a medida que avanzaba el día, parecía que amplificaba la quietud. Contribuyó mucho a ella, también, el hecho de que no hubiera cobertura en ningún momento, así que desaparecieron forzosamente los móviles del panorama social, y las conversaciones fluían normalmente sin estar interrumpidas por miradas furtivas a la palma de la mano, pitidos estridentes o melodías polifónicas de lata en los bolsillos. Era como hubiera sido un viaje hace quince o veinte años, antes de que lo normal fuera estar a una conversación mientras también se está a otra. A mí ese detalle me resultó -qué desgracia- muy único y muy placentero, porque me parecía que la gente estaba más relajada y tranquila.
Tampoco se oían o se veían aviones. Yo no me había dado cuenta, pero Berta lo señaló al tercer día, y ahora los aviones que dejan Heathrow y que sobrevuelan mi casa a partir de las seis de la mañana resultan más invasivos que nunca, ¿pero qué derecho tengo a quejarme, cuando es gracias a ellos que puedo ir a todos estos sitios?
Los días pasaron rápido, aunque por lo insólito del entorno y el plan, y el hecho de que empezábamos las jornadas temprano, parecieron unas vacaciones más largas. Llegó el último día en el desierto, y Berta y yo habíamos vaticinado quiénes serían los ganadores del famoso premio, que se había ampliado para ese entonces a tres. Yousef nos hizo sentarnos en corro y procedió a las preguntas con la seriedad de quien está juzgando a un criminal en un tribunal, y las administró con precisión pero también con impericia, de modo que su objetivo resultaba tan claro que daba vergüenza ajena presenciar el manejo. Nadie sabe aún cómo Berta, que contestó a todas las preguntas bien menos a una, no se llevó un premio; y Claire, con una pronunciación nefasta y una memoria de pez, salió ganadora de un baño turco gratis a nuestra llegada a Petra. Misterios de esta vida, ¿quién dijo que era justa? Parecíamos colegiales víctima de un profesor caprichoso, y es eso lo que fuimos mientras duró el descarado tour de preguntas. Como buen comerciante de medio pelo, Yousef soltó un discursito tan sentimental como falso al acabar su anuncio de los ganadores: My friends –empezaba todas sus frases con esa coletilla enervante-, I wish I could invite you all to a dinner, because I am a fair man and like to treat everyone the same, but such is life. ¡Por supuesto! ¡Los resultados de las urnas también se cambian, señor mío! Corrupción a pequeña escala y vergonzante muestra de las más básicas filias y fobias humanas, fue aquello. Menos mal que hubo bastante guasa e incorrección política al respecto: “¡En un país musulmán una lesbiana no puede llevarse el premio!”.
En Petra pudimos por fin lavarnos. Nos vimos las carnes en un baño turco que Yousef había puesto por los cuernos de la luna y que resultó ser una cutrez a precio europeo, pero el vapor consiguió llevarse la roña de cinco días. Con el fin de engordar su ya abultada comisión, que había engrosado ya considerablemente el mismo día con una excursión en camello a quince libras por hora (yo me negué a participar y fui andando, lo que evidentemente no ayudó a sacudirme la pesada etiqueta, para ese entonces portada casi ya como una medalla), nos llevó a cenar a un sitio espantoso para turistas. Nada más entrar me percaté de lo que nos esperaba, porque en lugar de comida a la carta había un buffet recocido que llevaba cocinado, a juzgar por el aspecto, suficientes horas como para haber generado todas las bacterias posibles. Como la gente, lo diré como me sale, es en general no sólo poco exigente sino además terriblemente paleta cuando se trata de comer, y prefiere lidiar con platos reconocibles que lanzarse a probar sabores que desconoce, el personal estaba bastante encantado. Había, entre simulacros de platos tradicionales, pasta y fideos chinos, y cous-cous con ketchup. Yo estaba horrorizada pensando en las maravillas jordanas que nos estábamos perdiendo en honor a la abultada cartera del déspota amigo, que debió de dormir bastante satisfecho ese día porque la cena costó quince libras por cabeza: lo que pago yo a veces por un buen curry en Londres, manda narices. A la mañana siguiente, las pastillas antidiarreicas pasaban de mano en mano por los pasillos del hotel, como herencia palpable de los haceres del guía estafador.
Y por fin Petra. Después de la cena de la noche descrita, asistimos a un espectáculo de noche al que se llegaba a través de la famosa garganta de acceso al antiguo erario, meollo de la vetusta ciudad. El suelo estaba lleno de bolsas de papel de estraza que contenían arena en el fondo y una vela en el centro, y el efecto era precioso y romántico. La garganta es espectacular, y el pórtico del tesoro estaba sutilmente iluminado, con un montón de turistas estirando el cuello hacia los capiteles de las columnas, que de tan perfectos parecen reconstruidos. El espectáculo en sí fue peor que malo: un tipo tocando cuatro notas en una rubaba (un violín de una cuerda), y otro en una flauta. Cinco minutos cada uno. Nos despacharon en un cuarto de hora, después de una breve charla sobre las virtudes de Petra. Fue de esos espectáculos que generalmente reciben buenas críticas, porque el país es exótico y ajeno al nuestra cultura, y además profesa una fe distinta, y no está bien visto decir que ha sido una mierda. En fin… herencias de cierta facción de la intelectualidad europea, que ha hecho más daño que beneficio en estas lides. Corro un tupido velo.
Y al día siguiente, por fin, la mítica ciudad al sol. Hacía un calor del demonio, y esta vez sin la brisa benigna del desierto y con miles de personas alrededor, así que la visita se hizo farragosa. La imagen mental que yo tenía de Petra era mucho más espectacular de lo que la realidad ofrecía, pero hay que decir que tampoco ayudaba el cansancio acumulado y el malestar estomacal, que para ese entonces era ya generalizado. Achaco la relativa decepción, además, a que lugares como Hampi, en la India, o Angkor Wat, son quizás imbatibles en lo que a la contemplación de templos y más templos respecta. También contribuye a la diferencia en el sentir el que no tiene nada que ver el merodear por un espacio semejante a solas, descubriendo una construcción detrás de otra que habitualmente, además, están desiertas, con este vagar de rebaño y una hora concreta a la que terminar.
Lo verdaderamente espectacular no son tanto los templos (que son muy bonitos pero tienen mucho que envidiarles a los asiáticos en simbolismo y nivel de detalle), sino la roca en la que los edificios están excavados. Una roca arenisca rosácea, que de pronto además tiene ocres y negros, y un blanco veteado que le hace parecer mármol, con unos contrastes tan fuertes que parecen muros pintados: el paraíso de un geólogo. La extensión en la que se construyeron los edificios, que son en su mayoría antiguas viviendas de beduinos, es muy vasta y resultó inabarcable en tan sólo un día de visita y a cuarenta grados al sol, pero vimos lo fundamental.
Volvimos a Amman en el mismo autobús que nos había llevado al desierto. Un viaje de cuatro horas, con parada táctica en un espantoso bazar para turistas, equivalente a las áreas de servicio más casposas de la España profunda. Los pueblos y ciudades que pasábamos eran todos feísimos, con construcciones baratas de ladrillos grises sin enfoscar, y alguna casa de nuevo rico con acabados brillantes y balaustrada a la monaguesca, elemento común de la misma clase social a lo largo y ancho del mundo. Lo poco que pusimos ver de la capital, ignoro si otras partes de ella serán más interesantes, era tres cuartos de lo mismo: ni rastro de impronta histórica en la arquitectura, que otra vez era chapucera y barata, o pretenciosamente moderna en algunas torres de oficinas. Ningún vestigio de la decadencia plagada de historia de muchas de las capitales europeas, o de la monumentalidad colonial de otras ciudades asiáticas: todo nuevo, reconstruido a matacaballo, efímero y sin alma. Eso sí, con la omnipresente imagen del rey en el interior de cada establecimiento y en cada esquina de calle.
Y llegó el fin. Aterrizamos en un Londres soleado pero fresco, que parece caminar con seguridad hacia otro invierno helador mientras nos regala los últimos estertores del precioso otoño. Aquí el invierno nos dura cinco meses: de noviembre a abril, con suerte.
Carreteras.
agosto 24, 2010
En el norte de España hay un lugar del que no hay que hablar demasiado por miedo a que demasiada gente descubra su belleza y se lance a destruirlo como se han destruido ya tantos otros lugares de la geografía ibérica. En la falda de una de mis sierras favoritas hay una casona típica de indiano, hoy convertida en hotel rural, en la que desde hace unos años me gusta alojarme cuando voy. La carretera que lleva hasta él es larga y sinuosa, de esas que marean horrorosamente cuando se es cualquier cosa menos el piloto, y que divierten cuando se está al volante.
Uno de los mayores placeres que conozco, y que ya no disfruto desde que cambié mi lugar de residencia por Londres, es el de meterme en un coche una tarde de viernes y hacer el camino que lleva de Madrid a Asturias por la Nacional I, cruzando Burgos y Palencia en lugar de tirar por la carretera de La Coruña para cruzar la meseta central por Benavente. Ese otro camino es un clásico del viaje de vuelta, un poco por cambiar y un poco porque a las pocas ganas de volver siempre se añade el tratar de estirar el tiempo lo más posible, así que siempre se acaba saliendo demasiado tarde y lo más sencillo es poner el pie en el acelerador en la monotonía de la autovía, mientras se piensa en cuándo se volverá. Pero tirando en línea recta hacia el norte se disfruta mejor de los contrastes visuales entre las seis provincias que se cruzan hasta llegar al mar, en el lugar de Europa donde el desnivel entre éste y la montaña es más pronunciado, con la parte más septentrional de los Picos a tan sólo quince kilómetros del Cantábrico.
La experiencia de conducir, en mi caso, tiene que ir siempre acompañada de una buena banda sonora que acompañe el paisaje. Hay pocas cosas mejores que la perspectiva de un viaje en coche a través de parajes inigualables con un buen repertorio musical y una mano ajena sobre el muslo derecho, pero comerse los kilómetros en soledad, parando a tomarse un bocadillo en algún campo silencioso, tampoco le queda a la zaga. Después, cuando al fin se llega al mar, pueden estrenarse los días de descanso con una zambullida en el agua fría, que ayuda a abrir el apetito para adelantarse al placer de cenar croquetas y calamares en su tinta en el puerto de Lastres.
Los viajes han cambiado mucho. Volar está muy bien porque te lleva a un lugar que nada tiene que ver con el que acabas de dejar atrás en un tiempo record, pero el espanto en que se han convertido los aeropuertos, que parecen estados policiales, y el shock de plantarse en dos horas en un país muy distinto, son incomparables con el placer gradual que se experimenta en un recorrido más pausado y en el que sienta muy bien el estar al control de los mandos y el poder decidir por dónde se va o en qué lugar se para uno a descansar o a estirar las piernas.
Cuando era niña tenía el lujo de poder pasar los veranos completos allí arriba. En ese caso conducían durante el viaje de ida mis abuelos, así que cruzábamos los secarrales amarillos de finales de junio por la carretera habitual, la de Benavente, que tenía la ventaja de llevarnos por los túneles de la provincia de León, y era como un juego observar cómo el paisaje había cambiado un poco más después de cada uno de ellos, volviéndose cada vez más trágico y más verde, hasta que después de cruzar el último y más largo -el Negrón en su denominación real, o “el túnel del tiempo” en la infantil- la dureza del sol meseteño solía dejar paso al orbayo asturiano y a un cielo encapotado de nubes bajas, que nos hacían encender las luces del coche. Era como cruzar a otro mundo.
Después de casi tres meses, volver de Asturias era volver a la rutina colegial, que yo detestaba, y significaba también volver a los días azules de Madrid, que echo de menos a veces veinticinco años después y viviendo en un país gris, pero que cuando paso más de una semana en la ciudad en la que crecí me resultan muy opresivos, quizás por una asociación subconsciente de tardes lluvia y felicidad con chaqueta y calcetines, que es como me siguen gustando los veranos. Los cielos sin nubes, admirados por mucha gente, a mí siempre me han resultado terriblemente planos y aburridos. Una de las atracciones de este país en el que ahora vivo es el asomarse a la ventana a admirar esos cielos brutales, dramáticos, cambiantes y llenos de nubes, típicos de climas insulares del norte, tan temperamentales, en los que nunca se sabe si la ropa que uno se puso por la mañana será la misma que necesite por la tarde, porque el tiempo cambia radicalmente en cuestión de minutos.
Con el paso de los años, también, se aprende a discernir las querencias que son puramente sentimentales, y que suelen pertenecer a recuerdos de la infancia, de otras que llegan más tarde y que son más desnudas y racionales. Yo aprendí a apreciar los paisajes duros y desérticos cuando ya no era una niña, y hoy en día la aspereza de Almería o las llanuras ocres y eternas de la Meseta son de lo que más me gusta, pero el tener que parar el coche en un arcén por la impresión de un paisaje me pasa más en Asturias, que a pesar de otros muchos viajes a lugares más reconocidos jamás me ha resultado decepcionante a mi vuelta. Muy al contrario, me asombra con cada visita el encontrarla aún impresionante, y me alegra que el orbayo no deje de caer, para que siga espantando a los turistas que llenan las playas del levante.
Maridajes de música y mesa.
julio 6, 2010
Hay músicas que lo llevan a uno a un lugar lejano, sobre todo si se escuchan en el momento adecuado, con el alma sosegada y la vista puesta en el horizonte de un viaje. A mí Moustaki me llevó el fin de semana pasado a las islas y los olivares griegos, cuando viajaba en tren hacia Paris.
Mientras viajaba a una de mis ciudades favoritas, que no está en el mar, cerré los ojos y me comí un higo a la sombra de un olivo que estaba frente al Mediterráneo, con la despreocupación y la voracidad de un viajero afortunado.
Esta música me hacía querer pasar un poco de calor con una mochila a la espalda, y llegar sudando a un hostal blanco después de un viaje en un tren destartalado, para ducharme con agua muy fría y cenar una moussaka con un vaso de retsina color ámbar mientras leía sobre Alejandría y soñaba quizás con las comodidades del Londres burgués y con el placer de arrebujarme bajo una manta en invierno frente a una taza de porridge caliente, pasando las páginas del periódico con los dedos fríos.
Las estaciones, las de tren y las meteorológicas, dan eso: el placer de la anticipación. Yo no podría vivir en un lugar de clima estable porque me gusta el ritual de las cajas de ropa llenas de trapos para la estación que empieza, y disfruto sacando jerséis y abrigos de lana en octubre, y pantalones y faldas ligeras en mayo. Me gusta pensar en higos y sandías y gazpachos frescos cuando ya no puedo leer sin luz eléctrica a las tres de la tarde, y en potajes espesos y coles reconfortantes cuando me canso de mirar hacia arriba con los ojos entreabiertos.
Cuando pienso en estaciones pienso en viajar hacia ellas o lejos de ellas, y cuando pienso en viajar mi vehículo identificador de los destinos, y mi excusa y fuente de placer irrenunciable, es la cocina. No hay mayor placer que recorrer países y zambullirse en sus puestos callejeros o en sus restaurantes para consolarse un poco al comprobar que el simple hecho de poder aún tomarse un curry de carnero que te arde en la boca en una acera de Delhi, una sopa de fideos humeantes en un taburete de plástico para enanos en Yangón, unos spaghetti con frutti di mare en Nápoles, un arroz a banda en Valencia y una tostada de miga prieta con foie gras en un bistrot de Paris, esconde aun el inevitable y doloroso hecho de que cada vez sea más complicado sentirse verdaderamente lejos de todo, en un lugar único y limpio aún de sandwiches blancos plastificados que son más caros que un ajoblanco y más dañinos que cualquier ameba escondida en la leche de un chai de Mumbai no sólo porque no nutren el organismo, sino porque dejan detrás un alma plana y empobrecida por un sabor de factoría que es el equivalente a unos besos envasados al vacío y un amor de mentira.
Hay que dejarse llevar a las cocinas por su música, y saber soñar con un salmorejo con taquitos de jamón sudoroso cuando se escucha a Carlos Cano cantando una copla, bacalhaus dourados y tartaletas de crema inglesa cuando se le caen a uno las lágrimas de placer y de miedo al escuchar a Amalia cantando un fado, y con una bullabesa anaranjada si se están cortando verduras en cualquier lugar del mundo con Gainsbourg haciéndose el cínico por el altavoz.
A veces, si uno es muy soñador y está además muy atento, puede ocurrir que se le mezclen las cosas y que quizás no acierte a decidir si hay que pensar en zamparse una hamburguesa o un queso de leche de yak cuando escucha a Leonard Cohen cantar al desamor; pero más vale perderse en la indecisión de los menús y en las estremecedoras diferencias gastronómicas del planeta que evidencian aún un mundo profundo e inaprehensible, diverso en las innumerables formas de sensualidad que nos entran por los oídos y la boca que creerse, a fuerza de comer y escuchar lo mismo todo el rato, que la tierra es plana.
Más sobre Noma.
mayo 4, 2010
Noma ha sido declarado hace un par de semanas el mejor restaurante del mundo, ocupando la primera posición en la famosa lista S. Pellegrino y desbancando por primera vez a El Bulli, que llevaba siendo el ganador durante cuatro años consecutivos. También ha derrotado a Heston Blumenthal con su The Fat Duck, que el año pasado sufrió las consecuencias (mediáticas) y el acoso de la prensa después de una intoxicación masiva de sus clientes, lo que no resta de todos modos valor a su cocina.
No me ha sorprendido la decisión. Tuve la inmensa suerte de ir a Noma hace un par de años, y escribí una entrada en este blog a ese respecto. Me hizo gracia observar cómo nada más publicarse la lista S. Pellegrino 2010 el número de visitas a mi blog aumentó gracias a los curiosos que en inglés o en español teclearon “restaurante Noma” en su buscador, y se encontraron entre otras cosas con mi entrada. Pero esto iba de comida y no de Google y sus acólitos, así que sigo.
La comida en Noma duró más de cuatro horas, pero parecieron dos. Todos los platos fueron perfectos en el equilibrio del sabor, las texturas y la presentación. Fundamentalmente vegetariano y, dicen ellos, sostenible (otro de los términos de moda, pero que en este caso aplaudo), una comida en Noma tiene una mezcla de simplicidad escandinava y nipona en el respeto meticuloso de la materia prima, y un fascinante ejercicio de detalle sin excesos en la presentación de los platos, que son un permanente despliegue de belleza y de color.
Parece que las tendencias en el panorama gastronómico están cambiando. Era muy fácil aventurarlo: la gente se está hartando de lo etéreo y de las espumas. Ah, pero tampoco vale ahora denostar a Ferrán Adriá, que sigue siendo un genio, un absoluto innovador, y un artista de pleno derecho. No es su culpa que se haya abusado hasta la saciedad de su influencia, lo que ha supuesto una verdadera plaga de restaurantes modernitos, insoportables, que no saben hacer lo que él hace pero que lo intentan a duras penas escondiendo platos que no valen nada debajo de nombres enrevesados y texturas que no pegan. Es muchísimo mejor zamparse un buen plato de lentejas que un mal foie gras caramelizado con espuma de ruibarbo. Este plato me lo acabo de inventar sobre la marcha, pero no se queda lejos de una asquerosidad de postre que tuve la mala fortuna de pedir en un restaurante francés (londinense) de mucha fama y poco fondo, y que consistía en unos bloques de foie gras fríos, que después de una cena más bien copiosa daban ganas de vomitar, habiendo esperado sobre todo la inclusión de algo dulce en la boca, y no semejante atentado al orden tradicional de los platos.
Y hablando de Francia y su tradicional hegemonía en lo que a gastronomía se refiere, yo he sido siempre la primera en poner frenos a los que cacarean en exceso sobre los milagros de la cocina española, olvidando que Francia nos ha llevado la delantera durante décadas, si no siglos. Pero ahora, por primera vez, empiezo a advertir que el bagaje de nuestros vecinos renquea, y que quizás España le empiece a tomar ahora el relevo. Curiosamente, en la lista mencionada ocupan tres de las primeras cinco posiciones restaurantes españoles, lo cual desde luego es muy reseñable. Francia no se aúpa a la lista hasta la decimoprimera posición, lo que resulta insólito y muy sorprendente, aunque hay una anécdota que quizás lo ilustra:
Hace poco estuve en Toulouse. Comí como Dios la mayoría de las veces, alucinando con esa ejecución aparentemente simple pero fina, formalmente perfecta, de la que saben hacer gala muchos cocineros franceses, pero nos caímos con todo el equipo en la recomendación vehemente (aunque sin estrella) que hacía la consabida guía Michelín de un restaurante en la que los entrantes ya anunciaron malos primeros, y los primeros unos segundos tan espantosos que en atropellado francés y azoramiento por la incomodísima situación, tuve que pedir que viniera el chef para explicarle que visto lo visto nos íbamos con lo comido en el estómago, pero que de ninguna manera pagaríamos esos impresentables segundos que amenazaban desde el plato. El tipo, con una soberbia y una falta de educación asombrosas, masculló un rápido “Lamento que no les haya agradado”, cobró hasta la última miga de pan, y tuvo la impresentable desfachatez de colgar en el picaporte de la puerta de salida los abrigos que nos habían quitado ceremoniosamente a nuestra entrada. Fue pasmoso. A la guía Michelin se le ha acusado siempre de excesiva laxitud a la hora de juzgar a sus compatriotas, y en este caso desde luego lo bordaron. Yo les he escrito a ver qué pasa y dudo mucho que me contesten más que con alguna formalidad absurda, pero al menos que conste.
Muy afortunadamente, de todos modos, y como colofón al viaje, la huida de ese lamentablemente restaurante acabó en un bistrot clásico en el que degusté el lenguado a la Meunière más maravilloso que jamás haya probado, y cuyo recuerdo aún guardo cuidadosamente en el paladar.
































































































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