Derecho al tiempo.

septiembre 27, 2011

A veces, cuando llega la hora en que acaba mi jornada laboral y me preparo para irme tras apagar el ordenador y recoger mis cosas, advierto un ligero tufo en el aire. Algunos de mis compañeros, apostados tras sus mesas, tienen la mirada inequívoca de la desaprobación, que yo he aprendido a ignorar convenientemente en favor de mi bienestar psicológico y mi paz a mi vuelta a casa. El tiempo libre, tan valorado en los anuncios y las redes sociales, goza de muy mala imagen en determinados entornos laborales en los que el hacer horas extra es algo que tiene aún muy buena prensa.

Más interesante que lanzarse al tópico de afirmar que el hacerlas ayuda a escalar posiciones, es fijarse en los argumentos que sí ayudan a preservar una buena imagen cuando se es alguien que sale puntualmente del trabajo. De los derechos adquiridos de no se sabe dónde, los que más habitualmente se esgrimen son los de la maternidad. Yo he oído a muchas de mis compañeras clamar derecho al tiempo libre en nombre de su recién adquirida función, dejándome atónita un discurso que parece querer señalar que no han decidido ser madres en pleno ejercicio de su libertad, sino en base a un rol impuesto o a una obligación. Esto es una falacia: cada cual organiza su vida en función de sus prioridades y ésta es una entre tantas. Utilizar a las criaturas como coartada me parece deshonesto en tanto que la maternidad es una opción como otra cualquiera: no vale más que el tiempo dedicado a estudiar una carrera, dar paseos por el campo, practicar un deporte, leer sonetos, darle besos a un amante, o tirarse en el sillón a mirar el aire. Son todo opciones, decisiones adultas y conscientes de los que tenemos la inmensa suerte de poder elegir.

Presuponer que convertirse en madre otorga automáticamente una serie de derechos que están por encima de lo que otros han decidido hacer con su tiempo libre es, al fin, igual a pensar que el tiempo de los demás vale menos.

“Hope your well”.

septiembre 20, 2011

People who don’t know how to spell still get good jobs.

And hire nannies.

And buy houses.

And run businesses.

And sometimes even countries.

Cocina de altura.

agosto 25, 2011

En los últimos tiempos están teniendo mucho éxito los discursos que giran entorno a la idea de que ya es hora de olvidarse de la cocina de vanguardia para volver a los sabores elementales y las preparaciones sencillas. Parece haber un hartazgo de florituras y de menús degustación, de platos de larguísimo nombre y restaurantes de cinco cubiertos. A mí todo esto me parece más o menos bien mientras no se caiga en exaltados alegatos pro-bocadillo de salchichas y anti-esferificaciones, como si una y otra cosa no pudieran existir juntas y en perfecta armonía.

El modo en que se defienden las posiciones, por supuesto, ayuda también a legitimar o deslegitimarlas, y ocurre que muchos de los que suelen atacar con vehemencia la alta cocina caen en la utilización de una serie de argumentos bastante zafios, que revelan una profunda ignorancia en lugar de una mera preferencia.

Lo primero que habría que dejar de lado son los razonamientos que fundamentan su rechazo en la equivocada idea de que el precio que habitualmente se paga por una comida en un buen restaurante es abusivo. Los que se enrocan en esta posición entienden poco o nada de cómo funciona un restaurante de alta cocina, o incluso los precios en general, así que conviene hacer poco caso de ellos.

Por otro lado, hay aún una facción de detractores de Adriá y sus adeptos llamativamente extensa, que sigue sosteniendo que de estos sitios se sale con hambre. Son los que aún creen que comer no consiste en alimentarse y disfrutar con el proceso, sino en salir de los restaurantes y de los convites empachados. Son muy habituales los chascarrillos relativos al tamaño de los platos, que revelan insensibilidad y que además borran de un plumazo el resto de los elementos, muchísimos, que forman parte de una buena comida.

Suele olvidarse que sin la cocina de vanguardia no habría innovación ni se descubrirían cientos de técnicas que después se vierten a la cocina popular, enriqueciéndola como ésta ha enriquecido y enriquece aún a aquélla. Los grandes chefs -los cocineros como Ferrán Adriá, Joan Roca o René Redzepi- no son unos tipos que metidos entre sus pucheros se centren en tratar de epatar al personal con unos hallazgos inútiles, sino unos individuos con muchísima formación que a partir de un conocimiento vastísimo de la tradición de la que parten tantean, ensayan y ponen en práctica un sinfín de técnicas que ayudan a que la experiencia gastronómica sea más rica y mejor. Grandes movimientos culinarios que han servido de trampolín para la renovación completa de la gastronomía de un país, como el de la Nueva Cocina Vasca en España, no han sido en realidad más que reinterpretaciones de recetas de toda la vida, pero prescindiendo de ingredientes innecesarios o ajustando los tiempos de cocción a la antigua usanza, excesivos para los paladares modernos y redundantes en entornos pulcros y libres de bacterias.

Se ignora también muy a menudo una característica de la alta cocina que es esencial a la hora de disfrutarla y de entenderla: su voluntad de sorprender, el peso de lo lúdico. Quien al meterse en la boca una anodina esfera que de pronto estalla y sabe a un plato entero de fabada frunce el ceño en lugar de sonreír, tiene todas las papeletas para fracasar en el disfrute de lo que pueda venir a continuación.

Pero no todo es sorpresa, claro. Hay chefs que hacen del desconcierto el eje de su juego, pero a menudo es también la apreciación de lo sutil y de lo sencillo lo que se necesita para disfrutar de un restaurante que se precie. A veces lo más delicioso no es más que un producto preparado de la forma más simple, sin apenas adulterar, que hace de la calidad su principal baza. Pero el acceso a lo sencillo tampoco es fácil: lo delicado pasa a menudo desapercibido en favor de aromas intensos y preparaciones suculentas, que son sabores que suelen entenderse más facilmente porque atacan los sentidos de una forma mucho más directa, sin apenas necesitar entrenamiento.

En el goce que se experimenta en un buen restaurante entran en juego muchos factores que explican el precio de la experiencia total, que es al final por lo que se paga. Al final, no hay duda de que se puede disfrutar tanto o más de una comida en una trattoria napolitana bulliciosa y abigarrada, con manteles de papel y platos desportillados, que en la de un restaurante de postín en el que cada detalle, desde la acústica a la decoración, se ha cuidado al milímetro, pero la experiencia es otra. Ni mejor ni peor, una distinta

Robar el tiempo.

julio 16, 2011

Leer en un lugar público es una actividad que goza de muy poca consideración. La mayoría de la gente parece creer que es una ocupación que en lugar de requerir atención es labor de relleno o de pasar el rato, que puede ser interrumpida a su antojo rompiendo la concentración y el instante ensimismado del lector como si nada pasara. No se osa detener una conversación telefónica que alguien está manteniendo en un banco de la calle, pero sí la lectura solitaria en parque o jardín público, transporte colectivo o mesa de café.

Se me acusará de rancia. Pues bueno. Yo es que estas interrupciones las vivo como una agresión, y en momentos determinados en los que necesito aislarme del mundo y evitar por todos los medios que se me hable o se me haga hablar, la afrenta se convierte en falta que puede arruinarme el humor de un día entero.

A veces, en el trabajo, he tenido compañeros muy pesados que no lo entendían. Ellos querían hablar de sus cosas, que es lo que suele querer la mayoría de la gente sin importarle lo que su interlocutor piense del aburrido monólogo, y se me sentaban al lado a la hora de la comida despreciando el libro o el periódico abierto que tenía yo delante en mi único rato de asueto y soledad de la jornada laboral. Me han hablado de parejas problemáticas, familiares pesados o bebés extraordinarios sin que mi mirada atenta sobre la letra impresa pudiera hacerles entender que yo lo que yo buscaba era que se callasen. Porque como sucede que además del menosprecio a la lectura existe el horror al silencio entre dos personas, se intenta llenar el aire de las palabras que sean. Y entonces una, rendida, cierra el libro y lo coloca resignadamente frente a sí, esperando que el soliloquio desconsiderado acabe cuanto antes.

II- Macaroni.

junio 16, 2011

When she made macaroni she made the cheap sort, the ones you buy in bulk and get soggy after five minutes on the stove. We would gather around her impatiently while my aunt Vera, always severe, asked us to go play in the garden while lunch was cooked.

She used canned tomatoes from massive tins that piled up high in the larder among potatoes, onions, cold meat and powdered milk. Parmesan was considered an extravagance in a house where quantity mattered more than quality, and our cheese shavings would have the unmistakable taste of damp feet. Still, we fought over it because it made the dish gloriously sticky, and if Vera was in a good mood she even agreed to stick the plates under the grill for a few seconds so that the corners of pasta which stood out would almost burn, hardening the edges we would later feel in our mouths.

My grandmother used only a little amount of chorizo in the sauce- just enough to give it a kick, but it would still manage to make the concoction greasy because the meat was cheap and had more fat in it than any other substance. It dyed the macaroni orange with the dispersing paprika, which would later stain our lips.

She made the sauce in a big iron saucepan which she would later empty out on the cooked pasta. I always peeped into the kitchen after this step, because I knew she would stick her whole forearm into the big pot and stir with it, and I loved watching it. Vera, keeping up appearances, thought that the gesture made her mother look coarse and she would make sure she covered her with her whole body, especially if any of the in-laws happened to be around.

The serving of the food was anything but ceremonial- lots of kids crying out for a bigger portion that was never granted unless you’d finished your first serving already and had proved that you had done it in good pace -meaning slowly-, not aiming to be greedy or to leave your younger cousins without the chance for a second helping.

My grandfather was very scrupulous regarding table manners, and those moments were one of the few when he would emerge from his study and join us. Watching us kids with a grave expression that only hid a fondness for play and a penchant for taking us to the limit of what our composure could endure, he held a cronometer in his hand and made sure neither of us gulped our food or hurried our meals beyond what was acceptable in his house.

It was all a game. He always smiled, and again adopted an affected earnest expression when we glanced at him, but would also wink openly at us reminding the antsy audience that it was all a much rehearsed and perhaps irritating, but necessary, part of a deal: his threats of punishing us without pudding would invariably be followed by his sudden disappearance from the table and his return into the dining room, dressed as if for a party, and holding a big chocolate cake in his arms.

Quisiera ir al cine.

junio 11, 2011

(Estas dos cosas NO van juntas).

 

El link que dejo aquí es a una noticia en la que se cuenta la anécdota de una espectadora que fue echada de un cine en los EEUU por utilizar su teléfono móvil durante la proyección cuando no estaba permitido hacerlo.

Hace años yo iba al cine religiosamente una vez a la semana, pero fui dejándolo a medida que la experiencia de estar rodeada de gente que hablaba, comía o enviaba mensajes se me fue haciendo más insoportable.

Quién lo duda: la lectura que habría que hacer de todo esto es que lo triste es vivir en una sociedad en la que haya que llegar al extremo de la prohibición, pero visto el panorama yo quisiera que cundiera el ejemplo y hubiera una cuota de cines en los que de nuevo pudiera escucharse sólo el sonido de la película.

Ved también el vídeo: la majadera que habla es un ejemplo manifiesto de todo lo que anda mal. Dentro de nada habrá que pedir restaurantes en los que no puedan entrar los niños, y vuelos sólo para adultos. No porque los mocosos sean maleducados per se, sino porque parece ser lo habitual que sus progenitores sí lo sean.

On Sunday mornings.

junio 5, 2011

Esta mañana, desayunando unas tostadas de pan de centeno con un trozo de gruyère encima y escuchando las maravillosas canciones de Reynaldo Hahn que descubrí gracias a Bárbara, veía las copas de los árboles meciéndose con el viento huracanado que hay tantas veces en Londres. Hacía una mañana plomiza, que son mis favoritas, y desde mi silla podía ver unos cúmulos blanquísimos recorriendo el horizonte a gran velocidad.

Las mañanas de domingo, en mi casa, tienen una quietud que no se da ningún otro día. Son plácidas y evocadoras, y prometen siempre un día de asueto mejor que ningún otro. Escuchaba la música y sostenía un libro en una mano, y con la otra alternaba entre el té y la tostada, y era imposible no sentirse una privilegiada.

De energías y dioses.

mayo 22, 2011

En mi trabajo una secretaria revisa una serie de currículos que le han llegado durante los últimos días por correo electrónico, después de que pusiéramos un anuncio solicitando una recepcionista. Nos lee en alto la sección de aficiones de una de las candidatas. Escribe que le gustan el yoga, los horóscopos y la danza del vientre. No es una broma. Tras el anuncio a mí me sale un tajante “Por favor, no contrates a esta persona” que cae como un jarro de agua fría sobre mi compañera. Ella encuentra encantadora esta faceta de la aspirante. “Debe de ser una persona muy espiritual”, dice. Parece que ahora la espiritualidad va de eso. Otros colegas, al oírlo, lo encuentran normal, gracioso o enternecedor. Estas patadas al pensamiento ilustrado ya no le sientan mal a casi nadie: son entrañables.

Por la tarde veo a un colega que está intentando alquilar una habitación en su casa. Durante la búsqueda de inquilino le llega una mujer en la cuarentena. Se sientan a tomar un té mientras mi amigo hace las preguntas de rigor y le habla del funcionamiento general de la casa. Cuando pasan a comentar sus intereses, se revelan las diferencias de parecer sobre cuestiones de peso. “No creo en el evolucionismo”, dice la entrevistada tranquilamente. Mi amigo, que disfruta con el tipo de encuentros de los que yo suelo querer huir, incide en el tema y le pregunta que de dónde piensa ella que venimos. “De la energía”, contesta, dando el diálogo por acabado.

En California, un predicador llamado Harold Camping predijo, tras un intenso estudio de años según él, que el fin del mundo sería ayer. Por lo visto los creyentes iban a ser llevados a los cielos por Dios y los pecadores condenados al infierno. Algunos de sus seguidores, cuentan hoy varios medios, dieron gran parte de sus ahorros para ayudar a publicitar este Juicio Final; otros, como un camionero del que habla la BBC en una noticia breve, pidieron vacaciones en sus trabajos para poder prepararse para el Tránsito.

Han pasado ya más de veinticuatro horas desde el momento, las seis de la tarde de ayer, que este Enviado señaló para el Apocalipsis. Sus seguidores están estupefactos: no entienden qué ha pasado para que un hecho tan claro no haya ocurrido. Del predicador, por ahora, no se ha vuelto a saber nada.

Toi non plus.

abril 17, 2011

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En los minutos previos al despertarme de verdad, entre el final de una pesadilla y el lograr abrir los ojos al día, he pensado que en la maligna voluntad de querer modificar lo que advertimos como defectos en una pareja hay algo similar a lo que puede suceder cuando una va a comprarse un vestido y después de mucho mirar aquí y allá, después de mucho probar sin suerte, encuentra uno que es distinto. Un vestido precioso, que descuelga de la barra en la que está colgado para admirarlo antes de decidir probárselo en el vestidor de esa tienda tan fina, feliz con el hallazgo.

Ah, pero una vez puesto parece distinto: el talle muy bajo, sobra tela alrededor del pecho, el largo no es el que mejor me sienta, lo preferiría más corto. Qué pena, me gusta tanto.
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Entra entonces al probador una dependienta. Quiere venderlo, así que coge alfileres y prueba: saca tela de un lado, la mete de otro, sugiere que el vuelto se corte hasta por encima de la rodilla, que se modifique el vuelo. Yo dudo. Porque oye, pienso en las cualidades de esta prenda, que son excepcionales (esa seda, ese corte impecable que a lo mejor es que no ha sido diseñado para mí), pienso en quien se pasó horas haciendo y deshaciendo dibujos, en quien lo cosió, porque esto está hecho a mano, en las horas empleadas para llegar a este resultado final, tan soberbio.
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Pero la vendedora hace muy bien su trabajo, y de pronto visualizo el vestido terminado para mí y me convence: me imagino, fantasiosa, con él en cócteles en Eton y regatas en Henley-on-Thames, y me digo que esto funciona.
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Lo recojo al tiempo, ya modificado. Llego a casa y me lo pongo, y advierto algo extraño: ha perdido gracia, prestancia, parece más rígido. Pero me convenzo, tras muchas dudas, de que está aún muy bien. Acaricio la tela, que es maravillosa, y me concentro en ella, en la alforza, en la botonadura de nácar que baja hasta el talle, en esa falda cortada al bies.
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En la regata, entonces, lo luzco orgullosa aunque con cierto sentimiento de incomodidad. Las personas con las que me encuentro lo elogian como quien alaba a un bebé feo, por obligación. No hay emoción en sus apreciaciones, sino un “sí, pero…” de fondo, oculto en esos comentarios tímidos o hipócritas.
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Sucede esto hasta que alguien, por cercano o por franco, o porque tiene experiencia como modista y le ha dolido especialmente el destrozo, enuncia el problema mirando de reojo, con miedo a herir: “Alguien lo ha cortado mal, ya no podrá volver a caer la tela como lo hacía.” “No habría que haberlo tocado”.

Repairs.

abril 3, 2011

Back there-
as if the air
between us
hadn’t gone stale.

As if my hands,
between you,
still held the scent
of your broken wishes
and my unborn wraith.

Back there-
between gulps of desire
and cries of despair;
while the day disentangles,
till the evening breaks.

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